¿Y este Coetzee?

¿Y este Coetzee?

Todo va muy bien en esta novela hasta que se aparece Elizabeth Costello.

26 de septiembre 2007 , 12:00 a.m.

POR CLAUDIA CADENA SILVA

ESTE COETZEE me gusta menos que el de sus novelas anteriores. Por qué, me pregunto, si esta historia es tan perfecta como las otras. Por qué, si el narrador característico de Coetzee está aquí también. Por qué, me pregunto, si la materia prima de la que de costumbre parte Coetzee está aquí también: personajes anodinos, tanto más trágicos cuanto más del común. Habrá que ver entonces qué hay en esta historia, a las que las demás le hacen sombra:

Está, para empezar, el personaje del común: Paul Rayment, un hombre de 60 años que vive solo, en un país que no es del todo suyo, en una lengua que tampoco lo es, en una casa que no es su hogar, apenas un lugar de residencia.

La novela arranca, como las otras, con el golpe arbitrario del azar. Así es en Coetzee: el azar golpea y se instala en la vida de cualquiera, y éste se convierte en la encarnación trágica de un hecho fortuito y de sus efectos. Paul Rayment va en su bicicleta; un auto lo atropella, pierde una pierna. En adelante será un hombre disminuido. El azar, ahora a cargo, empieza a mover las cosas: se enamora de una enfermera que lo atiende, y los efectos de ese azar se extienden también en

esta enfermera, en su marido, en sus hijos. Ahí está Paul Rayment, sin pierna, haciendo y deshaciendo su vida y la de algunos que el azar le pone al paso.

Pero sólo pasa la inercia, la desidia, nada. Y es así porque, en esta novela, la tragedia o la gracia del destino no actúa a cabalidad en sus personajes. Y esto es así, a su vez, porque a mitad de camino aparece Elizabeth Costello, se descubre como su autora y a todos como sus posibles personajes. Se entromete; da al traste con el encuentro franco  entre los personajes y los efectos avasalladores de un hecho fortuito. Elizabeth Costello introduce el recurso de la alegoría, Coetzee cede, y ahí se pierde. Quiebra el principio que lo hacía excepcional: los seres humanos empiezan a vivir cuando la vida condesciende y se los toma. No al revés. Costello representa la pretensión de un control ilusorio. Coetzee lo había dicho ya, pero mejor.

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