Nota de la semana / Reencuentros

Nota de la semana / Reencuentros

Por Miguel Ángel Venegas

21 de septiembre 2007 , 12:00 a.m.
Transcurrían tal vez los años treinta. Era un pueblo sin mar, enclavado en lo más agreste de la cordillera. Casonas de tejados rojizos, amplios solares y crujientes maderajes; calles empedradas y andenes angostos; un pueblo de fuertes raigambres hispanas y referente obligado en la historia nacional.

Ya era frecuente que en sus calles y callejuelas, hasta altas horas de la noche, un grupo de muchachos amantes de la música y la bohemia llevase serenatas a las mujeres casaderas, o a aquellas que ya hacían deshojar margaritas a sus anónimos pretendientes.
Ensayaban y atendían las solicitudes de serenata, acompañados eso sí de unos aguardienticos, en la tienda de una viejita, establecimiento que se constituyó poco a poco en el ícono existencial de los jóvenes músicos.

Además era un mojón en el pueblo, todos los moradores tenían anécdotas relacionadas con la tienda de la viejita, quien sin ser la de más años, sí era una de las más queridas por los paisanos: mercados, encomiendas, razones, avisos, todo pasaba por allí y salía obviamente con su valor agregado: el sutil comentario de la tendera. Alegre y hospitalaria, conocía la historia del pueblo: notables, curas, gamonales, indios, mineros, artesanos, todos tenían archivos en la memoria prodigiosa de la señora.

Los años del "qué voy a ser" cuestionaron a estos muchachos y cada uno cogió un camino diferente: de uno de ellos, de aquel que componía versos y hacia arreglos musicales, que era alegre, querendón y buena gente, cuentan que estuvo en varias ciudades, que quiso instalarse en la capital, pero muy poco se volvió a saber de él.

Entre tanto, la tiendita se cerraba cada día más temprano. Sus estanterías vacías eran testigos del paso del tiempo que se notaba en el deterioro creciente del local. La vieja se enfermaba con mucha frecuencia y sus convalecencias solamente le servían para coger fuerzas y resistir otra recaída, a veces más severa que la misma enfermedad. Había mucha melancolía en los solares de esa casona que amenazaba ruina definitiva.

Una noche, la vieja, en medio de sus maluqueras y dolores, escuchó que alguien tocaba la puerta y como pudo se levantó, a regañadientes abrió las puertas del local y entre sombras pudo ver a aquel joven, querendón y buena gente, ya adulto, que con guitarra en mano comenzó a cantar: "Mi señora Rosario, muy buenas noches, ábrame usted su tienda solo un momento...". Era José A. Morales que había vuelto a su natal Socorro.

Dicen que la noticia corrió por todo el pueblo, calles y caminos sintieron el alborozo de las gentes, la tienda mantuvo sus puertas abiertas de par en par durante tres días con sus noches; hubo fiesta en esquinas, portales y balcones, hasta agotarse el aguardiente en la provincia.

Doña Rosario falleció poco después pero ya inmortalizada en las letras de esa canción. El maestro José A. Morales, comparte su inmortalidad desde el 22 de septiembre de 1978. Celebremos esta fecha con gratitud y también con aguardiente, como a él le gustaba.

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.