Tribuna/ ¿Otro libertador?

Tribuna/ ¿Otro libertador?

Por Uriel Francisco Bonilla

20 de septiembre 2007 , 12:00 a.m.

Cuando hablamos de violencia todo el mundo se cree profeta y otros se creen pontífices, unos diagnostican el futuro y otros con suficientes ínfulas para descalificar a quienes de suyo son menos malos que quienes se atreven a endilgar culpas.

La violencia es común denominador de la patria desde inmemoriales épocas, incluso desde antes de la Conquista, en la Colonia, peor en la Independencia y mucho más grave después del 48 y más aún en la era Escobar sin dejar de decir lo propio en los días aciagos de Jojoy y en la plenitud de la Ley de Justicia Paz y Reparación que de suyo legalizó las motosierras y las fosas comunes sin dejar de pasar por los fratricidios entre los mismos 'paras' , o el inmemorial 'collarbomba' de Chiquinquirá , o de las 'proezas' de Klein en Puerto Boyacá, o el asesinato en cautiverio de indefensos diputados, o el secuestro de Emanuel que retenido está desde cuando brincaba en el vientre de su madre, o incluso por las diatribas de los que ungidos por la constitución lanzan contra los que injustamente nos hacen vivir días propios de la prosa de Dante.

Todos violentos en una y otra proporción, incluso hasta el columnista cuando reclama, unos más que otros, unos con menos autoridad que ellos, pero al fin y al cabo todos con proporcional medida lo que nunca justifica nuestro a veces ímpetu macabro.

El padre fustiga al hijo, el púber a su progenitor, los hermanos se mancillan, los patronos ejercen su prepotencia esclavista con sus empleados a quienes creen aun sus siervos, los jefes de la burocracia amenazan sino se les acompaña en las urnas, el vecino intolerante que no sale de la comisaría suscribiendo cauciones, o el chofer 'lanzandofuegos' contra su colega por la guerra del centavo.

El pasajero defendiéndose del conductor, el peatón amparándose con su habilidad de malabarista, la policía pegándole a los taxistas, el atracador transándose por unos tenis, el asesino escondiendo el cadáver de su mujer en una caneca de cemento, los párvulos carboneros esclavizados delante de sus autoridades y sus autoridades ocupados como jefes de campaña, un dirigente deportivo con pistola en mano, un docente apuñaleado por su alumno reprobado, y el niño todavía esperanzado que sus derechos se pongan a salvo gracias a recientes códigos que no tienen garantía presupuestal.

Y lo que es mas grave, un pueblo convencido de que el acuerdo humanitario vendrá pero sí se cosecha allende el Orinoco porque nuestra arrogancia acá no abonó tan noble iniciativa.

Lo que faltaba que nos toque importar otro libertador. No... no es una novela de ficción, es nuestra realidad que aunque cruda es nuestra, así nos duela. Es el trasegar de los propios. Es la radiografía de la patria que en sus entrañas llora la indolencia de sus hermanos y de sus líderes, incluso la indiferencia de todos nosotros.

Ventura, señor Todopoderoso, para los colombianos y en especial para los boyacenses, que al fin y al cabo lo que necesitamos es tu bondad porque la nuestra no quiere aparecer porque nunca fuimos conscientes de la paz que tu nos mandaste a profesar.

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