Había una vez / Cuidado con la pinta dominguera

Había una vez / Cuidado con la pinta dominguera

Por Diana Mireya Pedraza

14 de septiembre 2007 , 12:00 a.m.
¡Cuidado con el vestido nuevo!, ¡ojo, no se ensucie los zapatos!, no se quite los moños del pelo, ¡no corra!, mejor no se coma ese helado porque mancha el vestido de flores, ¡cuidadito con limpiarse las manos en la camisa blanca! Estas son las frases diarias que pronuncian los padres cuando se han esmerado por comprarles a sus hijos e hijas atuendos para una ocasión especial.

La situación llega a tal punto que cierto día en una reunión social en esas en donde las madres hablan del matrimonio, del último trabajo del esposo, del agotamiento y la monotonía, se encontraba una niña con un vestido de terciopelo rojo con mangas abombadas y cuello adornado con encaje blanco; la niña no se podía mover y durante las cuatro horas de la reunión estuvo callada y sentada, sólo movía de vez en cuando los ojos de lado a lado.

Esto me hizo recordar el vestido de la misa del domingo, el del cumpleaños del hermano, el del matrimonio de la tía y un sinfín de ocasiones que hacen del vestir de los niños y las niñas el suplicio del evento.

La moda dicta: para las niñas los peinados ensortijados, las trenzas bien apretadas, la cola de caballo, los bucles adornados con maripositas que combinen con el vestido en organdí; para los niños el pelo corto peinado por la mitad y de lado, con gel para parecer un volcán, el tan famoso corte la 'chuler', común entre los niños de los años 50, 60 y a la 'humberto', aquel estilo tradicional en donde la cabeza va rapada con un moñito adelante.

¿Quién no recuerda esa fiesta aburrida en donde no se podía mover, no podía jugar, no podía hablar y estaba bajo la observación permanente de los padres quienes al menor descuido nos reprochaban con una mueca o un pellizco?

La Convención de los Derechos de los Niños y las Niñas establece dos derechos que son vitales para el desarrollo de la niñez: el derecho a la libre expresión y el juego; esto significa que la niñez tiene derecho a decir lo que piensa y siente, sin ningún temor hacia sus padres o familiares pues son ellos los responsables de comprenderlos.

Cuando nos referimos al juego significa que la niñez pueda explorar nuevas posibilidades creativas y espontáneas de relación con los otros.

En el mundo adulto la libertad de expresión se garantiza por encima de cualquier situación, pues la participación, la democracia y el pluralismo no se hacen efectivos sin esa libertad. En cuanto al juego, las cartas, la rana, el tejo, el billar y el partido de fútbol son actividades que les permiten a los adultos salir del estrés y la rutina, por tanto son asunto de trascendencia.

Entonces, ¿qué pasa con la libre expresión y el juego de los niños y las niñas?

Si los derechos de la niñez los garantizan los adultos, es necesario que estos entiendan que la niñez tiene derecho a hablar de sus realidades, sus gustos y sus problemas; la niñez necesita adultos que los escuchen, los protejan y cuiden de cualquier situación adversa.

En pleno siglo XXI con una Ley de la Infancia y de la Adolescencia que promueve la protección integral de la niñez, se debe hacer gala de estos principios fundamentales y no volver a caer en los tiempos de la colonia en donde la niñez era un elemento decorativo y se constituía en extensión viva de sus padres. El maltrato y la explotación laboral eran el común denominador de esa época.

En la actualidad la garantía de los derechos de la niñez comienza con la libertad, por esto es necesario dejar el traje dominguero guardado en el armario de los recuerdos.

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