Luciano Pavarotti

Luciano Pavarotti

El gran tenor italiano según Fernando Hinestrosa, un aficionado sin sectarismo en sus preferencias.

12 de septiembre 2007 , 12:00 a.m.

POR FERNANDO HINESTROSA,
abogado y rector de la Universidad Externado de Colombia.

¡MURIÓ PAVAROTTI! La noticia se regó como pólvora. La radio, la televisión retumbaron con extractos de presentaciones suyas y comentarios de colegas y críticos. Los diarios la registraron en primera página. Se han visto películas biográficas grabadas de tiempo atrás, como  algunas preparadas a raíz de su deceso. "La voz de Italia en el mundo", "Del bel canto a la lírica en los estadios", "Un mito italiano", "El rey del contra-ut", son algunos de los titulares laudatorios que alternan con fotografías, las más recientes de frac en conciertos multitudinarios, y unas cuantas  como personaje de ópera.

Cuando me pidieron escribir esta cuartilla repliqué: "Qué sé yo de canto y teoría musical". Y me anotaron: "Queremos el comentario de alguien a quien le gusta la música culta, que ama la ópera y la disfruta". Acepté y tomé vuelo en mi condición de aficionado sin alardes, que se limita a tararear interiormente áreas, dúos, cuartetos de óperas italianas, alemanas o francesas, sin sectarismo en sus preferencias.

La de Pavarotti fue una voz privilegiada, bella, clara, amplia; cantaba espontáneamente, con gran naturalidad. Después de Enrico Caruso, cuya popularidad superó, ha sido el cantante más famoso y con mayor duración en el primer plano. Nacido en Módena en 1935, hijo único de un panadero y tenor aficionado, mantuvo con su padre una relación afectuosa y prolongada; profesor de escuela primaria, a los 26 años, el 21 de abril de 1961, debutó como Rodolfo en la Bohème de Puccini en el teatro de Reggio-Emilia. Sus óperas favoritas fueron Lucia de Lamermoor, Turandot, Un ballo in maschera, Rigoletto, Madama Butterfly, Macbeth. Sin que faltaran Aida, Ernani, Otelo, Norma, I Puritani, Il Trovatore, La Traviata, I Pagliacci, y el Idomeneo de Mozart. Su discografía incluye el Requiem de Verdi. Su repertorio no fue muy extenso, se concentró en la lírica y el drama italianos. Pero ese fue su fuerte. 

Solicitado por los mejores auditorios del mundo, debutó en la Scala de Milán con la Bohème, dirigida por Von Karajan, y allá mismo fue suntuosa su presentación con el Don Carlo de Verdi. En la Deutscheoper de Berlín recibió el aplauso del público por una hora y siete minutos y hubo de retornar al escenario 165 veces. La ópera de Amsterdam, la Staatsoper de Viena, el Covent Garden de Londres, el Lyceu de Barcelona, el Festival de Glyndebourne, lo aclamaron. Y en Nueva York donde apareció por primera vez en 1969, en la Metropolitan Opera House, como Cavaradossi en la Tosca de Puccini, que allá interpretó 57 veces; 49 veces cantó como Nemorino en el L'elisir d'amore y 34 como Rodolfo en la Bohème. Su consagración la alcanzó el 17 de febrero de 1972, con nueve do de pecho en la ejecución de La figlia del reggimento de Donizetti, que The New York Times registró en portada.

Se convirtió en un divo. Fue el primer tenor que utilizó la televisión, medio que difundió su voz, su figura, sus ademanes. Cantaba con el cuerpo. Pero el connubio entre el Big Luciano y el público americano comenzó a fallar y la crítica le cayó al seductor sesentón; como los fanáticos de la fiesta brava, exigía que en el do de pecho se arrimara más al toro, y no faltaron los silbidos. En 2002, programada la representación de Tosca con lleno completo, a última hora se excusó alegando motivos de salud (gripa). Volpe, director del MET, reaccionó violentamente y trajo de Italia un reemplazo para contentar a un público que había pagado boletas de 1.000 dólares. Il Divo hizo las paces con su auditorio dos años más tarde, el 13 de marzo de 2004, con un concierto de despedida y un aplauso de cinco minutos; pero la crítica no le perdonó su ausencia de aquella gala frustrada, después de 400 representaciones operáticas.

En 1990, a raíz del Campeonato Mundial de Fútbol, del que Italia fue sede, se lanzó la iniciativa de Los Tres Tenores: Pavarotti, Domingo y Carreras, en concierto de verano, al aire libre en las Termas de Caracalla en Roma, alternando e intercalando arias de ópera con melodías napolitanas y de otras partes del mundo. El delirio. Un auditorio de 1.500 millones de personas a través de la televisión. Siguieron presentaciones similares en distintos países y los programas de Pavarotti y sus amigos. Con más de 500.000 asistentes en el Central Park y en el Hyde Park, de brazo de la princesa Diana y el príncipe Carlos, ante 150.000 espectadores. En la explanada de la Torre Eiffel en París, el auditorio fue de 300.000 personas. Fue a Rio de Janeiro y vino a Bogotá. Y se presentó en Taipei. Promociones espectaculares, encuentros multitudinarios, recaudos millonarios, fondos destinados a beneficencia, y un rédito de popularidad incalculable, producto de la mezcla de ópera, canzoni y música pop. 

Y a propósito, Pavarotti no resistió la tentación de la evasión fiscal y el Tesoro italiano, más temprano que tarde, se la cobró: hubo de pagarle 24.000 millones de liras. Lo hizo entregando un cheque al Ministro de Finanzas, con gran despliegue publicitario y alarde de su conversión a contribuyente riguroso.

En 2005, luego de más de 40 años de ejercicio del bel canto, canceló sus compromisos porque su salud ya no le permitía esos esfuerzos. Su última aparición fue en diciembre de 2006, cantando el Nessun dorma, aria de Turandot, en la apertura de las Olimpiadas de Invierno en Turín. Italiano puro, mediterráneo genuino. Descomplicado, con su sombrero jipi-japa, su sonrisa amplia, en su familiaridad con los amigos en los juegos de cartas. Vital, exuberante. En su villa de Pesaro. En sus devaneos tropicales con Nicoletta Mantovani en Barbados, cumplidos los 60, que le valieron el divorcio de Adua, luego de 25 años de matrimonio, el nacimiento de Alice y  su nuevo matrimonio.

De Pavarotti se recordará, con la fidelidad de las reproducciones fonográficas y audiovisuales, el timbre de su voz, inconfundible, melodiosa, fuerte, de amplio espectro; su figura enorme, ciertamente desgarbada, pero al mismo tiempo amable, cálida, espontánea. Merece gratitud por haber deleitado a un público inmenso con el regalo de su canto, por haber rescatado y mantenido el gusto por la ópera, haberla hecho llegar a ese público. Hoy la ópera es un espectáculo universal, no sólo en el sentido de la plenitud congregada de las artes escénicas que proclamaba Wagner, sino en sus proyecciones mundiales, y en la renovación de compositores e intérpretes.

Personalmente recuerdo un extraordinario Turandot en el Metropolitan, me solazo con sus CD, pues me gusta escuchar la ópera, aun sin verla. Cuando pase la conmoción, evocaremos a Pavarotti como él lo quiso, como el tenor de ópera que seguirá siendo, y como el ser humano que fue.

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