La Declaración de Berlín aplacó un poco la crisis de la Unión Europea, pero no la ha salvado

La Declaración de Berlín aplacó un poco la crisis de la Unión Europea, pero no la ha salvado

La socióloga Martha Lucía Quiroga, que hizo una maestría en ciencia política en la Universidad Libre de Berlín, habla sobre la situación actual de la Unión Europea y qué tan posible es su disolución.

12 de septiembre 2007 , 12:00 a.m.

Con el No de la población francesa y holandesa en los referendos de mayo y junio de 2005 sobre el Tratado Constitucional Europeo (TCE), firmado en octubre de 2004 por los jefes de Estado y de Gobierno de los entonces 25 estados miembros, se abría una crisis profunda en la Unión Europea.

Los referendos en estos dos países fundadores habían dejado sin legitimidad el proyecto de la elite política europea surgiendo entonces y ya sin tapujos las contradicciones internas y las divergencias entre los estados.
 
No fue de extrañar así que los gobiernos más euroescépticos como los del Reino Unido, Polonia o la República Checa no hubieran hecho el más mínimo movimiento para ratificar un tratado que consideraban muerto desde ese momento. Otros cuatro países no ratificarían: Portugal, Dinamarca, Suecia e Irlanda. Las fuerzas centrífugas se expresaban con vigor.

Entraba en crisis, pero esto no significó que la Unión Europea cayera en el caos. La segunda reforma (el Tratado de Niza - 2001) del importantísimo Tratado de Maastricht (1992) continuaba existiendo, el Euro seguía su marcha, Schengen no daba un paso atrás.

Los doce países que habían entrado con la quinta y que entrarían con la sexta ampliación (2007) estaban obligados, sin excepción, a continuar la política monetaria y presupuestal de Maastricht , la política de fronteras y a seguir al pie de la letra los tratados y el acerbo comunitario.

Hoja de ruta
 
Pero la crisis sacudía indefectiblemente a la Unión Europea. La elite política, a través del Tratado Constitucional, se había prometido legitimación, una profundización en la integración política y una reforma institucional.

De otra forma sería cada día más insostenible una inmovilidad que a la larga acabaría dejando a una Europa de 25 países desarmada ante los nuevos desafíos internos y ante la presión de asumir un papel político y militar creciente de cara al nuevo escenario mundial post caída del muro.
 
En vista de que salir del atolladero, llamando de nuevo a un referendo en Francia y Holanda con el mismo Tratado Constitucional, era inviable, la UE comenzó a darse una hoja de ruta que ha culminado por ahora con el dificilísimo acuerdo logrado durante la Cumbre Europea en Bruselas el 21 y 22 de junio pasados.

Precedente importante fue la Declaración de Berlín  puesta a discusión y firmada poco antes en el marco de la celebración de los cincuenta años de la firma de los Tratados de Roma (C.E.E. y Euratom), considerada una prueba general para el desafío que se quería encarar, a saber, lograr un proyecto que pudiera dotar a la Unión de una 'base común' para salir de la crisis.

Esta declaración abrió el camino para lo que fue la reciente Cumbre de Bruselas. Aún con la alta dosis de escepticismo y de las fuerzas contrarias dentro de la elite política que se dieron encuentro en esta cumbre, se cree que se ha logrado dar un paso para acabar con la parálisis de la Unión.

Empero, muchos opinan que otro pulso del talante de estas dos jornadas sería algo que la UE no resistiría; esta negociación había vivido momentos en los que el desmembramiento de la Unión nunca había estado tan cerca. Como diría un periodista alemán poco después de terminada la cumbre: Europa no está perdida, pero tampoco a salvo. Que las negociaciones fueron fuertes y las concesiones también, queda consignado en los siguientes  npuntos.

Para comenzar, se eliminaron los referentes simbólicos que generaran incomodidad y dieran la impresión de demasiada pérdida de soberanía nacional. Así, el concepto de "Constitución" desaparece, y la bandera y el himno europeos no serán considerados explícitamente en el nuevo texto como símbolos europeos.
 
A pedido del Reino Unido, la figura del Ministro de Relaciones Exteriores, creada ya en el Tratado Constitucional, no llevará este nombre, sino el de Alto Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad.

Los 54 artículos de la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea tendrán obligatoriedad jurídica, pero no aparecerán dentro del proyecto, sino tendrán una mención en donde queda consignado su carácter vinculante.

Gran Bretaña también logró negociar su exclusión en las obligaciones hacia la Carta. Holanda consiguió que los parlamentos nacionales tuvieran más derecho de control sobre las propuestas legislativas de la Comisión.

Después de una negociación llena de reproches y amenazas, Polonia logró que la toma de decisiones dentro del Consejo se siguiera haciendo hasta el año 2014, según el método del tratado de Niza y no según el principio de la doble mayoría , como estaba previsto en el Tratado Constitucional. Francia logró anular la expresión de "libre e ilimitada competencia" como objetivo de la Unión.

En manos de Portugal

La perspectiva próxima queda ahora en manos de Portugal que asumió la presidencia del Consejo el domingo 1 de julio. Prioridad: aprobar el texto del nuevo tratado europeo. El primer paso será el trabajo de detalle para la que ha sido llamada una Conferencia Intergubernamental con un claro mandato que conservará un 95% del fracasado Tratado Constitucional.

Los cancilleres de los diferentes estados miembros comenzaron sus reuniones el pasado 25 de julio en busca de un texto que pueda ser ratificado en los diferentes países y que entre ya en vigor en la primavera 2009 poco antes de las elecciones al Parlamento Europeo. Así aparentemente se ha resuelto la crisis.

Pero, en este ir y venir con negociaciones fuertes y difíciles acuerdos, se olvida que la crisis no se abrió por los gobiernos euroescépticos del Reino Unido o de Polonia que en su momento firmaron, como todos los otros jefes de Estado y de Gobierno, el fracasado Tratado Constitucional. Esta crisis se abrió con el No de la población francesa y holandesa en las urnas, coincidencialmente los únicos países en donde se había dado un debate abierto y profundo.

Desde Maastricht con el No del referendo danés y el Sí pero No del referendo francés, la Unión Europea arrastra una crisis de legitimidad y una incapacidad institucional, que se pretendía resolver con el Tratado Constitucional de 2004.
 
El No traduce el sentir de una parte de la opinión pública en la que se cuestiona a la Europa de Maastricht, una Europa que se construye a espaldas de los ciudadanos de la Unión y que maneja una gran parte de las vidas nacionales.

Aunque este rechazo tuvo en Francia un porcentaje proveniente de una extrema derecha xenófoba y chovinista, no es menos cierto que la mayoría vino de sindicatos, diferentes movimientos sociales y partidos de izquierda que ponían en cuestión la Europa que se estaba construyendo.

Los temores de estos sectores de la población no son infundados porque desde Maastricht hay una realidad al interior de los países de la UE que ha supuesto un retroceso en lo social y una primacía de las cuestiones del libre mercado y de la política monetaria. La crítica de la poca transparencia y democracia de las instituciones de la UE y de la poca participación de los ciudadanos en la construcción de esa nueva Europa sigue vigente.

Ante esta realidad y en un acuerdo tácito entre los gobiernos de los diferentes países, se ha considerado que esta vez no hará falta llamar a ratificación por referéndum . En palabras claras: la elite política europea no quiere arriesgarse a que se repita la debacle del año 2005, y así a los ciudadanos de la Unión se les servirá de nuevo en la mesa un Tratado que no habrán tenido ni siquiera la posibilidad de debatir a profundidad.

Martha Lucía Quiroga Rivière
Maestría ciencia política Universidad Libre de Berlín

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