En bicicleta de fruta

En bicicleta de fruta

Pascual Gaviria escribe para CAMBIO, la increíble historia de un repartidor de la Plaza Minorista de Medellín, que en la pasada Vuelta a Colombia acabó de gregario de Santiago Botero.

05 de septiembre 2007 , 12:00 a.m.

Por PASCUAL GAVIRIA
Periodista y profesor universitario.

LOS VIERNES SON un día de pedal duro para el equipo de la frutera Los socios en los bajos de la Plaza Minorista de Medellín. Los billares y las cafeterías anisadas del centro necesitan provisión doble de pasantes: limones, mangos, naranjas, cocos y piñas por bultos para pasar el aguardiente que se irá copa a copa. Dos bicicletas negras, a las que paradójicamente llaman carniceras, y tres ciclistas, más afiebrados que aficionados,  se encargan del reparto. Héctor Ríos es el capo escuadra de Los socios a la hora de mover carga. Dice que forzando un poco el motor le puede montar hasta 200 kilos a su furgoneta para una etapa llana. Cuando Héctor no está moliendo cadena en el trabajo se dedica a asuntos muy distintos, casi opuestos: cambia la bicicleta de fruta por la de ruta, sube los 14 kilómetros del Alto de Santa Elena y hace una etapa de 80 ó 100 kilómetros por los pueblos del oriente, para soltar las piernas. La rutina es sencilla: bicicleta liviana entre la niebla de cinco a nueve de la mañana y bicicleta pesada entre el humo de 10 a cuatro de la tarde.

El viernes 27 de julio estaba entregando un pedido cuando lo llamaron a la frutera. Le dejaron una razón escueta: "Que se venga pa' Barranquilla a correr la Vuelta a Colombia". El socio que estaba en el apacible turno del teléfono le dio la noticia con desgano, casi con rabia: "Es que no respetan al deportista: que se venga, como si fuera pa' un paseo. Le digo pues que pa' que yo corra La Vuelta me tienen que poner masajista, médico, meteorólogo, madrinas...". El que llamaba a Héctor para hacerle la dudosa propuesta era el dueño de un equipo hechizo con avisos varios en el maillot: Estudio T.V., la Nueve Millonaria y el número de un candidato al concejo de Bogotá. Luego de un pequeño forcejeo por teléfono Héctor logró que los patrocinadores pagaran el hotel y la alimentación. Mejor dicho, la pensión y el corrientazo, no más de 40.000 pesos por jornada. Al comienzo la oferta se limitaba a los pasajes, la mecánica, los uniformes y la inscripción a la Vuelta. El sábado 28 era el prólogo contra el viento de La Arenosa. A las cinco de la tarde del viernes Héctor ya estaba en la Terminal con su cicla fletada en un bus estrenando ruedas, a las ocho de la mañana ya estaba en Barranquilla y a las 11 estaba rodando para desentumecerse antes de su salida a las dos de la tarde. "En el bus no dormí pensando en la carrera: correr una Vuelta a Colombia..."

La Vuelta de Ríos, como lo conocen los que lo conocen en el paquete de profesionales, era simplemente para buscar fugas y mostrar camiseta, para sostenerse y trabajar para algún compañero que estuviera fuerte, para soñar y sufrir: tándem obligado del ciclismo. "Yo comencé la Vuelta pensando etapa por etapa, el primer día ni siquiera me imaginaba la llegada a Bogotá".

Al comienzo el asunto marchó bien, los ciclistas con la camisa de T.V. Estudio, la Nueve y el candidato se hacían ver, disputaban algún embalaje, intentaban una fuga cerca del final. Tanto que en La Vega, llegando a mitad de carrera, el aspirante a Concejo los invitó a almorzar y le dio 40.000 pesos a cada uno de los que quedaban en fatiga. Pero la Vuelta estaba hecha para fundir a Botero y muy pronto los que no tenían vocación de alpinistas se fueron despidiendo. El campeón del mundo lo había dicho entre burlas y desconsuelo: "No faltó sino que nos pusieran a subir el Cocuy". Así que el masajista del equipo de Ríos cada día tenía menos trabajo. Cuando la vuelta llegó a Medellín quedaban 4 y cuando subió a Salgar, qué montañas, qué filos, qué montañeros, la nómina del equipo estaba bien reducida: Héctor Ríos # 137, Antioquia, 36 años. "Dos compañeros llegaron fuera de límite y 'el boyaco' estaba jodido de la rodilla. El dueño del equipo llegó diciendo que lo retiraba, el hombre estaba bravo, que salíamos ya pa' Medellín. Yo le dije que yo no me iba, no sabía si firmaba la planilla al otro día, pero yo acabando de llegar no iba a coger carro pa' la casa".

Un compañero le dio el consejo providencial antes de irse: "Ríos usted está andando mucho. Dígale a la gente de Une a ver pa' qué lo necesitan". Ya por la noche Ríos había decidido que seguía por su cuenta, al fin y al cabo la diferencia no era mucha. Después de cruzar la meta seguía con las mismas obligaciones: buscar dormida, lavar los uniformes y la bicicleta y comprar del propio bolsillo la alimentación de carretera: "Yo tengo el viciecito de llevar platica pa` la calle. En el lote ya saben quien lleva la menuda, eso cuando toca parar a fresquiar se para". Héctor le insinuó a Raúl Mesa, el técnico de Une, sobre su nueva condición de desempleado, de ciclista freelance... Armstrong, como dijo algún gracioso en el grupo. Quedaron en que ya verían, o sea en nada.

De Salgar a Pereira, Ríos se dedicó a trabajar para Une, se puso al frente para controlar las fugas, dio manija con todo de Pipintá hasta Santa Rosa y llegó remando a la meta. "Y allá ya me recibieron como un ciclista de ellos, desde ahí comencé a correr la Vuelta como profesional. Yo viví dos vueltas, una de aficionado y otra de profesional". Héctor habla largo de las jarras de jugo, del bufé, del "Rebul" en vez del agua en bolsa, del uniforme de T.V. Estudio limpio en la mañana. Se ríe restando las estrellas de su hotel en Pereira de las de su pensión en Salgar. "Y trabajar para el campeón, yo nunca creí que yo fuera a ayudarle a Santiago. Yo me lo encontraba mucho entrenando por Oriente, nos cruzábamos, el venía de Las Palmas y yo de Santa Elena. No veo la hora de encontrármelo después de lo de la Vuelta, de saludarlo después de lo que pasó: como un colega". Botero le responde a Ríos con una sentencia desde una orilla distinta: "Ese hombre no vive de la bicicleta sino para la bicicleta".

Con su nueva coloca Ríos se olvidó de todo. No llamó a la casa en ocho días ni se le ocurrió llamar a saludar a los socios que lo daban por desaparecido. Su única preocupación era bultiar al comienzo de las etapas y correrle a la "pata e'caucho" -el policía de la vial en moto que arrea al colero- en los ascensos finales. "Sólo un día tuve detrás a la 'pata e' caucho', pero no me desesperé, cogí paso, alcancé a uno que tenía como a 500 metros y me zafé de esa compañía. Y me encantó ese silencio tan berraco en esa carretera."

Llegando a Bogotá, a 20 kilómetros del Alto de Rosas, Ríos se bajó de la bicicleta y llegó a la meta en un carro de Une. Faltaron menos de 70 kilómetros para redondear los más de 2.200 de La Vuelta. La rodilla izquierda lo sacó de la carrera. Se puso a pensar que no podía llegar cojo al trabajo, que ya había hecho suficiente y lo esperaba el engranaje de la carnicera: "Es que yo nunca me había tirado tan duro, yo he corrido cinco clásicos, pero uno casi siempre va a rueda, no jalando el grupo como loco". Ríos dice que se bajó feliz, que es lo más grande que ha hecho en la bicicleta, su mayor orgullo como ciclista que empezó paisajiando, saliendo con su socio de la frutera a conocer pueblos, a acampar con las ollas debajo del sillín. No se quiso quedar para la contrarreloj final, prefirió cuidarse de la nostalgia de ver la premiación desde su palco de retirado satisfecho. Esa misma noche cogió bus para Medellín. Esta vez sí logró dormir en el camino.

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