La Plaza de Bolívar se encendió anoche con 24 mil velas, en homenaje a los diputados asesinados

La Plaza de Bolívar se encendió anoche con 24 mil velas, en homenaje a los diputados asesinados

La prestigiosa artista colombiana Doris Salcedo fue la autora de esta silenciosa manifestación, que recuerda la que hizo hace cinco años en el Palacio de Justicia.

04 de julio 2007 , 12:00 a.m.

"La pregunta no es por qué hice esto, sino por qué es una retícula (de velas). Esta es una sociedad que no responde, una sociedad indolente. Las velas están ordenadas para que se vea que es un grupo el que hace esto. Si fuera un acto espontáneo, las velas estarían en desorden. Debería ser un acto espontáneo".

Así explica Salcedo por qué ayer desde el mediodía hizo una cuadrícula de 24 mil velitas en la Plaza de Bolívar, la principal de Bogotá, enmarcada por el Capitolio, el Palacio de Justicia y la Alcaldía.

Aparte de esas palabras, que salieron como una ráfaga, no dijo más. Ella, que por estos días ejecuta un trabajo que será expuesto en la galería Tate Modern, de Londres, paró su obra para protestar por la muerte de los 11 diputados del Valle del Cauca mientras se encontraban secuestrados por las Farc.

Salcedo es reconocida en el ámbito internacional por obras que han llamado la atención de manera contundente sobre diversos hechos violentos que ha sufrido la sociedad colombiana.

Así, en el 2002 colgó 280 sillas de la fachada el Palacio de Justicia, para recordar la muerte de los magistrados y otros civiles en lucha que se libró en su interior durante la toma del entonces grupo insurgente M-19 y el Ejército, que sucedió hace  22 años.

También, con varios artistas hizo un homenaje al comunicador asesinado Jaime Garzón, poniendo rosas rojas en el sitio donde perdió la vida. Obras, todas, marcadas por el silencio.

La plaza se ilumina

Cerca de 80 personas, entre niños, jóvenes y adultos estuvieron con Salcedo en esta acción de duelo.

Desde el mediodía -algunos llegaron antes- empezaron a poner las velas cada 60 centímetros. Unos se ayudaban de cuadrados de cartón cortados a la distancia requerida, mientras otros confirmaban con largas cintas métricas en mano.

Había un cordón para evitar el paso de los transeúntes, aunque las palomas hacían estragos, a veces. También hubo algunos que se unieron de manera espontánea, como el turista barranquillero Heriberto López, de 52 años, que estaba con su familia de paseo por Bogotá.

"Estamos aquí por solidaridad con ese poco de gente secuestrada por la guerrilla. Que ellos se den cuenta de que rechazamos eso", dijo López, con una vela en la mano.

Su esposa y sus hijos también prendían velas. "Hago esto con muncho sentimiento, para aportar el grano de arena, para construir con nuestros actos", dijo Ruth Campo, esposa de Heriberto.
Cerca de las seis de la tarde, había escasez de encendedores (habían llevado de varios tipos).

-Hasta aquí llegó este, ¿tiene otro?- dijo alguien al que se le había acabado.

-Tengo una vela-, fue la respuesta del que estaba a su lado.
Con la caída del sol, el resplandor de las velas empezó a tomar fuerza.

Además de reporteros que tomaban fotos y video a diestra y siniestra y se estrellaban contra el silencio de Salcedo, llegaron algunas personas más, que miraban, arreglaban la caperuza de papel que tenía cada vela  (las 24 mil las había cortado el grupo de la artista días antes) o reencendían las velas que habían sido apagadas por el viento.

Algunas mujeres, que rondaban los 50  años, estaban sentadas junto a la estatua de Bolívar.

-Ahora sí, descanso. Agacharse 24 mil veces da dolor de cintura-, le dijo una a la otra, en broma.

Camila Lemoine, de 26 años, también del grupo que secundó la idea, no paraba. Seguía reviviendo velitas.

"Hago esto porque cuando pasó lo de los diputados sentí un dolor profundo. Es terrible: aquí, en este país, nadie se queja. Doris propuso esto y creo que así, solo por esto, sí lo van a ver en otros países".

Pasadas las siete de la noche la plaza era un tapete de velas. Había gente dentro y también en los alrededores. Aunque, en realidad, no había mucha.

Diego Guerrero
Redactor de EL TIEMPO

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