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Personas que realizan labores ingratas y mal pagas, en el día del trabajo

Personas que realizan labores ingratas y mal pagas, en el día del trabajo

Por bajos salarios, celadores, empleadas domésticas, basureros, coteros o loteros trabajan de sol a sol, para medio comer.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
30 de abril 2007 , 12:00 a. m.

Un empleo, por mal remunerado que sea, sucio, pesado o esclavizante, representa el único medio de subsistencia para miles de boyacenses, en una región en la que el índice de desempleo (a diciembre de 2006, según Dane), supera el 24 por ciento.

Entre los trabajos más pesados e ingratos están los de un celador independiente nocturno (no más de 300 mil al mes), el de trabajadoras sexuales, que cobran una tarifa de 10 mil pesos; o una vendedora de carbón a domicilio, que escasamente hace 8 mil pesos diarios para mantener a sus hijos.

También hay oficios que, literalmente, hacen llorar, como el de las peladoras de cebolla en Aquitania, que 'botan la lágrima' por 150 mil pesos al mes, trabajando extenuantes jornadas de ocho horas.

Aunque no hay cifras estadísticas de estos estilos y condiciones de ocupación, en las calles de las principales ciudades se observan personas ancianas que recogen cartón, niños que venden limones u otros productos, por 2 o 3 mil pesos al día.

A punta de basura

Leo*, de 25 años, es un bachiller que lo único que consiguió para trabajar fue una vacante de recolector de basuras.

Este trabajo, pese a estar considerado de alto riesgo, no le deja más de 450 mil pesos mensuales, con los que debe hacer milagros, 'estirarlos', como le dice su compañera y madre de dos pequeños herederos que están en un jardín infantil mediodía para que ella pueda trabajar.

"Entre los dos reunimos 680 mil pesos y nos vemos muy apretados para pagar el arriendo, 250 mil; el jardín de los niños (120 mil)", dice Leo, quien hace cuentas para el mercado, servicios, transporte y ropa,con los 310 mil restantes.

"Afortunadamente la empresa nos tiene asegurados, y esto es una ventaja, especialmente por la salud de mis hijos", indica el recolector de residuos, como prefiere que llamen a los que hacen este oficio del que no se avergüenza, pero que -reconoce- es muy duro y sucio.

Para ayudarse debe trabajar los días de descanso haciendo de 'cotero', por unas propinas, en la plaza del norte, los domingos.

* Nombre cambiado por solicitud de la fuente.

Sexo, a 10 mil pesos el turno

Empezó ofreciendo el servicio de celular callejero.
Su estampa, atractiva, le ayudaba a vender 100 y 150 minutos diarios, unos 15 mil pesos que le pagaba el dueño del aparato.

Un día se lo robaron y le tocó pagar con la mitad de su porcentaje, logrado con el nuevo celular.

Dos semanas después 'alguien le propuso a la bonita y joven chica, de 25 años y madre de dos niñas (3 y 5 años), que explotara esas 'curvas'.

El pago atrasado del arriendo, al igual que la cuota a la señora que le cuidaba a sus hijas; los constantes insultos de sus acreedores (que le pedían que pagara en 'especie', al menos), la llevaron a aceptar sin mucha resistencia.

"A una nunca se le pasa por la cabeza que un día tendrá que ganarse la vida acostada", dice la mujer, quien durante los primeros meses creyó que estaba haciendo el 'gran negocio'. Pero la envidia de las 'colegas', cuenta, los 'chulos', que les sacan plata por cuidarlas y dejar que trabajen, la sacaron del elegante club nocturno del norte de Tunja para venir a parar a la Terminal.

Allí 'anda la calle', ilegalmente, y se ofrece por 10 o 15 mil pesos, en la noche, o en el día, cuando las cosas andan muy mal.

Los vigilantes de la noche

Sus armas son un bastón y un pito. El bastón para defenderse de los ataques de los 'choros' (ladrones), para mantener a raya a mendigos agresivos o a los vándalos que aprovechan la oscuridad de la noche para pintar grafitis en las paredes de las casas, romper vidrios y bombillas u orinar paredes y puertas.

El pito es la' voz del sereno', vigilante o celador nocturno de barrios y calles. "Cuando suena esta chicharra pensamos que la gente se tranquiliza porque sabe que estamos alerta, y los malandros se lo piensan antes de cometer una fechoría en la cuadra", explica uno de estos guardianes de la noche que trabajan de 6 de la tarde a 6 de la mañana.

El sueldo se lo arreglan los 10 o 12 propietarios de vivienda que le pagan entre 15 y 20 mil pesos mensuales, cada uno, por su servicio. "No es mucho, pero de eso vivimos. Hay otros que trabajan de día en el centro, a ellos les paga la gente de los almacenes y muchos están cooperados", señala este celador de 35 años, que también se ha ganado enemigos en los dos años que lleva en el oficio de velar el sueño de los usuarios de las dos cuadras que cuida. Ignora el origen del Día del Trabajo.

Vendedora de carbón a domicilio

Todos los días Cleofe Beltrán Orduz recorre los sectores rurales de Sogamoso ofreciendo casa a casa carbón mineral para las estufas.

Esta mujer, de 52 años y madre de cinco hijos, compra el carbón en las minas de Morcá, vereda de Sogamoso, a seis mil pesos la carga.

Después de llenar cuatro costales con la negra piedra, ella misma carga los bultos sobre los lomos de dos burros, que son sus 'ayudantes incondicionales' en esta dura faena.

Tras verificar que la carga está bien atada al cuerpo de los asnos, Cleofe emprende su viaje hacia las viviendas donde aún cocinan con carbón, que ya son muy pocas.

"En cada viaje me gasto tres horas de ida y vuelta", dice la mujer mientras arregla los bultos que amenazan con caerse.

La carga de carbón la vende en 11 mil pesos, pero de ese dinero tiene que descontar dos mil pesos del alquiler de uno de los burros y los seis mil pesos que le cobran en la mina.

Si logra vender las dos cargas de carbón le quedan ocho mil pesos, con los que debe responder por los gastos del hogar, ya que ella es madre cabeza de familia.

Aunque es muy poca plata, tiene que hacerla rendir porque ya sus fuerzas no le alcanzan para realizar dos viajes entre Morcá y Sogamoso, como lo hacía cuando era más joven. "Lo único que tengo es un rancho que me dejó mi mamá en Morcá", manifiesta Cleofe.

Su sustento 'una lotería'

Para Ramiro Arias, ganarse el sustento diario desde hace cuatro años, es toda una lotería.

Este comerciante de 40 años de edad, vive en el barrio Belencito de Chiquinquirá y trabaja todos los días de 6:00 de la mañana a 7:00 de la noche, vendiendo billetes y fracciones de lotería en una esquina del parque Julio Flórez, de esa localidad.

Para adelantar su labor tuvo que invertir 30 mil pesos en la compra de tablas y puntillas con las que fabricó una especie de cajón en el que exhibe los billetes de Boyacá, Cruz Roja, 9 Millonaria, Meta, Bogotá y Santander, además de los sorteos extraordinarios de Colombia y Nacional.

"Cuando me llega el número 0329 lo compro de inmediato, pero desafortunadamente nunca me lo he ganado", comenta el lotero, quien agrega que de llegarse a ganar el premio 'gordo' montaría una agencia comercializadora de loterías para generar empleo.

Según él, al día logra vender entre 10 y 50 fracciones de lotería. Por cada una de estas recibe 400 pesos que al mes le representan entre 200 y 300 mil pesos con los que sostiene a su mamá y a tres de sus hermanos que conviven con él.

"Con lo que me gano en mi trabajo compro útiles de aseo y algo de mercado porque no alcanza para más", asegura Ramiro Arias.

Peladoras, un trabajo que hace llorar

En el municipio de Aquitania cerca de 500 mujeres se ganan la vida pelando los gajos de cebolla que se comercializan en los supermercados de Bogotá y otras ciudades del país.

Por cada kilo de cebolla pelada les pagan 115 pesos. Las más experimentadas pelan entre 40 y 50 kilos al día.

"La cebolla suelta una leche que irrita los ojos", dice Cecilia Vega, quien lleva varios años realizando este oficio.

Ella, de 42 años, tiene dos hijos, por los que debe responder ya que no vive con su esposo. En las bodegas donde se pela la cebolla trabajan exclusivamente mujeres, pues los hombres se dedican a labores en las parcelas.

La mayoría de estas mujeres son madres cabeza de familia. Ellas trabajan en las bodegas de 9:00 de la mañana a 5:00 de la tarde.
"Este es un trabajo duro, sobre todo por la irritación que ocasiona la cebolla, pero uno se acostumbra por la necesidad del dinero", manifiesta Cecilia.

Además de pelar la cebolla, estas mujeres tienen que empacarla en unas mallas, en las que se vende el producto en supermercados como Olímpica. En las bodegas les pagan mensualmente.

La lucha diaria de un jornalero

Hace frío en Soracá. Los primeros rayos del sol se cuelan por entre la espesa neblina. Son las 6 y media de la mañana y Héctor Quemba López, de 40 años, emprende camino hacia la vereda Curubita, donde arrancará su jornada de trabajo.

Come con prisa el desayuno que su mujer le preparó y se monta en su vieja bicicleta.

Lleva ruana, una cachucha azul y pantalón de paño. Sobre su hombro derecho carga una pala y un costal con un tarro de plástico donde lleva el guarapo para mitigar la sed. O el 'sorbo', como él dice.

Héctor es uno de los miles de boyacenses que se ganan la vida como jornaleros, cuidando cultivos ajenos. Sus padres lo fueron y todavía lo son, y este trabajo es lo único que sabe hacer, desde que tenía 15 años.

"Esto es muy duro", narra Quémba, quien debe trabajar entre 8 y 10 horas diarias, bajo sol o lluvia, para ganarse, en promedio, 400 mil pesos al mes.

Del año, sólo trabaja unos seis meses, cuando hay cosecha. En épocas de verano, como fin o mediados de año, nadie lo emplea. Además, dice, en la región abundan los jornaleros. La competencia hace cada vez más difícil que en las fincas lo contraten.

Con los 400 mil pesos que recibe de mensualidad debe pagar 150 mil pesos entre arriendo y servicios, y comprar el mercado. "La plata apenas alcanza para sobrevivir. Además, hay que ahorrar para cuando no haya trabajito", cuenta, mientras seca el sudor de su frente.

Héctor sólo pudo estudiar hasta segundo de primaria, y apenas sabe leer y escribir. De pequeño aprendió a labrar la tierra; a sembrar papa, sobre todo, al lado de su padre.

"Es muy triste que mis viejos todavía tengan que trabajar al jornal", comenta este hombre, quien al igual que el resto de trabajadores del campo no tiene seguridad social ni protección por riesgos profesionales, pese a lo peligrosa que puede resultar su labor. Sólo tiene Sisbén.

Con el cuerpo encorvado y mientras clava su pala entre papas a medio madurar, afirma que no quiere que sus hijos corran con su suerte. "Quiero que ellos estudien y consigan un trabajo menos sacrificado y desagradecido".

A las 6 de la tarde y con un fuerte dolor en la cintura, Héctor sube a su bicicleta y regresa a casa. "Este es mi trabajo, y es lo único que hacer".

Piensan 'salir del barro'

Para muchos de los obreros que trabajan en labores de alfarería, su sueño es 'salir del barro' con su trabajo.

Sin embargo, las condiciones en las que trabaja la mayoría de los alfareros los obliga a seguir soñando.

Para estas personas su jornada laboral empieza a las 7:00 de la mañana y termina sobre las 5:00 de la tarde. Por las características en las que se hace el ladrillo y la teja, el alfarero trabaja dos y tres días a la semana.

Tienen que apilar la tierra y luego mojarla y amasarla para después cortarla en forma de ladrillos.
Después se tienen que organizar para dejarlos secar y luego se ordenen en filar para luego pasarlos al horno. Una hornada de ladrillo dura quemando en promedio 15 días.

El sueldo lo reciben de acuerdo al contrato que es realizado por hornada de ladrillo. Un obrero que apila mil ladrillos en un día recibe por esta labor 14 mil pesos. Así las cosas, un alfarero puede ganar entre 300 y 500 mil pesos al mes para responder por sus hogares.

Sobreviviendo 'minuto a minuto'

Máryury González* tiene las mejillas coloradas de tanto aguantar frío y sol. Las marcas sobre su rostro le suman años. Tiene 30, pero parece tener 10 más. "Eso es de tanto sufrir, y de tanto trabajar", dice entre risas.

Ella es una de las cerca de 300 personas que en las calles del centro de Tunja se ganan el sustento diario vendiendo minutos de teléfonos celulares.

"Va a llamar, va a llamar", se escucha en voces repetidas como golondrinas llamando lluvia. Una de esas voces, la más aguda, es la suya.

Hace ya hace dos años y medio que Máryury decidió dejar de lavar ropa y cocinar para patronas desagradecidas. De empleada doméstica paso a vendedora de minutos en la esquina de la calle 19 con 11.

Por cada minuto que vende se gana 50 pesos. Los celulares con los que trabaja no son suyos. Al igual que a la mayoría de sus compañeros, trabaja para otros, que manejan el mercado y que son los que realmente ganan. Después de trabajar durante 12 horas, bajo las inclemencias del clima y sin probar bocado, recibe, en promedio, siete mil pesos.

Unos 220 mil pesos al mes. Con ese dinero debe pagar el arriendo, el agua, la luz y el gas, y sostener a sus tres hijos de 15, 12 y 11 años, que están en el colegio.

Ella, al igual que varias de sus vecinas de labor, es madre cabeza de hogar. Su ingrato marido la dejó hace rato con la responsabilidad de la crianza de sus hijos. "Como no hay empleo en Tunja, por eso el desvare de moda es vender minutos. Aquí hay jóvenes y hasta ancianos trabajando", comenta.

Cuando llueve, aprovecha y le ayuda a vender sombrillas a un vendedor ambulante. "Este oficio es muy duro. Pero tengo que trabajar para que mis hijos tengan un mejor futuro".

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