Secciones
Síguenos en:
Lamento vallenato

Lamento vallenato

El novelista Alonso Sánchez Baute hace una radiografía de la delicada situación de su departamento, el Cesar.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
13 de abril 2007 , 12:00 a. m.

POCOS PONEN EN DUDA que el Cesar está viviendo una de las encrucijadas más complejas de su historia, al cabo de cuatro décadas como departamento. A pesar de sus inmensas riquezas naturales, de ser cuna de gente amable y emprendedora y haber visto nacer al vallenato, el aire musical que se escucha en todos los rincones del país, a esta región le ha caído mucho más que una gota fría. Azotado por la violencia y la corrupción, con sus principales líderes políticos detenidos o en problemas con la justicia, y con el dudoso honor de tener al guerrillero apodado como Simón Trinidad y al paramilitar conocido como Jorge 40 entre sus hijos, el departamento ya no es el bucólico paraje que inmortalizaron las canciones de Rafael Escalona. Por esa razón, CAMBIO le solicitó a Alonso Sánchez Baute, oriundo de la Ciudad de los Santos Reyes del Valle de Upar, que escribiera sobre su ciudad y su región en vísperas de que en la plaza Alfonso López vuelvan a sonar los acordeones a finales de este mes, con ocasión del Festival Vallenato.

 

POR ALONSO SÁNCHEZ BAUTE

Hace un par de semanas, cuando visité a Jorge 40 en la cárcel de Itagüí dentro del marco de la investigación que actualmente adelanto para mi nueva novela, me confió entre otras cosas que tiempo atrás muchos jóvenes de su generación, incluido él, veían en la figura carismática de Ricardo Palmera Pineda el líder inteligente y necesario para sacar adelante a Valledupar y la región cesarense. Para entonces Ricardo Palmera todavía no se hacía llamar Simón Trinidad y, fuera de gerenciar el Banco del Comercio en la ciudad, militaba disciplinadamente en el Nuevo Liberalismo que en el Cesar dirigía su primo Julio Villazón Baquero.

Poca fe en sí mismo debía tener Palmera, porque nunca se vio como la figura política que podía dar el salto definitivo para sacar a la región de la crisis en la que se encontraba. En su lugar, muchos jóvenes de su generación, incluido él mismo, creían de tiempo atrás que el nombre de ese Mesías era Álvaro Araújo Noguera, ex ministro de Agricultura en el gobierno de López Michelsen, una figura nueva, preparada, con un discurso gremial, ajeno a las castas tradicionales, con ideas económicas de desarrollo y modernización del campo, que representaba más a los técnicos que a los políticos. 

Esto sucedió a principios de los 80, luego de la quiebra del algodón.  Pero quizás voy muy rápido, de manera que retrocedamos. Todo comenzó cuando Pedro Castro Monsalvo, siendo ministro de Agricultura, creó la ley de absorción obligatoria de los productos nacionales, entre ellos el algodón. Años después, descubrieron las excepcionales condiciones climáticas de la región para el cultivo del algodón, que poco a poco se consolidó como el principal producto del Cesar, desplazando a la ganadería. De 42.202 hectáreas sembradas en 1962, en 1975 se llegó a la cosecha récord de 126.737 hectáreas con una participación del 43% del total de la producción nacional.

Este esplendor en la economía del Cesar tuvo repercusiones nacionales: varios de sus hijos fueron llamados para ocupar importantes puestos en los gabinetes presidenciales. En realidad, el algodón irrigó la economía a borbotones, dando inicio a gastos suntuarios antes impensables, como viajes a Estados Unidos y Europa de familias enteras, o la rápida construcción de modernas casas y edificios que dieron origen al barrio Novalito y otros al norte de la ciudad, cuando Valledupar no era más que unas cuantas cuadras alrededor de la plaza Alfonso López.

Pero mientras los vallenatos se enriquecían, el precio de la tierra no se valorizaba y el presupuesto municipal seguía siendo famélico. López Michelsen señaló alguna vez que en la década del 60 el valor catastral de la tierra cesarense "era infinitamente menor que el de los tractores, las avionetas y los insumos necesarios para el cultivo de algodón". Por ello se afirma que buena parte de las vías del departamento fueron construidas por los algodoneros.

Pero como todo lo bueno acaba pronto, para 1985, a 25 años del inicio de la bonanza, en lugar del característico fausto de las familias algodoneras y del derroche que se había generalizado a lo largo y ancho de la región, la quiebra cobró su turno. El desgaste de los suelos, la caída de los precios internacionales, las lluvias en épocas de sequía o viceversa, la escasez en el mercado de plaguicidas, la desfavorable oferta de algodón subsidiado por Estados Unidos, la inconveniente tasa de cambio y la ausencia de un fondo de estabilización de precios, dieron al traste con la actividad llevando hasta el desespero y la depresión a estos algodoneros que por tan poco tiempo tocaron con sus manos el cielo.

La quiebra evidenció un hecho importante: la incapacidad de sus líderes para hacer frente a la crisis. Buena parte de los algodoneros eran jóvenes entusiastas que abandonaron los estudios escolares o la educación universitaria obnubilados por el dinero fácil del algodón. Porque en realidad se trataba de dinero rápido, legal, es cierto, pero al mismo tiempo fácil: se dice que en tiempos de auge sólo era necesario presentar la cédula para lograr una buena financiación bancaria. Teniendo en cuenta que la cosecha del algodón dura cuatro meses desde la siembra y la recogida, y que los márgenes de ganancia podían ser el triple de lo invertido, se puede afirmar que, amén de la bonanza, durante esos 25 años la juventud cesarense afianzó la cultura nacional de poco trabajo a cambio de grandes remuneraciones.

Manuel Germán Cuello, líder gremial del sector algodonero que fue Gobernador del Cesar, afirma en sus Memorias que no todo fueron pérdidas, y enumera los logros: "El Cesar se convirtió en departamento, la población se triplicó, se instalaron en Valledupar todas las instituciones financieras, floreció el comercio, surgió una clase empresarial, se modernizó el agro, apareció una moderna clase media, se tuvo acceso a los centros de poder del Estado nacional y se democratizó la posesión de la tierra, pues quienes la arrendaban solían comprarla luego de unas cuantas cosechas".

La tierra del olvido

Pero después de la quiebra se vino abajo este intento de democratización de la tierra originando un retroceso a los hábitos rurales como la ganadería extensiva y con ello a la "relatifundización" que sirvió como pretexto para la aparición de la guerrilla primero y, una década después, del paramilitarismo.

Valledupar es una tierra rica en aguas, aguas frías, aguas cristalinas que descienden de la Sierra Nevada de Santa Marta. Desde su fundación en 1550 hasta 1967 permaneció prácticamente aislada del resto del país. La poca comunicación se conservaba con Santa Marta, capital del departamento del cual hacía parte, y con Riohacha a través de la carretera iniciada en 1922, cuando Laureano Gómez era ministro de Obras Públicas, y concluida bajo la Presidencia de López Pumarejo, hijo de Rosario Pumarejo Cote oriunda de la ciudad. Hasta 1970 tan sólo dos vallenatos ocuparon posiciones de importancia a nivel regional o nacional: Ciro Pupo Martínez, que fue Gobernador de Magdalena, y Pedro Castro Monsalvo, dos veces ministro de Estado y, a la sazón, el mayor mandacallar de la región.

Curiosamente, Castro Monsalvo fue de los pocos vallenatos que se opuso a la creación del departamento del Cesar. Ocurrió a mediados de la década del 60, cuando un puñado de jóvenes inteligentes y fogosos se permitieron soñar dividiendo lo poco que quedaba del antiguo departamento de Magdalena luego de que un par de años atrás La Guajira ya había armado toldo aparte. (Una de las razones de esta separación fue la creciente corrupción de la clase dirigente samaria. Por desgracia, esta descomposición es cada vez más notoria a escala nacional y el Cesar no es la excepción).

La creación del Cesar llenó de ilusiones a los vallenatos. Nunca como entonces el pueblo estuvo tan unido, esperanzado en su futuro y con fervientes ambiciones por salir adelante, por mostrar su cultura y hacerse sentir en toda Colombia. Ahora bien, el algodón trajo riqueza pero también una inmensa población de aluvión: demasiadas familias de los municipios circunvecinos hicieron del Valle su propio pueblo. Guardadas las proporciones, suelo comparar a mi ciudad con Sao Paulo, la gigante brasileña que pasó de tener 300.000 habitantes en 1905 a 25 millones en 2005: en menos de 60 años, Valledupar pasó de 10.000 habitantes en 1939 a soportar casi 400.000 personas hoy día. Y eso de que la población se desborde en pocos años acarrea serios problemas: crece el desempleo, escasean los casi inexistentes servicios públicos, aumenta la indigencia en las calles, aparecen problemas urbanos como la drogadicción, se estrecha la ciudad.

Fue este el contexto en que apareció Ricardo Palmera Pineda, hijo de Ovidio Palmera Baquero, uno de los abogados más prestigiosos de la antigua Provincia de Padilla, conocido como "La conciencia jurídica del Cesar". De familia de gran prosapia pero de medianos recursos económicos, Ricardo nació en Bogotá, al igual que sus tres hermanos de padre y madre. Estudió en el Colegio Helvetia, que era uno de los de más caché del momento, hasta que marchó a la Escuela Naval en Cartagena en la que sobrevivió unos cuantos meses porque, curiosamente, no aguantó la disciplina castrense. Vivió un tiempo en Valledupar, donde se graduó como bachiller en el Loperena, y regresó a Bogotá a estudiar Economía en la Tadeo Lozano.

Hasta el momento, nunca antes mostró interés por la política o las injusticias sociales. Pero de regreso a Valledupar se internó en los barrios populares inquieto por los problemas del pueblo raso. A su juicio, la problemática radicaba en el deterioro de los valores éticos, la concentración de la tierra en pocas manos, la valoración personal a partir de la cantidad de tierras o ganado, el atraso social y moral de la ciudad, la ausencia de valores y creencias propias de la modernidad y, especialmente, la laxitud frente a comportamientos delincuenciales. Decía, por ejemplo, que cuando los delitos son cometidos por amigos o familiares todo está atenuado o permitido. Veía también que la sociedad vallenata es excluyente, al igual que en el resto de Colombia; que abrirse paso honestamente no es tan fácil cuando alguien se atreve a pisar los callos del establecimiento; que a pesar de la Revolución Francesa, en Valledupar todavía no se ha descubierto al individuo, y que todo se explica a partir de la familia a la que se pertenece. Lo dicho: igual que en el resto de Colombia.

Junto con un puñado de amigos creó un movimiento que luchaba "contra el dominio de los grupos políticos familiares, gamonales, terratenientes y politiqueros; contra la corrupción y la ineficiencia administrativa; contra la compra del voto, la manipulación electoral y el tráfico de influencias", según consta en el manifiesto repartido en la ciudad el 28 de mayo de 1985, cuando el grupo político se dio a conocer con el nombre Causa Común, el mismo que más adelante coquetearía con la Unión Patriótica en épocas de los diálogos de paz de Belisario. Pocos son los integrantes de ese grupo que sobreviven, la mayoría exiliados en Europa o en la cárcel, como es el caso de Simón Trinidad. El resto fue silenciado dentro del plan de exterminio conocido como "El baile rojo", de quienes no admiten la diferencia ni, mucho menos, contradictores.

Hay quienes creen que el error de Palmera no fue perderse en el monte, ni mucho menos empuñar las armas, secuestrar, extorsionar, masacrar. Para muchos, lo que la sociedad vallenata todavía no le perdona fue haber traicionado a su clase social, haberse pasado al bando contrario, haber luchado como "un pobre resentido" teniendo en su haber todo lo que las buenas maneras guardan: posición, trabajo, prestigio, prosapia, pedigrí, raza, casta y hasta belleza.

Una ciudad amordazada

Rodrigo Tovar Pupo, hoy Jorge 40, admite que a Palmera se le cerraron las puertas en la ciudad. Por eso marchó al monte la noche del 5 de diciembre de 1987, una semana después de que comenzara en la región la ola de secuestros que aún no termina. El primero fue el 29 de noviembre de 1987, cuando el notario Jaime Dangond Ovalle fue retenido a la entrada de su finca Buenos Aires por el frente 6 de diciembre del Eln. A partir de ese momento, todas las familias vallenatas tienen para contar una historia de su encuentro con la violencia. Nadie se salvó de esta tragedia, bien sea por culpa de los guerrilleros, bien sea por el paso de los paramilitares y, en algunos casos, hasta por la visita de ambos. No se salvaron ni las pobres vacas con sus miradas de tristeza atávica: las quemaban vivas, cual si fuesen la mismísima Juana de Arco.

Sucedió que Dios se fue de Valledupar, digamos parafraseando a Bruce Willis en Lágrimas de sol, y la gente comenzó a sentir miedo. Miedo de verdá verdá. Terror. Pavor. Pánico. Todo esto producto de la desconfianza, de la sospecha que invadió a la ciudad del timbo al tambo: se hablaba sin hablar, a medias frases, en entreoías. Tan amigos que fueron desde tiempos de La Loperena, de un momento a otro y en adelante nadie confió a plenitud en el otro: cualquiera podía ser un infiltrado de los guerrilleros o de los paracos. Y si durante el gobierno de la guerrilla fueron las familias pudientes las que se enclaustraron en sus viviendas, durante el imperio paramilitar sucedió igual cosa en los barrios populares. Ahora toda la ciudad estaba intimidada y en cualquier paraje se escuchaban historias de muertes, de asesinatos, de masacres, de limpiezas sociales, de secuestros, de extorsión, de abigeato.

Los paramilitares aparecieron a finales de los 90. Surgieron igual que en el resto de Colombia: cada familia vallenata que había sido violentada por la guerrilla, o temía serlo, acudió en masa al Ejército buscando protección. "Los militares dijeron que ellos no estaban para resguardar las propiedades de unos cuantos ricos y por tanto no podían garantizar nuestras vidas. Era como si habláramos en sordina", me contó un paisano que pidió reserva porque años atrás marchó al monte junto a quien luego se convertiría en Jorge 40. El mismo 40 me dijo que fueron los propios militares quienes incitaron a los civiles a agruparse como autodefensas. "Tienen que aprender a defenderse", pidieron a todos aquellos que acudieron en su auxilio.

De tanto quejarse con los amigos sin encontrar ninguna respuesta, pronto en otras ciudades se conoció la inconformidad de Tovar Pupo. Cierto día, estando en casa con su familia, recibió la llamada de un amigo. Le dijo que "alguien" (lo dijo así, callando el nombre) lo esperaba esa tarde en una habitación del Hotel Sicarare. Desconociendo lo que le esperaba se presentó puntual a la cita. El hombre que salió a recibirlo se llamaba Salvatore Mancuso y estaba organizando en el Cesar a un grupo de autodefensas similar al que comandaba en su departamento cordobés. Hablaron largo rato, pero Tovar le aseguró que él no era la persona que estaba buscando. "No me sentía capaz de irme al monte. Tenía mi mujer, tres hijos por quienes responder, y una educación con férreos principios morales que lo impedían", me confió en su celda. En más de una ocasión, adicional a esa reunión en el Sicarare, Mancuso le insistió para que lo acompañara en su lucha contra la guerrilla. Todas las veces Tovar Pupo contestó lo mismo: "No soy su hombre". Pero algo sucedió en el camino: "Un día regresé a mi casa antes del mediodía -habla 40 a nombre de Tovar- y me encontré con la noticia de que a mis tres hijos los habían devuelto del colegio porque llevaban cinco meses sin pagar la pensión, cuando resulta que buena parte de mi presupuesto mensual se me iba en pagar la vacuna a los guerrilleros".

Entonces Tovar se internó en la sierra montado sobre los hombros de quienes temían perder feudos o privilegios. Muchos de ellos son hoy día los testaferros de los jefes paramilitares, pero la mayoría permanece silenciosa ante los actuales acontecimientos nacionales o, igual que los homosexuales que se avergüenzan de su condición, azuzan con saña a quienes dan la cara antes de que la sociedad vaya a pensar que alguna vez hicieron parte del mismo contubernio.

En épocas de escándalo, ¿por qué nadie habla, nadie acusa a estas augustas y provectas familias que cabalgaron sobre el poder de los paracos para rehacer sus fortunas, y con ello su "respetabilidad"? ¿Son ellos menos asesinos que quien efectivamente tiró del gatillo? ¿Sólo son paramilitares los que se fueron al monte y hoy están en la cárcel? ¿Será que quienes habitan hoy en Itagüí expían la culpa de buena parte de una sociedad -no la vallenata sino la colombiana- que prefirió cerrar los ojos ante la realidad por cobardía, conveniencia o conformismo?

A espaldas del mundo

Y mientras esto ocurría, en el interior del país nadie lo sabía. "Me decía Elisa Castro que no había visto en la prensa bogotana ninguna noticia sobre mi secuestro y estuvimos de acuerdo en que ese es el tratamiento que la gente de la capital da a todos los acontecimientos de provincia", escribió en sus Memorias Jaime Dangond Ovalle, el primer secuestrado de la región. Pero su queja no es aislada. Parece un coro de plañideras, pero el llanto es macabro: la mayoría de quienes fueron secuestrados aseguran que "en el resto del país nunca se enteraron de lo ocurrido en estas tierras".

Lo cierto es que ahora mi ciudad está en el ojo del huracán. Valledupar, otrora amada y admiraba por su cultura y su folclor, por la nobleza y generosidad de su gente, es hoy repudiada y estigmatizada con términos como corrupción y paramilitarismo. De repente, la prensa nacional se preocupa in extenso por mi tierra, lo cual agradezco siempre y cuando la información no sea desmedida o politizada, porque con frecuencia se percibe en algunos medios y columnistas más un manejo politiquero y oportunista, muchas veces inspirado en rencillas familiares o personales o en la simple lucha por el poder, que la búsqueda de la verdad, la profundización de la democracia y el fortalecimiento de las instituciones, que es a lo que deberíamos aspirar. De hecho, veo con preocupación a muchos periodistas que aprovechan la debilidad ancestral del Estado para fungir como jueces, arrastrando su propia sentencia condenatoria hasta la opinión pública. 

Me preocupa por igual, que el énfasis en la tragedia de una sola región no sea más que una cortina de humo para ocultar lo que ha sucedido en otras ciudades, incluyendo a Bogotá. Lo que aquí cuento sucedió no sólo en la Costa Caribe, sino también en Antioquia, el Eje Cafetero, Valle del Cauca, Cundinamarca, los Llanos, y en toda la inexpugnable región que antes se conocía despectivamente como "territorios nacionales". La subversión, la violencia, la corrupción, el terrorismo, son problemas nacionales y como tales hay que abordarlos pensando en el bien de todos los colombianos, especialmente en lo que atañe a la justicia y a la reparación de las victimas o de sus familias.  

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.