'Gabo' y la literatura

'Gabo' y la literatura

Por la escritora Piedad Bonnett

23 de febrero 2007 , 12:00 a.m.

NACIMIENTO Y CLAUSURA DEL REALISMO MÁGICO

CUANDO EN 1967 García Márquez publicó Cien años de soledad, un sentimiento de admiración estremeció a los lectores en lengua castellana. La novela ofrecía recompensas para el más amplio de los públicos: los que buscan en la literatura ante todo regocijo y entretenimiento, se desternillaron de la risa con sus ocurrencias; y aquellos que bucean de manera más honda, rápidamente comprendieron que no sólo estaban ante una obra que abarcaba todos los tintes de las pasiones humanas, sino ante una de las más originales y poéticas recreaciones de la historia de Colombia y América Latina.

Cuando los críticos le preguntaron al autor de dónde había sacado aquella forma hiperbólica de narrar, apuntalada en una visión mágica del mundo, García Márquez contestó, entre otras cosas, que había apelado al tono con el que una tía suya había afirmado alguna vez, sin que se le moviera una pestaña, que el huevo con una protuberancia que habían encontrado los vecinos era un huevo de basilisco. Tal explicación, sin duda parcialmente cierta, no debe engañarnos.  García Márquez, que siempre ha tenido inmensa conciencia de la tradición literaria a la que pertenece, pero también un gran sentido del humor, reducía a anécdota una compleja elección literaria; lo que acababa de hacer en Cien años de soledad -valerse de lo mítico y mágico para lograr una visión popular de los hechos- equivalía a llevar hasta sus últimas consecuencias el postulado de Carpentier, quien en el prólogo a su novela El reino de este mundo, publicada en 1949, había preguntado, de forma retórica: "¿Pero qué es la historia de América toda sino una crónica de lo real maravilloso?

Los lectores que desconocían la trayectoria de su autor se encontraron, además, con que a sus 40 años éste tenía ya una sólida y variada obra que permitía considerarlo una gran figura de las letras hispanoamericanas. Consolidar esa obra no había sido fácil, pues a menudo el camino había estado empedrado de dificultades económicas e incertidumbres. Pero su decidida vocación de escritor, unida a su monstruoso talento y a una tenacidad implacable, habían hecho saltar en pedazos, uno a uno, todos los obstáculos.

Algunos escritores ubican el origen de su vocación en largas reclusiones por enfermedad; en el caso de García Márquez, uno está tentado a afirmar que fue el desapacible internado de Zipaquirá donde vivió su adolescencia el que permitió que la literatura le pegara un revolcón del cual no habría de salir indemne ("aquel colegio era un castigo y aquel pueblo helado una injusticia", dijo alguna vez). Fueron las novelas de Verne y Salgari las que en primera instancia atenuaron su soledad y descontento; más tarde leería, como tantos lectores de su generación, a autores como Víctor Hugo, Thomas Mann, Flaubert, Tolstoi, Dostoievski. Y siempre poesía, mucha buena y mala poesía. Pero, como es sabido, fue Kafka el que definió en él el deseo de ser novelista: "Cuando yo leí a los 17 años La metamorfosis -le dice a Plinio Apuleyo Mendoza- descubrí que iba a ser escritor. Al ver que Gregorio Samsa podía despertarse una mañana convertido en un gigantesco escarabajo, me dije: "Yo no sabía que esto era posible hacerlo. Pero si es así, escribir me interesa". En las páginas del escritor checo, García Márquez había descubierto ya, sin saberlo, el principio del realismo mágico, que permite que lo fantástico conviva, de modo enteramente natural, con los hechos de la realidad cotidiana, iluminándolos. Pero faltaban aún muchos años de aprendizaje y reflexión para ponerlo al servicio de sus propios intereses.

Estos tenían que ver, ante todo, con su infancia, tan rodeada de supersticiones, que su abuela le advertía que si después de las seis deambulaba por las habitaciones, corría el riesgo de encontrarse con los fantasmas de sus tíos muertos. Quería narrarla en una novela que partiera de la imagen de gran casa en la que convivió con sus abuelos y un enjambre de mujeres extravagantes cargadas de historias y creencias mágicas. Allí cabrían dos grandes temas: las guerras civiles, contadas por don Nicolás Ricardo Márquez, su abuelo, y la denuncia de la matanza de las bananeras, de la que oyó hablar durante toda la niñez. Pero cuando, alejado ya definitivamente de las aulas universitarias y refugiado transitoriamente en el periodismo -que le permitía, al menos, sobrevivir escribiendo- decidió emprender su proyecto, comprendió, según confesión hecha a Mario Vargas Llosa, "que no podía con el paquete": tenía las ideas, las historias y las ganas, pero le faltaban aún destrezas y conocimiento de las técnicas narrativas. Se dedicó entonces, guiado por Ramón Vinyes y sus amigos de La Cueva, a leer a los grandes novelistas de la vanguardia anglosajona -Faulkner, Virginia Woolf, Joyce-; pero no de manera inocente, sino con una pasión minuciosa que intentaba desentrañar los mecanismos de sus obras, a reconocer sus estrategias narrativas. Aquellas que, según ha afirmado él mismo, solo aprende un escritor en su juventud.

Ante la imposibilidad de asumir de una sola vez su ambicioso proyecto, debió resignarse a ir exorcizando sus fantasmas poco a poco, en narraciones que configuraron un universo cada vez más amplio y coherente. Lo perseguían ya ciertas obsesiones: mostrar las plantaciones de banano, nombrar los almendros y los alcaravanes, hacer trepidar el tren amarillo; parodiar el diluvio -el mismo que en Cien años de soledad dura, en hipérbole suprema, cuatro años, once meses y dos días-: lo hizo en Isabel viendo llover en Macondo. Pintar la gran casa, motivo que lo perseguirá siempre (en El Otoño del patriarca llegará a ser un palacete recorrido por leprosos y concubinas): la entronizó en La hojarasca, en cuyas páginas aparece también un coronel que anticipa los muchos militares, conmovedores, patéticos o terribles que pueblan algunas de sus novelas.

Si algo causa admiración al echar un vistazo al conjunto de su numerosa obra, es la capacidad asombrosa que, desde entonces, ha tenido García Márquez para reinventarse. Por eso resulta una simplificación que se lo clasifique exclusivamente, como suele hacerse, como un autor del realismo mágico, ya que, más allá de sus crónicas periodísticas, su escritura se abre, como mínimo, en dos vertientes casi antagónicas. Al lado de las ficciones desbordadas y tumultuosas, en las que una muchacha puede elevarse al cielo en cuerpo y alma o los gringos no tienen problema en robarse el mar, están los relatos realistas, de lenguaje austero y poesía contenida, donde cuenta historias con un rigor y una economía verbal extremos, los mismos que aprendió del mejor periodismo; de esta forma están escritas novelas tan redondas y conmovedoras como El coronel no tiene quien le escriba, y Crónica de una muerte anunciada. En un punto intermedio entre esos dos estilos extremos, el del realismo objetivo y el del realismo mágico, podrían inscribirse algunas otras obras suyas, como La mala hora o El amor en los tiempos del cólera, tan complejas y sugerentes como la mayoría.

No en vano Vargas Llosa habló de García Márquez como de un deicida. Erigido en un pequeño dios, nuestro narrador creó un universo total -con su geografía, su historia, su inmenso repertorio de personajes que resume lo más esencial de lo humano- y del mismo modo, lo clausuró. A todos nos queda claro que su lenguaje, su visión de mundo, su humor hiperbólico, son inimitables. Y que, después de él, es imposible que el realismo mágico tenga una segunda oportunidad sobre la tierra.

 

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