35 obras no figurativas del pintor Armando Villegas se presentan en el MamBo

35 obras no figurativas del pintor Armando Villegas se presentan en el MamBo

Luego de años de pintar sus figuras fantásticas, el artista colombo-peruano deja lo figurativo y retorna a lo que hizo en sus primeros años.

21 de febrero 2007 , 12:00 a.m.

El taller de este artista es el de un adicto al arte. De alto tiene casi dos pisos y lo corona un domo por donde la luz entra sin rodeos. Es amplio como una bodega, pero se ve abigarrado por los estantes repletos de pinturas, esculturas, máscaras, piedras pintadas, bustos, pinceles, escuadras...

Un tríptico suyo del tamaño de toda una pared reina en ese lugar, en el que él es súbdito del arte. Un destino que eligió muy joven y que hoy sigue, casi a los 80 años. El mismo que lo ha llevado por caminos empinados hacia la cima y a tener caídas súbitas.

Ahora, 35 de sus cuadros abstractos están en el Museo de Arte Moderno de Bogotá (MamBo), en una exposición curada por María Elvira Ardila que, dando fe de su obra, lo describe como "uno de los artistas más controversiales de la historia del arte moderno colombiano".

Villegas nació en Perú, pero dice que se siente de aquí. Vendiendo paisajes de la sabana de Bogotá se ayudó mientras estudiaba con una beca en la Universidad Nacional. Salido de allí, la abstracción lo hizo ascender junto con varios de su generación, como Botero y Ramírez Villamizar. Estuvo entre los mejores de la entonces vanguardia.

"Tuve mucha acogida y también en el mercado -dice Villegas- pero un día me fatigué. Tenía historias que contar sobre los mitos, la magia andina, el sincretismo entre lo español y lo precolombino. Tenía recursos técnicos para hacer lo que quería y apareció el realismo fantástico, personajes imaginados que aquí llamaron, despectivamente, 'soldados'".

Pero, cuenta Ardila, el artista recibió una crítica funesta. Él va más lejos y dice, no sin un dejo de indignación, que lo arrinconaron. Con la gente del común pasó al revés. No solo vendía bien sino que lo copiaban en cantidades alarmantes. Lo primero, no le importó mucho y siguió en lo suyo.

Con el orgullo del que ama su oficio sostiene que pinta todos los días. Y no es difícil de creer que cada día se para frente a su caballete español rodeado de tubos de pintura a medio exprimir.

El taller evidencia que no puede quedarse quieto. A la vez que pinta en su tela importada y casi tiesa por la preparación que le hace, crea máscaras con tubos de óleo gastados y hasta emplea los trapos donde limpia los pinceles para pintar en ellos.

"Eso me quedó de mi época de juventud, cuando no tenía para comprar materiales y utilizaba lo que podía", dice.

Pero la exposición del MamBo -no se olvide- es de obra abstracta. ¿Es obra antigua? No toda, casi la mitad es lo que ha hecho desde el año 2000: "Entré en una fatiga con los personajes mitológicos. Entonces empecé a explorar y surgieron temas abstractos, conceptos contemporáneos", dice. Y, como si no tuviera más remedio, tal vez no lo tiene, cambió otra vez y se puso a pintarlos.

DIEGO GUERRERO
REDACTOR DE EL TIEMPO

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