Así se vive una jornada de trabajo en el socavón de una mina, en Motavita (Boyacá)

Así se vive una jornada de trabajo en el socavón de una mina, en Motavita (Boyacá)

Un reportero de EL TIEMPO vivió, durante cuatro horas, los peligros del oficio. Los trabajadores van y vienen por las entrañas de la tierra sin guantes, tapabocas o zapatos apropiados. Crónica.

10 de febrero 2007 , 12:00 a.m.

Aunque quise, no me parecía ni cinco a un minero. Y no era el miedo de viajar al centro de la tierra lo que hacía la diferencia. En ese turno, el de las 3 de la tarde, yo era el único sin casco.

Los demás trabajadores de la mina de carbón, una que elegí al azar en Motavita (Boyacá), lo tenían porque lo habían comprado ellos mismos.

Eso sí, solo el casco. Casi ninguno llevaba botas punta de acero, overol, tapabocas o guantes, como lo exige la Ley.

Iluminados solo por la lámpara de Élmer Rodríguez, un minero de 24 años, empezamos a bajar lentamente, encorvados, cuidando la cabeza de los maderos que sostienen el túnel, que no alcanza el metro con 60 centímetros de alto.

Al fondo nos encontramos con dos hermanos: Plutarco y José Isidro Jaime Cárdenas. Ambos buscaban la veta a punta de picar y picar. El ejercicio y la estrechez del socavón, de menos de dos metros de ancho, los había obligado a trabajar sin camiseta. El bombillo solo disipaba la penumbra un metro y medio a la redonda.

Estaba 50 metros bajo tierra, sintiendo la humedad en la nariz. Entonces vino una enorme satisfacción de estar vivo, aunque fuera en lo más parecido a una tumba. En ese lugar se pierde la noción del tiempo y del espacio. Estuve algo más de 4 horas viendo roca al frente, arriba y abajo.

Los hermanos y los demás trabajaban en silencio. Nadie hablaba del accidente del martes pasado en Gámeza, otro pueblo boyacense, en el que una acumulación de gases acabó con la vida de 8 conocidos.

Sobre eso, el coordinador de la Regional del Ingeominas en Boyacá, Rafael García Molano, me confirmó que los mineros que murieron el martes en Gámeza sólo tenían cascos como elementos de protección. Igual que la mayoría de trabajadores que tenía junto.

Y días antes de esa tragedia, otra explosión sepultó para siempre a 32 mineros en Sardinata, Norte de Santander. Entonces pregunté. ¿Hay gas metano en esta mina? Uno de los 'topos' respondió que no, sin interés, moviendo la cabeza de lado a lado.

Una foto, ¿una explosión?

A mí un experto en minas me había dicho que el carbón es casi un sinónimo del gas metano. Que donde está el uno también está el otro. Que lo peligroso es la cantidad.

Él mismo me había prevenido días antes de que tomar una simple foto adentro podía significar la muerte.

"Un flashazo en presencia de gas metano puede provocar una explosión", dijo. El miedo no se me despegaba de los huesos.

Entonces, como un consuelo, apareció Ezequiel, un minero de 58 años. Empezó a explicarme que, como ese túnel era nuevo y hasta ahora abrían el sendero de la veta, no se generaban gases.

Gracias a Dios elegí esa mina, porque -según Ezequiel- en la zona se cuentan por decenas las que trabajan sin metanómetro, el aparato que se usa para medir las concentraciones de gas metano.

Pero no todo eran buenas noticias en esa explotación de carbón. Los cables de energía no estaban metidos en mangueras de caucho y el bombillo no estaba protegido para evitar chispas, como debería ser.

Además, el túnel no tiene las dimensiones que exigen las autoridades mineras (tres metros de ancho y un metro con 80 centímetros de alto) y tampoco cuenta con circuito de ventilación, es decir que no tiene otra entrada que permita que el aire recircule y desaloje los gases.

Y lo peor, no había ni remota posibilidad de una salida de emergencia. Menos, cómo saber de la presencia de otros gases, como el temido monóxido de carbono.

Más tranquilo por el diálogo con Ezequiel, me aventuré a llegar hasta donde estaba cavando Plutarco Jaime, al otro lado del carrito sobre rieles con el que los trabajadores sacan la tierra y el carbón del fondo de la mina.

El espacio entre el coche y la pared izquierda del túnel era muy estrecho. Me tocó pasar de lado y Plutarco tuvo que salirse para que yo pudiera entrar. Me había tocado el turno de extraer la tierra.

Al empezar a cavar la pared, de consistencia arcillosa y con algunas rocas de carbón incrustadas, pude comprobar que no solo el transcurrir del tiempo parecía de plomo. La pared también.

"En la mina pagan por trabajo hecho. Por cada carro de carbón que se llene uno se gana seis mil pesos", me explicó Ezequiel.

Yo no me habría ganado ni medio centavo. Fatigado tuve que entregar el pico y asumir una tarea igual de importante pero menos ruda.

Decidí entonces reemplazar a José Isidro, de 19 años que al igual que yo se iniciaba en la minería. Él tenía la función de recoger con una pala la tierra y el carbón que iba desprendiendo su hermano con el pico.

Tomé entonces una pala y empecé a cargar el coche, con capacidad para una tonelada.

Hubiese dado la vida por una gaseosa. A la quinta palada la situación había pasado del deseo a la amargura. Sudaba y el líquido más cercano estaba a algo más de cinco kilómetros desde la boca del socavón.

Los mineros están acostumbrados a no tomar nada adentro. Comen o beben cuando salen del hueco, una vez cada 4 ó 6 horas, siempre cuando el carrito está listo. Pero el carrito parecía que no se iba a llenar nunca.

Después de media hora, José Isidro terminó y entonces vino el último esfuerzo, quizá el peor, el de subir. La pendiente parecía inclinarse más y más.

El coordinador de la unidad de Salvamento Minero del Ingeominas en Nobsa (Boyacá), Sigifredo Preciado, indicó que el problema en el departamento no es únicamente que haya minería ilegal, sino que gran parte de las explotaciones no cumplen con las mínimas normas de seguridad.

"En una mina uno está expuesto a varios peligros. Pero qué le hacemos si hay que trabajar. La seguridad también depende de uno", concluyó Ezequiel cuando ya estábamos afuera.

Luego de rechazarme un sorbo de agua que le ofrecí con la mano extendida, el hombre que casi me doblaba en edad, se limpió el sudor, se despidió y se dispuso a meterse otras 4 ó 6 horas al hueco al que no quiero volver a entrar jamás.

HÉCTOR H. RODRÍGUEZ
CORRESPONSAL DE EL TIEMPO
MOTAVITA (BOYACÁ)

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