'Un vándalo frente al mosaico', palabra de presentación de Antonio García

'Un vándalo frente al mosaico', palabra de presentación de Antonio García

09 de febrero 2007 , 12:00 a.m.

Somos gregarios y existimos en el tiempo, por ello, desde que el primero de nosotros descendió de los árboles y pretendió utilizar una piedra como herramienta, la historia del Homo Sapiens no es más que un mosaico infinito de pequeñas biografías. Como en los mosaicos, a cierta distancia veremos las imágenes que componen el conjunto, pero si nos acercamos podremos ver en cada una de esas teselas, baldosines o piedras, una vida, insignificante como la que compone un fondo monocromático ¿un tendero persa de tiempos bíblicos, un amanuense anónimo del renacimiento o una prostituta que murió en Nueva York, de un infarto, en los años setenta¿ o relevante como la que hace parte de un rostro o delimita el contorno de una pupila ¿Alejandro Magno, Tchaikowski o Jack el Destripador¿ pero todas haciendo parte de ese inmenso fresco que se ha venido componiendo en el parpadeo de tiempo que hemos existido sobre la tierra. Pero los mosaicos, todos sabemos, están hechos para ser vistos desde lejos. La Historia, con mayúscula, al querer abarcar todos los sentidos posibles, se vuelve opaca, pierde la capacidad de describir, en fin, anula al hombre en función de la humanidad y naufraga en el mar del anonimato, las cifras, las estadísticas, las muchedumbres y los plurales. 

En No será la Tierra, Volpi se pregunta por los seres humanos que estuvieron cerca de los hechos que nos han afectado como especie durante buena parte del Siglo XX. La abnegada Irina Granina, bióloga soviética devenida esposa y madre de tiempo completo; su indómita hija Oksana, cantante y poeta; el errático biólogo y disidente Arkadi Granin; la idealista y activista Allison Moore; su hermana Jennifer, funcionaria eficiente y neurótica del Fondo Monetario Internacional; Jack Wells, empresario de biotecnología casado con Jennifer; mi personaje favorito: la depresiva, genial y voraz Éva Halász, que usa a los hombres como juguetes, toma prozac e inventa sofisticados programas de computador; y Yuri Mijáilovich Cherniachevski, el narrador, son los personajes que a lo largo de la novela van a responder esa pregunta por el hombre, el individuo dentro de la Historia.  

Jorge Volpi es un vándalo que llega al mosaico, mira a los lados, muy disimuladamente saca un destornillador, levanta un puñado de piezas y las remplaza con otras que trae en su bolsillo. Luego, sonriendo, se da a la huida. La Historia ya no será la misma porque el autor, como un minucioso Zelig, ha puesto a vivir a sus personajes en medio del estalinismo, la depresión del 29 en Estados Unidos, las protestas por la guerra de Vietnam, la invasión rusa a Hungría y a Afganistán, Wall Street, La Perestroika, la Caída del Muro, el fin de la Guerra Fría, el desarrollo de armas biológicas en la Unión Soviética, las investigaciones sobre inteligencia artificial, el ascenso de Yeltsin al poder, la mafia rusa, la búsqueda del genoma humano, el conflicto entre Israel y Palestina, y la explosión de Chernobil, que es el primer episodio de la novela. 

En 1950, el matemático Alan Turing propuso un test para medir el alcance de la inteligencia artificial, en la página 127 de la novela nos podemos enterar de qué se trataba «Para llevarlo a cabo se requerían tres jugadores: dos detrás de una cortina y un tercero capaz de comunicarse con ellos. Así de simple. El primer jugador debía ser una máquina y el segundo un humano. A continuación el tercero, llamado juez, podía plantearles a los otros todo tipo de preguntas, las más elevadas o las más absurdas o nimias (las respuestas debían transmitirse por escrito). Una computadora podía ser considerada inteligente si el juez no adivinaba quién era la persona y quién la máquina». Al margen de sus aplicaciones científicas, el test de Turing plantea una posibilidad perfecta de mímesis, un ejercicio en donde se resalta, sobre todo, la verosimilitud, la apariencia de verdad. 

En No será la tierra, como en un exitoso test de Turing, los personajes reales se mezclan con los ficticios de tal manera que no podemos discernir quién existió (o existe) de verdad y quién fue inventado. Además, si fuera un libro anónimo tampoco podríamos determinar de dónde es el autor, seguro pensaríamos que se trata de un ruso, o acaso norteamericano, y muy probablemente nos inclinaríamos por pensar que se trata de una mujer, pues Volpi se ha sabido meter en la piel de los personajes y ha logrado ver, desde ahí, las tranformaciones del mundo entre las primeras décadas del Siglo XX y el final del milenio.

Sin embargo Irina, Oksana, Arkadi, Allison, Jennifer, Jack, Éva y Yuri no son testigos mudos, convidados de piedra, y a propósito quiero recordar una famosa pregunta planteada en 1960 por el meteorólogo Edward Lorenz: «¿Es posible que el batir de alas de una mariposa en Brasil desencadene un tornado en Texas?» de allí viene lo que se conoce como Efecto Mariposa: ínfimos cambios dentro de un sistema que tienen repercusiones gigantescas. En No será la Tierra, los personajes son mariposas que revolotean provocando marejadas dentro de los acontecimientos que todos conocemos, pues fueron titulares de prensa y ahora están en las enciclopedias. Por ejemplo, la dictadura de Mobutu, en Zaire, pudo haberse acabado seis meses antes, pero en esa época Jennifer Moore estaba pasando por una crisis con su marido y tomaba muchos antidepresivos. Se habría podido encontrar una cura para ciertos tipos de cáncer si Jack Wells no se hubiera dedicado más a parrandear que a trabajar. Algún avance en informática pudo perderse gracias a los impulsos asesinos de Yuri Cherniachevski. Quizá Boris Yeltsin no hubiera sido presidente sin el ánimo que le dio Arkadi Granin, o si Irina le hubiera aceptado una invitación a salir, cuando el líder ruso y ella apenas eran adolescentes. Los personajes de No será la tierra encarnan el margen de error, el factor humano dentro de grandes cataclismos sociales y políticos, y por ello la lectura de esta novela es un salto constante entre la Historia, con mayúscula, y la vida privada. Se trata, al mismo tiempo, de una inmensa épica y de un relato intimista. Sus destinos serán producto de la historia mundial, pero a la vez esa Historia se verá matizada por las vidas casi anónimas que Volpi ha sabido inmiscuir en ella con pulso firme de novelista.

Por: Antonio García Ángel 

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