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Una familia chiquinquireña es la reina en el negocio de la pólvora

Una familia chiquinquireña es la reina en el negocio de la pólvora

Su incipiente y artesanal negocio forjado a pulso por el jefe de la familia creció hasta convertirse en una industria próspera: Espectáculos Pirotécnicos de Colombia (Epicol).

José Rozo es el gerente de dicha empresa, una de las más cotizadas de todo el país. Él y sus seis hermanos fueron criados en medio de pólvora, voladores y mechas, en el taller de su padre, Silvestre Rozo.

"Lo primero que me enseñó mi papá fue a elaborar los impulsores de los voladores. A medida que iba creciendo, me enseñaba otras cosas más complejas, me daba más responsabilidades", comenta José, de 40 años.

"Mi padre y mis tíos fueron los gestores de esta industria en la región. Él combinaba la agricultura con este oficio. Pero lo que más le gustaba era la pirotecnia, y eso lo heredamos. Es un gusto y una casta como la de los toreros", comenta Rozo, orgulloso de su trabajo.

Junto con sus hermanos, diseña y elabora toda suerte de atracciones pirotécnicas, que se usan en ferias de pueblo y en lanzamientos comerciales en diferentes regiones, al igual que en festivales de luces como el de Villa de Leyva, o como el realizado el fin de semana en Tunja. Castillos, voladores multicolores, bengalas, 'tortas', candelas romanas, puentes y mosaicos hacen parte de sus creaciones.

José Rozo y sus hermanos fueron a la universidad. Su padre, que en paz descanse, tal vez quería un futuro distinto al suyo. Sin embargo, todos terminaron involucrados en este universo lleno de colores y estallidos. "Quise estudiar ingeniería química, pero no pasé. Terminé como ingeniero de alimentos", comenta José Rozo, quien a punta de talento y genialidad busca convertirse en el mejor en su trabajo.

Una historia llena de explosiones, luces y castillos de colores

Cuenta la historia que un sacerdote español de apellido Castellanos, por allá a comienzos del siglo anterior, fue quien llegó a la región a enseñarle a los lugareños la fórmula mágica para lograr que el cielo se ilumine con figuras que estallan en colores.

Una familia de apellido Bautista fue la primera en aprender. Su padre, Silvestre Rozo, y su tío Jesús eran sus empleados. Sin embargo, tiempo después, abrieron toldo aparte. Cada quien creó su propio negocio, y les enseñó a sus hijos. Hoy, unos y otros, le siguen dando continuidad a esta tradición familiar, convertida en una de las empresas pirotécnicas más premiada del país.

Aunque en esta temporada tienen más trabajo que de costumbre, durante todo el año recorren el país armando castillos y creaciones que animan a grandes y chicos.

"Lo mejor de este trabajo es ver la alegría de la gente", dice José Rozo.

Adiós a la pólvora

Como consecuencia de las restricciones a la pólvora, los Rozo decidieron dedicarse exclusivamente a los espectáculos. Ya no elaboran 'pitos y buscaniguas', solo castillos o figuras.

Sin embargo, ellos son afortunados porque han logrado diversificar el negocio. "Los controles a la pólvora tienen a muchas familias aguantando hambre. Es cierto que si se manipula mal puede ser peligrosa, pero antes que prohibirla, deberían enseñar a usarla", señala José Rozo.

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