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Habitantes de veredas de San José de Apartadó recuperan sus tierras, luego de ser desplazados

Habitantes de veredas de San José de Apartadó recuperan sus tierras, luego de ser desplazados

Hay atraso y paludismo, pero también tranquilidad, en este corregimiento de Urabá. La Comunidad de Paz mantiene su asentamiento por fuera del pueblo.

Los campesinos de las 32 veredas de esta localidad tienen proyectado sembrar 1.050 nuevas hectáreas de cacao, con ayuda de diversas entidades del Estado, el próximo año.

La historia de casi todos ellos es muy parecida y está ligada al conflicto que hasta hace unos dos años libraron en estas montañas guerrilleros, paramilitares y soldados.

Los combates, las amenazas y los muertos hicieron que una parte de los pobladores se constituyeran en Comunidad de Paz y se declararan neutrales al conflicto.

Muchos otros abandonaron las veredas y el pueblo. "Hace seis años aquí no se conseguía ni una gaseosa, esto era un pueblo fantasma", dice un campesino, de botas y sombrero, que toma cerveza en uno de los casi veinte negocios que se han abierto desde abril del año pasado, en este corregimiento, ubicado a veinte minutos en carro desde Apartadó, en el Urabá antioqueño.

El renacimiento de la zona, dicen campesinos e indígenas entrevistados, comenzó con la llegada de la Policía comunitaria.

El mayor Jairo Molano, comandante de esa institución en San José, afirma que sus hombres se han dedicado a organizar brigadas de salud, juegos con niños y ancianos, gestión y coordinación para conseguir ayudas de otras entidades del Estado y del sector privado, como herramientas, ropa y materiales de construcción.

"La presencia de la Policía permite que se realicen obras como el arreglo de la carretera hasta Apartadó, capacitación por parte del Sena y las actividades de una asociación campesina que cuenta con 370 afiliados y le está apuntando a incrementar los cultivos de cacao.

Henry Uribe, gerente de la asociación, llamada Dividendos de la explotación agropecuaria de Urabá- Sociedad Agraria de transformación (Deagru-Sat) afirma que están gestionando 10 mil millones de pesos para sembrar más de mil hectáreas de cacao y quieren reactivar una planta procesadora de ese producto.

En el momento, hay sembradas unas 2.300 hectáreas de cacao. Los campesinos, además, crían gallinas y marranos y viven del cultivo de yuca, maíz, frutales y, sobre todo, aguacate, en honor al cual se realizarán las próximas fiestas, en marzo del 2006.

"La vereda ahora esta buena", dice el compañero de Franquelina. Y cuenta que durante años permanecieron resignados, esperando la muerte, cada vez que se desataban los tiroteos en medio del monte.

Ahora, sin embargo, existen otros enemigos. El paludismo es uno de ellos. En 122 muestras tomadas entre el 5 de noviembre y el 2 de diciembre pasados, aparecieron 65 personas afectadas por esa enfermedad. "A mi me ha dado tres veces", dice Sofía Úsuga, de la vereda Sunguito-La Pancha.

Los campesinos, sin embargo, reconocen la labor de los funcionarios del Instituto de Medicina Tropical, que fumigan y toman muestras todos los días en un centro de salud desmantelado y sin médicos ni enfermeras.

El otro enemigo es el atraso. Ninguna de las 32 veredas tiene energía eléctrica ni agua potable, en 19 veredas no funciona la escuela ni tienen carretera. Piden a gritos que les construyan las vías. La falta de estas implica que los campesinos deben caminar dos o más horas con sus productos agrícolas y con el mercado al hombro o en caballos. La mayoría de veredas tampoco tienen teléfono.

Aún así, más de diez campesinos entrevistados, aseguran que viven tranquilos. Ese parece ser su mayor tesoro, a juzgar por lo que dice uno de ellos: "resignados, pero tranquilos".

Jornada con el Ejército

Sudorosa y jadeante, con la piel enrojecida por los rayos del sol, apareció Franquelina Ramírez en las calles sin pavimentar de San José de Apartadó. La seguían sus dos hijas, de 8 y 11 años, y su compañero, Marcelo Santos Durango.

Habían caminado durante más de tres horas por la trocha que baja desde la vereda Bellavista. Dos días antes, un vecino les dijo que debían bajar al pueblo el sábado porque unas personas de Bogotá iban a repartir mercados.

Esas personas eran funcionarios de la Presidencia de la República y del Ministerio de Defensa. Con ellos llegó el comandante de las Fuerzas Militares, Freddy Padilla de León, algunos de sus subalternos, y varios oficiales de la Policía Nacional.

Como la noticia del mercado y de que habría fiesta se esparció por las 32 veredas del corregimiento, el pueblo se encontraba repleto de familias campesinas al mediodía del sábado anterior.

La mayoría se concentró en el parque, donde la orquesta del Ejército comenzó a interpretar vallenatos, y en la escuela, donde los funcionarios de la oficina de Acción Social organizaban la entrega de las 500 cajas con víveres.

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