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Antonio Bonamoni, sacerdote español, se convirtió en líder espiritual de los indígenas paeces

Antonio Bonamoni, sacerdote español, se convirtió en líder espiritual de los indígenas paeces

Pensó que moriría de viejo en las montañas del Cauca, pero por razones de salud, después de cumplir los 71 años, debió trasladarse a Bogotá.

Cuando el sacerdote español Antonio Bonanomi pisó por primera vez las calles sin pavimento de Toribío, en las montañas del departamento del Cauca, los indígenas paeces lo miraron con desconfianza.

A él le pareció normal. Sabía que no sería fácil ganarse el aprecio de los paeces o nasas desde el mismo instante en que aceptó ser el párroco de este municipio, que también es resguardo indígena.

Su misión, además, era reemplazar al líder y sacerdote Álvaro Ulcué Chocué, un indígena paez asesinado cuatro años antes en Santander de Quilichao. Por el crimen estuvieron señalados dos miembros de un organismo de seguridad del Estado, pero fueron liberados cuando el único testigo se retractó.

Con paciencia y el rigor de sus estudios en sociología y antropología, el padre Antonio Bonanomi comenzó la búsqueda del legado disperso que dejó su sucesor. En sus manuscritos, el padre Ulcué hablaba de un plan de vida para los nasas basado en sus tradiciones, de la importancia de sentirse orgullosos de su cultura, de crear un movimiento juvenil y de educar y capacitar a los líderes.

Entender a los nasas

Con interés inusitado, el padre Antonio, se sentaba a hablar durante noches enteras con dirigentes y ancianos indígenas.

"El primer paso era tratar de entender el pensamiento de los nasas, su relación con la tierra", recuerda ahora, casi 18 años después, el sacerdote.

Durante ese tiempo, el religioso no solo se ganó la confianza de los nasas, sino que interpretó e impulsó de tal forma las ideas del padre Ulcué Chocué, que los propios nasas lo consideraban una reencarnación de su líder político y espiritual.

Desde principios del 2006, poco después de cumplir los 71 años, un problema de circulación en sus venas y arterias, lo obligó a dejar a los paeces.

"Sentía que físicamente ya no podía dar lo que ellos esperaban", dice el religioso. Y cuenta que los médicos le prohibieron andar en su campero por las trochas, lo cual lo dejó sin el contacto con las comunidades.

Tampoco podía responder con el mismo ímpetu a las extenuantes asambleas y talleres que organizan permanentemente los nasas en medio de sus montañas.

Por eso decidió venirse para Bogotá. Cinco meses después, sentado en una oficina de la sede de su congregación, en el occidente de la ciudad, el padre Antonio hace un balance de su trabajo con los nasas cuyos proyectos han ganado dos Premios Nacionales de Paz (Proyecto Nasa y la Guardia Indígena) y un Premio internacional en Malasia por el plan de vida con el que soñó el padre Ulcué Chocué.

Desde antes de despedirse del resguardo, el religioso descubrió que el proceso había sido tan efectivo que había líderes capacitados para dirigir esos proyectos sin sus consejos.

Uno de ellos asumió la dirección del Cecidí, un centro de estudios que cuenta con secundaria y cuatro carreras universitarias, ubicado en las afueras de Toribío. Otro se puso al frente del programa de asistencia a los indígenas presos y a la creación de una política de rehabilitación acorde con su cultura.

Sin los afanes que impone una zona de conflicto (le tocaron ocho tomas de la guerrilla y la destrucción de la casa cural), el padre Antonio cuenta del dolor que le dejó la muerte de decenas de indígenas.

"Me tocó enterrar más de 150, casi todos jóvenes que se habían metido a la guerrilla y los mató el Ejército o muertos por las Farc. Me cansé de enterrar muertos", dice.

Cuenta que le duele especialmente el asesinato de 20 jóvenes paeces, alumnos suyos, masacrados en la hacienda El Nilo en diciembre del 91 y los asesinatos del dirigente de Jambaló Marden Betancurt, en el 96; de Cristóbal Secue, en el 2003 y de Aldemar Pinzón, un año después.

Desafío a superar

En opinión del padre Antonio, para sobrevivir como etnia, los nasas deben superar un inmenso desafío que él llama, 'el indio moderno'. "Existe un choque con la modernidad. El gran reto es cómo conjugar la modernidad sin traicionar la tradición, los rituales", dice.

No es fácil. En apenas 18 años los paeces perfeccionaron sus mecanismos de lucha y resistencia. Tanto, que han movilizado hasta 60 mil manifestantes durante casi una semana, en perfecto orden, tienen planes de gobierno quinquenales, han ganado las tres últimas elecciones de alcalde y están proyectando agricultura orgánica e industrial a 15 años.

"Pasaron de ser peones a ser los gobernantes" dice el padre Antonio, quien ha regresado en dos ocasiones a Toribío para hablar con los líderes paeces, de quienes admira su formación política.

Cada vez que pisa de nuevo las calles -ya pavimentadas-, de este municipio, cientos de ojos indígenas caen sobre el cura. Pero ahora lo miran como la reencarnación de su líder político y espiritual, el padre Alvaro Úlcué Chocué, de quien dicen, no morirá mientras los paeces sigan vivos.

150 muertos

"Me tocó enterrar más de 150 indígenas, casi todos jóvenes que se habían metido a la guerrilla y los mató el Ejército o los que fueron muertos por las Farc".
Padre Antonio Bonanomi, al recordar los muertos del conflicto.

JOSÉ NAVIA
EDITOR DE REPORTAJES

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