Alejandro Escobar: una voz llanera en las óperas de Turín

Alejandro Escobar: una voz llanera en las óperas de Turín

Este campeón de cuatro concursos de lírica recuerda el día en que una mujer le dijo que en 23 años de asistir a óperas, solo dos veces había llorado de emoción. El fue uno de los causantes.

28 de noviembre 2006 , 12:00 a. m.

La 'piazza' San Carlo está en pleno Centro Histórico de Turín. Allí se mueve la vida piamontesa, entre el monumento de Emanuele Filiberto, el palacio Solara del Borgo y las dos iglesias gemelas: San Carlo y Santa Cristina.

En esta plaza de 1642, desemboca un pórtico rectangular lleno de cafés, al estilo vienes, y restaurantes gourmet que preparan pasta pero en versión minimal. Este escenario es el sitio preferido de nobles, escritores y cantantes.

En medio de un calor asfixiante y bajo un sol que quema, llega Alejandro Escobar en su bicicleta de paseo, negra, y con un asiento para bebé. Se "parquea", pone cadenas y candados y se instala en el barroco café Torino.

Lleva jeans, una camisa a rayas blanca y roja, gafas y un bolso cruzado sobre el pecho. Tiene los cabellos castaños ondulados, los ojos color miel y una estupenda sonrisa. Es pequeño, mide 1,65 y para consolarse dice que "alguna vez alguien dijo no hay buen tenor que pase de 1,70".

Escobar, quien nació en Villavicencio hace 34 años, es un colombiano universal desde que ganó el concurso más prestigioso del mundo para cantantes líricos, 'Toti Dal Monte'. Además, es el único latinoamericano que "pasea" su voz en los principales teatros locales.  Se viste de conde De Almaviva para el 'Barbiere de Sevilla' o de Ernesto para la ópera 'Don Pascuale' y no tiene secretos para desnudar su alma cuando canta. No fuma, huye de los fumadores y solo come manzana porque su jugo le hace bien.

Su historia musical empezó rodeado de su familia y de innumerables primos y tíos. Se enamoró de la música llanera y quería imitar a un pariente que cantaba esas canciones. Después, la familia se mudó a Bogotá y en su memoria quedó grabado el primer día de clases en un colegio enorme y con cientos de desconocidos. A los 11 años liberó su voz y gustó. En su repertorio estaban las canciones regionales como 'Solito con las estrellas' o 'Ay mi llanura'.

Su primer trabajo fue dar serenatas para enamorados. En las noches estrelladas o frías y bajo los balcones bogotanos, su grupo de cuatro personas tocaba cinco canciones por 20 mil pesos. 

A los 20 años y mientras estudiaba en la Universidad Javeriana, se inscribió en el Conservatorio para aprender teoría. Su encuentro con la ópera llegó más tarde y el impacto fue tan grande que se prometió seguir los pasos de Luciano Pavarotti o de Plácido Domingo.

Pero el camino fue largo y difícil. Primero hizo parte del coro de la Ópera de Bogotá y un año después cantaba pequeños papeles en otros teatros.
 
Su vida hubiera continuado entre palcos nacionales si no se hubiera tropezado cara a cara con el barítono guatemalteco Luis Girón. Él le aconsejó viajar a Italia para perfeccionarse.

Rumbo a Europa

No lo pensó dos veces y con apenas 5.600 dólares en los bolsillos, se subió al primer avión con destino al 'Belpaese'. La primera parada fue París, en pleno otoño, con sus colores amarillos-marrones-narajas, y temperatura inusual. El tenor llevaba un enorme abrigo para protegerse del frío de esa estación, pero lo dejó en un basurero del aeropuerto Charles De Gaulle.

Después aterrizó en Milán, la sede de la 'Scala' y de la lírica, y ya nada fue lo mismo. No terminó como los otros inmigrantes porque la fortuna lo acompañó y su esposa lo ayudó.

Conoció a un personaje clave, Bruno Casoni, director del Teatro Reggio de Turín, que le dio una mano. Los días de Escobar se volvieron interminables. Pasaba en los trenes entre Milán, para estudiar lírica, y Turín, para trabajar

Desde el 2.000, el éxito golpea las puertas de este tenor colombiano. Ganó 4 concursos internacionales de lírica (Italia y Japón), debutó en óperas como Sonámbula y se tomó los escenarios internacionales: España, Portugal, Eslovaquia, Francia, Colombia y Ecuador. "La ópera es un todo entre teatro y música. No concibo que un cantante de ópera deje de lado el teatro. Cada vez que me subo en un escenario soy un personaje diferente", dice.

Tiene energía para interpretar papeles, crear los personajes y darles intensidad. Así lo reconoció una señora después de ver su María, en el Teatro Reggio de Turín. "Tengo 23 años de abonada a este teatro y solo dos veces me han hecho llorar. Tú, eres el segundo", le dijo.

Mientras Escobar recuerda ese episodio, sus ojos brillan y explica que las voces europeas son más agresivas, las latinoamericanas tienen más calidez y suavidad. La charla llega a su fin. El tenor camina por la 'piazza' San Carlo, se sube en su bicicleta y se aleja entre los aires de 'Rigoletto'...

Carla Maldonado
Turín

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