Alexandra Bejarano le muestra a los rusos las maravillas de la artesanía colombiana

Alexandra Bejarano le muestra a los rusos las maravillas de la artesanía colombiana

Esta mujer es una reconocida decoradora de San Petersburgo, donde se ha ganado el respeto de otros comerciantes y artesanos por su profesionalismo y pasión.

27 de noviembre 2006 , 12:00 a. m.

Alexandra Bejarano hace parte del grupo de mujeres a quienes nadie ni nada detiene, ni siquiera las montañas del Himalaya y menos la burocracia post-comunista. Quiere aprender turco y mandarín para ampliar las fronteras de su trabajo.

Llegó a San Petersburgo en 1995, graduada en historia de la Universidad de Bryn Mawr en Estados Unidos. Para ella se trataba de practicar el idioma ruso que había tomado como segundo diploma y cuarto idioma, pues no quiso dejar pasar la oportunidad de conocer el misterioso mundo detrás de la ya caída cortina de hierro.  

Inició su vida laboral en Rusia enseñando inglés en un colegio privado donde luego pasó a dirigir al American Language Center. Con la caída del rublo en 1998 y la consecuente crisis económica, se vio forzada a cambiar de actividad y se entregó a la gestión cultural. Creó la Fundación Mosty y a través de la misma, ha logrado posicionar a Colombia como un país rico en tradición cultural y como destino turístico. En abril del 2001, Colombia se lució con una muestra de cine y ese mismo año llevó a Totó la Momposina a la prestigiosa sala de conciertos Oktjarbrskaja. 

Otras realizaciones incluyen la Primera Muestra de Arquitectura Colombiana Contemporánea en la Casa de Arquitectos de San Petersburgo y en abril del 2004, llevó a cabo la exposición 'El Oro Precolombino de Colombia' asociada con la Embajada de Colombia. Para el 2007, planea la realización de una exposición de fotografía colombiana bajo el auspicio del Ministerio de Cultura de la Federación de Rusia.

De forma paralela ha continuado el desarrollo de su pasión por viajar, que ya ha conseguido convertir en su principal negocio. En el 2001 se echó al hombro un morral y se fue a caminar por el Himalaya durante varios meses, donde avanzó su interés por la fotografía y por los trabajos artesanales de los diferentes grupos étnicos, que conoció en su viaje. En el 2003, cruzó a pie la frontera entre Rusia y Georgia de camino hacia Uzbekistán y Kirgistán, una ocasión única de descubrir nuevas culturas que la impresionaron por la belleza de su artesanía.

Aprendiendo a negociar

A su regreso a San Petersburgo y con sus maletas llenas de objetos de las lejanas ex repúblicas soviéticas, redecoró su apartamento -el cual fue publicado en varias revistas rusas de decoración- con lo que adquirió el título de decoradora. Alexandra no se considera como tal, pero su estilo, que mezcla esteras de caña flecha de Córdoba, telas uzbecas y tapetes kurdos, causó sensación. El resultado final era muy bueno y del agrado de los rusos.

Pero más que fotos en revistas de moda, Alexandra quería ahora vender. Una combinación perfecta que le permitía financiar los viajes que hoy en día la llevan con regularidad a la India, Turquía, el lejano Oriente en busca de nuevos trabajos artesanales. 

No ha sido sencillo. Ella dice que a veces es más fácil importar plutonio que canastos de mimbre a Rusia, pero no se ha desmoralizado. Por el contrario, cada año, en la feria artesanal de Bogotá, con su asistente colombiano llena sus guacales con productos del Chocó, Córdoba y Sincelejo. 

A punta de experiencia ha aprendido sobre comercio internacional y su compañía "Artefakti" ha madurado junto con ella.  Su nueva sede queda a unos 200 metros del famoso museo Hermitage, en pleno centro histórico de la ciudad. Tiene aún mucho espacio para crecer y planea no solo abrir almacenes en otras ciudades sino también producir su propia línea de decoración. 

Aunque es consciente de que sus almacenes deben producir, lo que más aprecia es el encuentro con las personas y las lecciones que le dan. 

Sabe, por ejemplo, que para negociar un tapete en Asia Central debe jugar antes una partida de baggamon. Y no es porque sepa jugar bien, sino porque debe ganarse el respeto de sus proveedores, quienes consideran que el comercio es una profesión masculina. Y eso lo ha hecho demostrando que la palabra imposible no hace parte de su vocabulario. Ahora tiene otro proyecto en mente: aprender turco y mandarín, idiomas fundamentales para el desarrollo de su comercio. 

Y sin duda serán desafíos superados como cuando le dijeron que una extranjera nunca escribiría ruso. Hoy sus amigos periodistas la felicitan, por su impecable gramática.

Por Camila Morales
París
 

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