Tres mujeres cuentan cómo pasaron de ser víctimas de abuso a convertirse en criminales

Tres mujeres cuentan cómo pasaron de ser víctimas de abuso a convertirse en criminales

Una ex miembro de un grupo paramilitar, una viuda y una joven separada llegaron por diferentes caminos a la cárcel.

25 de noviembre 2006 , 12:00 a. m.

"Él pensaba que porque era una mujer no lo iba a matar", dice la joven que estuvo en un grupo paramilitar.

Para muchos es extraño en el país que una mujer llegue a cometer un crimen. Pero la participación de las mujeres en homicidios no son tan escasas como se presume.

Sobre este tema hay pocas investigaciones y el Forensis, el gran estudio de violencia, entrega datos detallados de víctimas, más no de víctimarios. Sin embargo, según datos de la Policía, la participación femenina en homicidios tiende a crecer. En el 2003, fueron capturadas 286 mujeres por homicidio; en el 2004, 348; en el 2005, 384, y en agosto de este años iban 196. Y en las cárceles del país se encuentran por homicidio 164 mujeres sindicadas y 314 condenadas.

El siquiatra Leonardo Ayala Muñoz, coordinador de la unidad
regional de Medicina Legal Bogotá, dice que la posibilidad de agredir es inherente al ser humano, independiente del género.

Y aclara que esto es más cultural. "En nuestro medio, se supone, aunque ha ido cambiando, que la mujer debe ser más pasiva, más tímida, expresar menos su agresividad, al hombre se le permite expresar más la agresividad física".

Para Ayala es claro que existe un cambio en nuestra sociedad sobre el papel de la mujer, pues así como hay mujeres ejecutivas, que antes no eran muy comunes, existen mujeres en los grupos armados. "En nuestra cultura se piensa que la mujer es la dadora de vida y que por ese motivo no podía agredir, que sería algo antinatural, por eso cuando se agrede esa norma nos horroriza, pero realmente es una determinante cultural".

'Sé que la embarré, pero no me arrepiento'

"A mi padre nunca lo conocí, me críe con mi madre y un hermano.
Solo estudié tercer año de primaria, porque mi madre no me quiso dar más estudio. Mi mamá siempre se ha dedicado a trabajar en fincas del llano, alimentando a los trabajadores.

Mi madre no deseaba un hijo y menos a una mujer. A los diez años me negoció con un finquero, que me violó. Después de eso me fui de la casa. Trabajé como niñera y de cocinera en los campamentos de coca del Guaviare.

A los 14 años volví donde mi madre, pero las cosas siguieron mal y me fui con un muchacho. Nos casamos por la iglesia. Era un buen matrimonio, un buen esposo, nunca me pegó, pero el día que cumplió los 33 años, se tomó unos tragos y le metió la moto a un carro. Mi vida volvió a ser un calvario.

Tenía 22 años, 3 hijos, una casa de estrato 3 y ninguna profesión. Me dediqué a tomar. Estuve en Alcohólicos Anónimos, en clínicas siquiátricas. Me repuse, aunque seguía tomando.

Trabajaba en un restaurante, en un billar, vendía cosméticos. Estaba en esos cuentos cuando conocí a la persona por la que estoy acá. Era un pelado, de 26 años, tenía sus atributos, pero tenía su machismo. Como siempre, al principio toda escoba nueva barre bien. Era muy pendiente de mí y de mis niños.

A los 6 meses se fue a vivir a mi casa. Pero empezaron los problemas. Llegaba donde trabajaba y me armaba show de celos. Bebía y me tocaba cubrirle las cuentas. Lo pillé en un sitio con una hembra sentada en las piernas y discutimos, pero seguimos.

Después de eso, me robó un millón ochocientos mil pesos, que eran para pagar una deuda. Él era el único que había estado en la casa. Se desapareció cuatro días y volvió. No le dije nada, se acostaba en la cama conmigo, pero yo era seria.

Una pelea en la casa

A los dos días, me había tomado unos tragos y estaba en la cocina. Era 8 de noviembre. Él llegó también tomado, faltando diez para las 8 de la noche. Estaba ofendida. Me dijo que qué hijueputas me pasaba. Le reclamé porque me había robado y le dije que se fuera. Pero me metió una palmada en la cara.

Yo le metí un puño. No sé de dónde saqué fuerzas. Pensé que se había ido, pero regresó a la cocina. Lo sentí por la espalda. Sentí como miedo, me encomendé a Dios. Me pegó y le vi un cuchillo.
Me dijo: 'Uno de los dos se tiene que morir porque una mujer no me toca la cara'.

Yo tenía una puñaleta, que siempre cargaba. Hice un movimiento y se la clavé en un costado. Después de eso me transformé, se me olvidaron mis hijos, lo golpee, quería que se muriera, perdí el control. Él cayó arrodillado. Lo cogí del cuello y le dije: 'Pues que lástima, muy salado, le tocó perder a usted'. Y lo apuñalé. Saqué fuerzas y lo tiré a la calle. Un inquilino que vivía en mi casa se dio cuenta, me dijo que qué había hecho y me hizo llevarlo a la clínica en un taxi y lo dejé allá.

Volví a la casa y al rato vino la Fiscalía y me dijeron que estaba muerto.

Ante los ojos de Dios soy consciente de que cometí un delito y tengo que pagar, porque no soy nadie para quitarle la vida a otra persona, pero por cosas de la vida pasó. Él tal vez me dio muchos motivos.

La verdad, no me arrepiento, soy conciente que la embarré, pero no me arrepiento. Me duelen mis hijos, que ya están grandes y no los he visto. Tengo que pagar 8 años en la cárcel y ya llevo cuatro".

'Él me miraba con cara de decirme, ayúdeme'

"Crecí en un pueblo de Tolima, con mi abuelita y mi papá.Mi papá me contaba que ella nunca me había querido tener y que cuando nací me entregó a él. Él arreglaba ollas a presión, licuadoras...

Mi abuela era buena, me enseñó muchos valores que la niña de hoy no los tiene. Me decía que tenía que estudiar, pero se murió cuando yo tenía 14 años. Entonces, me tocó hacerle la comida a mi papá, lavarle la ropa y estudiar.

Vivía en una casa bonita. Estudiaba en colegio privado, pero me metí a estudiar de noche y conseguí un trabajo de medio tiempo en un supermercado. Tenía platica y amiguitos. Entonces, mi papá empezó a pegarme porque dizque tenía novio. Una vez me reventó las piernas y empaqué la mejor ropa que tenía y me fui de la casa con una amiga.

Estuve con la familia de ella y después me dijo que si nos metíamos a 'paracas', que ella tenía unos amigos allá. Me daba miedo, pero me parecía como chévere y me fui.

Tenía 17 años. Nos llevaron a una escuela de entrenamiento.
Había pocas mujeres, cuando entré era flaquita. Lloraba, pero no me dejaban ir. Allá conocí a mi primer novio.

Me enseñaron a manejar armas. Llevaban a personas para matar y nos daban a tomar la sangre de muerto, para que nos acostumbráramos. Yo solo la probé así con el dedo, sabe a sangre, como la de uno. Allá se me quitó lo niña que tenía.

Cuando terminó el entrenamiento me separaron de mi novio. Nos hablamos un tiempo y después supe que lo mató la guerrilla.

A mí me dieron un fusil, me sentía chévere, pero no me imaginaba que tenía que matar a alguien. Solo vigilábamos un pueblo. Duré 9 meses patrullando y me cambié de bloque y me mandaron para Bogotá con otros muchachos.

Nos tomamos un barrio del sur, de 'ñeros, y empezamos a pedir colaboración en las tiendas, decíamos que veníamos a limpiar. Después mandaron a un comandante. Trajeron armas y escogí un revólver calibre 38.

La misión

Un día el comandante me dijo que me tocaba matar a un jíbaro. Me dieron el nombre del señor. Duré dos días esperando que me diera pata. No me dio cara y lo sacamos de la casa. Estaba un niño, una señora, un señor, había harta gente. Lo llevamos a un caño. Yo estaba con dos compañeros.

El señor me miraba. Yo no lo miraba a la cara, porque a uno le enseñan que no debe mirar a los ojos a la persona que va a matar. Pero él me miraba con esa cara de decirme ayúdeme, porque yo era la única mujer y yo no tenía cara de mala.

Los muchachos me decían, mátelo. Le hablé duro y le dije: ¡Arrodíllese! Y no lo miraba a la cara. Le disparé tres tiros en la cabeza. Yo temblaba. Me acordé de mi novio que había matado la guerrilla y me dio deseo de venganza y lo empuje hasta que cayera al caño.

Él pensó que porque era mujer no lo iba a matar. Las mujeres son un engaño para el ser humano. Ese día lloré. Me sentí remal, le pedía perdón a Dios porque mi abuela era muy católica y siempre he ido a misa. Me parecía ver a ese señor, me parecía que me decía, usted por qué me mató. Lo veía en el baño, en la cocina.

Me dijeron que le rezara al alma de él y se me pasó.

Hice otras misiones hasta que me cogieron. Las amistades me llevaron a esto, cuando uno es adolescente es muy loco. Ya tengo 22 años. Esto tiene reversa si uno se compone. Llevo dos años presa y todos los días me acuerdo de ese hombre que maté".

'No me acuerdo de nada, no sé cómo lo hice'

"Siempre viví sola con mi mamá y mis tres hermanos. Mi mamá se separó de mi papá cuando yo tenía como tres años. Mi hermana mayor es de mi mismo papá. Los otros dos son de otros papás.

Casi toda mi infancia viví en la Isla del Sol, un barrio del sur de Bogotá. Terminé todo mi bachillerato. No me gustaba mucho estudiar.

Mi mamá siempre había arrendado casas. Tenía que trabajar y nos dejaba solas.

Mi infancia fue al lado de mi hermana, mi mamá trabajaba de operaria de máquinas planas. Cuando tenía como 8 años mi mamá tenía un señor. Él esperaba a que mi mamá se fuera y golpeaba en la casa. Era como un inquilinato. Abusaba de nosotras. Eso duró un año y él nos amenazaba de que nos iba a pegar si nosotras decíamos algo. Le decía a mi hermana que mirara por la ventana, y no mirara mientras abusaba de mí.

Un día llegó a la casa, nos pegó con una chancleta y mi hermana se puso a llorar y al ver a mi hermana llorando le dije a él que no le hiciera a ella sino a mí. Mientras tanto, yo me fui a la cocina y me traje un cuchillo y me lo guardé en la media. Cuando él se montó encima mío yo se lo enterré en el brazo.

En la noche cuando llegó mi mamá le contamos y ella lo dejó y lo demandó. Siempre mi vida fue eso, donde mi mamá nos llevaba era como si fuera el muñeco de ellos, los maridos de la señora nos molestaban.

Una vez me aburrí y nos volamos uno días con una amiga. En ese tiempo yo probaba la marihuana, el basuco y el pegante. Estuve en las drogas de los 10 a los 14 años. Una vez se nos acabó la plata nos fuimos para el cartucho. Allá unos muchachos nos violaron en una residencia. Siempre mi vida ha sido así.

Por eso, en el colegio era peliona. Fui muy agresiva con mis compañeros, con las profesoras, con la directora. Decían que estaba en la etapa de ser rebelde.

Cuando terminé mi bachillerato, estaba embarazada. Me fui a vivir con el papá del niño. Era de mi edad. Viví con él cinco años, tuve tres varones y me separé.

Llegué con mis niños a la casa donde vivía mi mamá. Ella se había separado del señor con el que había tenido a mi último hermanito, pero él vivía en un cuarto arrendado en la misma casa.

Yo trabajaba en una obra de construcción. Él a veces no iba a trabajar y se quedaba en la casa y me decía cosas. Había intentado tocarme en ocasiones. Cuando estaba durmiendo entraba y me cogía las piernas. Un día me dijo que le gustaba, mucho hacía mucho tiempo, que si teníamos algo. Le dije que no porque era el papá de mi hermanito y me dijo que me daba plata para que estuviera con él. Le dije que si quería una puta que se la consiguiera en otra parte. Le conté a mi mamá eso. Ella me creyó siempre. Le dije que nos fuéramos de esa casa, pero se fue a viajar y quedamos que cuando volviera nos íbamos.

El día negro

Era el 2 de enero. En la casa había una fiesta. Él entró a mi cuarto, me cogió de la cintura y me dijo que si no iba a ser de él no iba a ser de nadie. Comenzamos a forcejear, a empujarnos. Una tía me había dejado carne y yo había entrado un cuchillo al cuarto.

Duramos como 15 minutos forcejeando. Le dije que no me molestara más porque lo iba a matar y él me dijo: 'Usted no mata ni una mosca'. Y cogí el cuchillo y no sé qué hice.

Cuando volví a reaccionar estaba esposada y le pregunté a uno del CTI qué hacía ahí y me dijo que había matado a mi padrastro.

Yo les decía que no lo había matado. Que él era el que quería hacerme daño. Cuando entré a cambiarme la ropa lo vi en el piso en un charco de sangre. Después me enteré que fueron ocho puñaladas. No recuerdo nada, todavía pienso que no sé cómo lo hice. Tenía demasiada rabia. Mi padrastro revivió todos mis momentos. Pagó los platos rotos.

Me condenaron por homicidio simple. El abogado de oficio me dijo que me declarara culpable, y yo le dije que por qué, si el culpable era él. A la final me sometí a sentencia anticipada y me condenaron a 8 años, 8 meses y 15 días. Ya llevo 17 meses en la cárcel. Calculo salir el otro año.

Lo más duro es estar lejos de mis hijos, que ya tienen 6, 5 y 3 años. Mi mamá los trae cada 15 días. Ellos piensan que esto es un colegio y me preguntan que cuándo salgo de estudiar.

Casi toda mi familia me juzgó. Mi hermano tiene 7 años, pero él no sabe que yo maté a su papá, piensa que se murió en la peluquería cuando lo estaban rasurando. A mí me gustaría que mi mamá se lo dijera ahorita, que es pequeño y lo puede asimilar más.
Ya mi mamá tiene otro marido. Mi miedo es que se repita la historia otra vez.

A veces lloro, cuando estoy demasiado deprimida. La verdad, no me siento culpable y no me atormenta. No sé por qué. Muchas amigas me preguntan que si no sueño con él, que si ni me da remordimiento. No, la verdad, no. No es un orgullo para mí decir esto, pero bacano que no me dejé destruir por eso".

LUIS ALBERTO MIÑO RUEDA
SUBEDITOR DE REPORTAJES

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