Una familia se cansó de vivir en la ciudad y se fue a una casa de papel en el Chocó

Una familia se cansó de vivir en la ciudad y se fue a una casa de papel en el Chocó

Hace cinco años, Rodrigo, su esposa y dos hijos, se aburrieron del estrés que les producía la vida citadina en Cali.

18 de noviembre 2006 , 12:00 a. m.

Apenas se fueron los encuestadores, Rodrigo, Miriam, Saúl y Pablo soltaron una carcajada cómplice.

-¿De qué material está hecha la casa?, les preguntaron los jovencitos que hacen las entrevistas del Sisbén.

-De papel con concreto, contestaron los cuatro.

Los encuestadores, anonadados porque una familia
viviera en "esas condiciones", no dudaron en ubicarlos en el nivel más bajo del Sisbén.

No les preocupó. Nadie más que ellos tenían la certeza de que en San Francisco, un poblado del Chocó bañado por el mar Caribe, viven mejor que en la ciudad de donde se fueron hace cinco años huyendo del estrés citadino y la dependencia de la tecnología.

Su casa, un 'baloncito' blanco de 24 metros cuadrados y que parece una nave espacial con escotilla en la parte superior, fue diseñada y construida por ellos mismos. Tiene 700 kilos de papel periódico, las páginas de la tesis de ingeniería eléctrica de Rodrigo y 300 kilos de arena y cemento.

No le pagan energía a nadie porque la toman del sol, cocinan en un horno solar, se inventaron una lavadora que funciona con pedales y al mes se gastan solo 2 mil pesos para pagar el acueducto veredal.

"Es una forma de vida simple en la que solo dependemos de lo que nosotros mismos creamos", dice Rodrigo Jiménez, el padre de la familia integrada por Miriam Restrepo, de 39 años; Saúl Jiménez, de 22, y Pablo Jiménez, de 13.

Tienen TV y portátil

En esa casa hecha con la estructura de un domo, que pesa solo una tonelada y se soporta en pilotes de madera con forma de tetraedro, trabajan, estudian y duermen.

Con la energía que recogen del sol, ella confecciona ropa en una máquina de coser, Rodrigo usa taladros, Saúl pinta hasta altas horas de la noche y Pablo escribe cuentos sobre peces. Y aunque están en una zona húmeda, donde las tormentas son tres veces al año y suelen dañar los aparatos eléctricos, tienen equipo de sonido, DVD, computador portátil y televisión.

Entre la venta de artesanías y los 2 mil pesos que pagan los turistas por entrar a la casa consiguen los 200 mil pesos mensuales para los alimentos, una cifra ínfima comparada con el millón 200 mil que gastaban en Cali.

La forma circular del domo les permite mirarse de frente mientras, en torno a un bombillo, leen en voz alta textos como Los Miserables.

¿Cómo hacen el amor si duermen todos ahí?, les han preguntado. Y ellos dicen con naturalidad: "¿Quién dijo que eso solo puede hacerse de noche? Si queremos estar solos existe confianza con Saúl y Pablo para que nos permitan intimidad", agregan.

Los días se les van entre mover el panel solar, calentar el agua de panela sobre el horno, cuidar la huerta de plantas medicinales, estudiar alemán, construir un velero con desechos del océano o bucear.

Una vez por semana, en equipos de dos, lavan la ropa a punta de pedal. La echan junto con agua y jabón azul (no usan detergente porque contamina más) sobre un recipiente que sellan con una tapa. Se recuestan sobre un par de sillas de madera y dan 60 pedalazos. El tanque gira y la ropa, por efecto del movimiento, se refriega.

Un accidente lo hizo decidir

El sueño de crear una vivienda ecológica venía rondando a Rodrigo. Un tarde, hace siete años en la calle quinta de Cali, un trancón lo hizo bajar de la buseta. Un anciano había sido atropellado intentando cruzar la calle.

"La muerte de ese desconocido ayudó a tomar decisiones. Lo miré y pensé: no quiero vivir en la ciudad, envejecer así, ni deseo esa vida para mis hijos", dice.

Con el aval de todos, la casa en el céntrico barrio El Porvenir se convirtió en un laboratorio donde investigaron de tecnologías, construcción, hicieron un aerogenerador y realizaron pruebas y maquetas.

Después de soportar las críticas de amigos que tildaban a la pareja de loca por apartar a sus hijos de "los beneficios de la gran ciudad", se sintieron listos. Solo faltaba que él se hiciera echar de la empresa donde era ingeniero de software.

"Éramos una familia común: un padre que trabajaba ocho horas y una esposa e hijos que lo esperaban para comer y verlo ir a dormirse muerto del cansancio. Hoy tenemos tiempo y vivimos bajo la idea de leer, investigar y hacer".

La tesis se volvió pared

Compraron un lote a 40 metros de la playa sobre una loma desde la que se divisa el mar y que habían visto en un paseo. Y con un trasteo lleno de kilos de periódico que sus mismos críticos les obsequiaron como despedida, más la tesis, llegaron en lancha a San Francisco.

La familia que no quería construir en madera causó polémica entre los nativos. A él lo apodaron 'El científico' y a Miriam le criticaban sus prácticas de Tai Chi en la playa.

Pero ninguno fue indiferente cuando comenzó a aparecer el esqueleto de la casa en macana (madera de la región), hecho al estilo de una maloka. "Venían a ver cómo fracasábamos".

Los escépticos se frotaron una y otra vez los ojos cuando el periódico se transformó en un amasijo con apariencia de albóndiga y empezó a recubrir la estructura. La tesis 'Taladro para impreso en control numérico' quedó a la izquierda de la entrada principal de la casa.

Hubo dudas y deseos de regresar, el dinero se acabó y sus amigos de Cali hicieron una 'domotón'. La casa del 'baloncito' fue estrenada con alborozo, aunque los incrédulos todavía esperan a que llueva a ver si se deshace o la tumba el viento.

Las noches en el domo

En San Francisco las noches de noviembre llegan con amagos de lluvia, los monos aulladores se van con su bulla a otro lado y el burro que ha salvado a Saúl de varias serpientes también desaparece de los alrededores.

Quedan solo 'Beto', el perro, 'Katze', la gata, las iguanas que se atraviesan en el camino a la letrina y, claro, los mosquitos. Con estos últimos la familia no pelea sino que instala toldillos para poder descansar tranquila y arrullada por el sonido de las olas.

Finalmente, la familia duerme dentro de la casa de papel como si nada le faltara. Solo sueñan con comer helado, quizá lo único que extrañan de la ciudad. Por eso, una vez el día comienza y como ya demostraron que pueden hacer lo que se les ocurra, empiezan las pruebas para construir una hielera solar.

Fabricarán un refrigerador

Tener un refrigerador solar es el último proyecto en el que está embarcada la familia. Hace poco hicieron pruebas, pero fracasaron porque un exceso de presión destruyó un empaque que necesitaban. La idea es usar también el sol para refrigerar los alimentos y para satisfacer deseos como el de comer helado.

El domo por dentro

Es una estructura de macana, papel y concreto, impermeabilizada con cemento blanco. Sin mano de obra, dice la familia, puede costar 3 millones de pesos. Y con el cableado y sistema de energía solar 12 millones. Por su forma circular el viento no la mueve.

Así funciona la lavadora de pedal

La lavadora de pedal está hecha de un tanque reciclado, dos rines y cuatro pedales. Dos personas se sientan en sillas de madera y hacen girar el tanque con la ropa y el jabón adentro. Según los cálculos de la familia, la ropa queda limpia y escurrida con 120 pedalazos. "Con dos personas producimos mil vatios, mientras que una lavadora normal 200 vatios", dice el ingeniero.

Cocinan con energía solar

La energía llega a un panel solar que mueven de acuerdo con la época del año. De ahí pasa a un equipo diseñado por ellos que la transforma y la almacena en una batería y a un suministro que la lleva a las instalaciones y cables de la casa. La cocina solar es un reflector parabólico de 2 metros cuadrados que calienta hasta 10 litros en una olla grande.

'Uno puede vivir sin embelecos'

"Uno puede ser autodidacta en lo que quiera y vivir sin embelecos. Dejé un trabajo bueno, pero quería vivir mejor. Logré vivir diferente.

Éramos una familia común: un padre que trabajaba 8 horas y una esposa e hijos que lo esperaban. Hoy pasamos más tiempo juntos", dice Jiménez.

CATALINA OQUENDO B.
ENVIADA ESPECIAL DE EL TIEMPO
SAN FRANCISCO (CHOCÓ)

diaoqu@eltiempo.com.co

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