En la tarima / La fruta prohibida

En la tarima / La fruta prohibida

Rafael H. Salamanca R.

07 de noviembre 2006 , 12:00 a. m.

El profesor Jesús Antonio Rozo y su hijo Ricardo acaban de publicar su opera prima Drogadicción, familia y escuela. Es un ágil texto para padres, profesores, alumnos y público general, muy bien editado, cuya aparición debe celebrarse. En esta lucha desigual de Los nuevos amos del mundo ( Jean Ziegler ) contra las masas consumidoras, los autores irrumpen como guerreros que enfrentan dragones.

Los seres humanos, homo consumens, compartimos con otros animales un cerebro hambriento de estímulos ( es su esencia ) y, por ello, la sed ancestral por los estimulantes. Los primates somos además curiosos, experimentadores y agresivos. La adicción a las "drogas" es, pues, una entre tantas, y como todas las adicciones, un problema a la vez cultural y biológico, químico y económico, antropológico y moral. Lo que sucede es que ha sido atizado hasta lo inimaginable en nuestra era por el milagro explosivo de la tecnología. Tecnología que es a la vez neutra y desacralizadora.

¿Se les pasó alguna vez por la cabeza a los indígenas bolivianos en sus ritos sociales que la coca era fruta demoníaca y prohibida? ¿Los monos que se embriagan con bayas fermentadas, a quién causan perjuicio? ¿Noé, qué si se emborrachaba, si era un hombre laborioso y justo? Sólo la irrupción de los mercados globalizados hizo de este fenómeno un inédito y alarmante problema de salud pública.

Como ya ha sido señalado, aquí se da una connivencia perversa entre adictos al dinero y adictos a las drogas. Mientras los traficantes sin escrúpulos buscan el beneficio económico a toda costa, los segundos buscan el placer efímero que los transporta al infierno. Los unos dependen de los otros. En ese hiato sin dolientes nos colamos los terapeutas.

Los señores del capital financiero usan de idiotas útiles a los adolescentes, a los sedientos de amor y significado, a la sociedad alienada por los valores espurios del capitalismo extremo. Y se topa apenas con la débil resistencia de unos pocos quijotes que desde la medicina, la psicología, la escuela, la propia experiencia, recogen los estragos del infame comercio. Las víctimas, pobres diablos, apenas cuentan con la ayuda de unos pocos soñadores sin recursos.

Es una lucha desigual y por eso el admirable esfuerzo de mi amigo el profesor Rozo y de su hijo Ricardo, futuro y promisorio psicólogo, debe celebrarse. Ellos combaten desde la educación. Ese es su baluarte. Ese es también el mejor momento. Gracias a ellos por su inestimable aporte.

Por Rafael H. Salamanca R., médico psiquiatra.

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