Tras diez años de la muerte de Tom Quinn y su esposa, su hija, D'arcy, los recuerda

Tras diez años de la muerte de Tom Quinn y su esposa, su hija, D'arcy, los recuerda

Tom vino a estudiar y se quedó en el país. Durante años, mostró su realidad en una de las revistas más prestigiosas del mundo.

21 de octubre 2006 , 12:00 a.m.

Hace 10 años, mis padres, Thomas y Zulma, murieron de manera absurda cuando su automóvil cayó del puente de la calle 92 con la Autopista Norte. Ese mismo que después el Distrito tumbo y volvió a construir, al encontrar que tenía fallas estructurales que habían provocado la muerte de muchas otras personas.

Mi papá fue uno de esos gringos que se enamoró de Colombia cuando pocos lo hacían. Llegó a este país a finales de los años 60 con una beca para estudiar historia latinoamericana. Conoció a una colombiana y se enamoró tanto de ella que ni la misma muerte pudo separarlos.

Fue un amor de novela. Puede sonar a cliché, pero lo fue. Mi mamá, que nunca había puesto un pie fuera del país, que vivía bajo la disciplina militar de mi abuelo, se voló de su casa para seguirlo hasta Washington. Con tan mala suerte que ese día era el 19 de abril de 1970, el mismo de las controvertidas elecciones en las que se enfrentaron Rojas Pinilla y Pastrana. Su vuelo no salió, pero ella se las arreglo para llegar a Estados Unidos, donde se casaron. Yo nací un año después.

El amor le alcanzó para seguirlo hasta El Tambo (Cauca). Allá crecimos dos de mis hermanas y yo. Durante seis años vivimos de la naturaleza, de la miel de abejas, de la mora... en fin, de lo que diera la tierra. Una tierra que daba muchas cosas, menos noticias. Aun así, mi papá se convirtió en el primer corresponsal en el Cauca de la revista Alternativa, que dirigía Enrique Santos. Me dicen que al final fue el único.

Fueron años maravillosos en ese ambiente hippie, pero cuando la familia comenzó a crecer, sus ahorros empezaron a disminuir. La guerrilla hizo lo propio y el boleteo nos obligó a salir y no regresar jamás. Ni siquiera hemos podido volver para vender la finca.Años más tarde me di cuenta de que, de alguna manera, fuimos desplazados por la violencia.

En la cárcel por un artículo

El regreso a Bogotá no fue fácil. Mi papa dictaba clases de inglés y escribía uno que otro artículo para sobrevivir mientras lograba retomar su carrera periodística. Ese día llegó cuando se convirtió en el corresponsal de la revista Time.

Arrancó con toda la fuerza. En esa búsqueda de temas novedosos e impactantes, terminó pasando 90 días en la cárcel Modelo. Con una técnica que después muchos reporteros del mundo han aplicado, se internó con un fotógrafo de la revista en las ollas de la droga bogotana y cayó en una redada de la Policía cuando simulaba ser un extranjero comprador de marihuana.

A pesar de todas las credenciales y de la confirmación de la revista sobre la intención del reportaje, las autoridades creyeron primero en la versión de los traficantes.

Tres meses después, con una gran movilización de la prensa nacional y extranjera, un juez aceptó lo que era obvio y ordenó la libertad de los periodistas. Con su capacidad para soportar las pruebas con buen ánimo, creo que supo aprovechar su experiencia de la cárcel. Pero eso sí, nunca volvió a dormir bien.

La entrevista polémica


En Time logró portadas importantes como la tragedia de Armero; el escándalo de los vínculos de un director de la Policía con el narcotráfico; la muerte de Pablo Escobar y uno de los capítulos más controversiales de su vida: la entrevista a los hermanos Miguel y Gilberto Rodríguez Orejuela.

Constantemente me pregunto qué pensaría hoy mi papá al ver a los Rodríguez negociando con el gobierno estadounidense. Lo digo porque, en 1994, fue considerado un apátrida por Estados Unidos por entrevistar a los Rodríguez Orejuela, que estaban en su lista de los más buscados.

El embajador de entonces, Myles Frechette, consideró que el deber de mi papá era denunciarlos, no entrevistarlos. Llegó a hablar con el Departamento de Estado y todo terminó con la salida de mi padre de la revista Time, después de 17 años de trabajo.

Años más tarde, la vida me permitió volver a ver al embajador Frechette, pensionado y buscando quién le hiciera una entrevista en Colombia.

Recuerdo también columnas como la de María Jimena Duzán, diciendo que Tom Quinn les había dado "título de caballeros a los Rodríguez". Hoy, reconocidos periodistas se precian de haber entrevistado a los confesos narcotraficantes.

Pero poco después, el proceso 8.000 se encargaría de disipar cualquier duda sobre la transparencia de mi padre y de mostrarle al país quiénes eran los políticos, periodistas, comentaristas, reinas, actores y policías en la nómina de los Rodríguez.

Fui a recibirlo al aeropuerto el día en que regresaba de terminar su relación con Time. No niego que estaba golpeado, pero en ese mismo tiempo aprendí otra lección de mi padre: que siempre es posible volver a empezar, volver a levantarse.

'Fuego verde'

Él encontró otra pasión: las esmeraldas. Hizo los textos del libro El maravilloso mundo de las esmeraldas y se convirtió en uno de los creadores y libretistas de Fuego verde, una serie sobre la guerra de las esmeraldas que se convirtió en uno de los programas de mayor rating en la historia de RTI Televisión.

Escribió también Colombia, un país muerto... pero de la risa. Ese era el humor de mi papa.

Paralelamente, cada domingo publicaba su columna en EL TIEMPO, en esta misma sección. Muchos recuerdan cuando trató de atravesar los vidrios de la oficina de Pacho Santos (la llamaban la pecera) o los miles de correos que llegaban por las polémicas columnas, como una que escribió afirmando que la 'Niña Mencha', la novia de Colombia, era solo una cachetona. A él le gustaba pisar callos.

Cuatro jóvenes solas

Sobre ese 20 de octubre en la madrugaba, ¿qué les digo...? Es la parte más dura. Salí en la madrugada a buscarlos con mi hermana Iris, porque era extraño que no hubieran regresado de una fiesta de RTI, y recibí una llamada. Habían sufrido un accidente. Mi mamá estaba en la clínica y mi papá había muerto instantáneamente.

Nuestra vida se paralizó y en ese momento todas sentimos que se acababa. Yo, personalmente, no me sentí capaz de superarlo.
Pero, 10 años después, aquí estamos. Muchos quizá recuerdan esa imagen desgarradora en la primera página de EL TIEMPO: los féretros de mis padres, rodeados de cuatro jovenes que se quedaban solas para enfrentar la vida.

Desde entonces, personas que no conozco se me acercan con una preocupación que siempre me parece genuina y que me preguntan qué ha sido de nosotras.

Iris terminó su carrera, se casó y ahora vive en Miami, donde trabaja en una firma de bienes raíces. Gaeleen terminó su carrera, hizo un MBA en Milán y se enamoró de un italiano, con quien se casó en diciembre pasado en Cartagena. Ahora viven en Londres.

Susi, la menor, que para entonces tenía 13 años, está estudiando diseño de interiores y espera graduarse el próximo año.

La vida nos llevó por caminos distintos, pero seguimos siendo unidas y esperamos ansiosas la Navidad o las vacaciones para reunirnos.

Se quedaron muchos proyectos, muchos libros, ideas para series de televisión. Mi papá apenas tenía 52 años y mi mamá, 46. Hubo Tom Quinn para mucho, pero había Tom Quinn para rato. Fue un periodista americano que pudo hablarle al mundo del dolor de Colombia, pero también de su risa, de su magia y de su realidad. Y en medio de ella, murió.

D'ARCY QUINN
ESPECIAL PARA EL TIEMPO

 

 

 

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