El pintor Francisco Mejía Guinand expondrá desde el 21 de septiembre en España

El pintor Francisco Mejía Guinand expondrá desde el 21 de septiembre en España

Riguroso en su oficio, prefiere ser artista a su manera, sin importar que esto le implique ir contra la corriente.

10 de septiembre 2006 , 12:00 a.m.

Una docena de bastidores, tan bien pulida que casi podría exponerse, espera colgada en el estudio de Francisco Mejía Guinand a que él decida usarla para sus pinturas.

Lo mismo le pasa a una formación de frascos de pigmentos importados de Italia. El lugar es blanco y se escucha al fondo el agua que cae de una llave a un pequeño estanque.

Junto a él unas escaleras grises y austeras, sin barandas, conducen al sitio donde cada día Mejía Guinand se enfrenta a cuadros muy grandes. Están puestos en un sistema de poleas que le permite pintar uno mientras otros se secan.

Todo está dispuesto para el óleo y la acuarela en el entorno de este arquitecto de 42 años, que a partir del 21 de septiembre expondrá 30 de sus cuadros abstractos en la Galería Gabriel Vanrell, en Palma de Mallorca (España).

Búsqueda de la belleza

Rojos o azules, los fondos llegan en capas luego de ocho o diez horas de trabajo, hecho siempre con luz natural. Después hace trazos con carboncillo. Ni se excede en la geometría ni da rienda suela al azar. Más bien busca, con calma, el punto de cada pintura.

"Mi obra es abstracta y mi anhelo es trascender por medio de la belleza. No uso la realidad para lograr la fama o la fortuna", dice.

No las busca, pero ahí le van llegando. Ya una de sus obras, que había vendido antes, fue subastada por la prestigiosa Christie's. De todos modos, en un mundo bombardeado por la desigualdad parece que la definición de lo que busca -la belleza- se ha perdido o desvalorizado.

Él la tiene clara: "Mirémoslo así: Picasso, por ejemplo, la destruyó en términos estéticos, pero fue consecuente con lo que pensaba. Ahí hay belleza. Es monstruoso el producto de alguien que hace algo en lo que no cree. Yo busco coherencia e integridad en mi lenguaje para ver la unión perfecta entre lenguaje e idea. Verdad, moral y belleza están unidos".

Suena como a un apostolado y le gusta. De hecho, en su meticulosidad para la preparación de las telas, los pigmentos, los bastidores y hasta en el tipo de pinceles que usa -no precisamente los más baratos- parece haber una rigurosidad casi religiosa.

Sabe que no inventará la pintura y lee la historia arte como quien acude a los maestros. Diseñó su apartamento con nichos donde hay decenas de esos libros. En ellos repasa lo que otros hicieron para lograr la muy esquiva belleza.

"Puede aparecer solo un momento y eso hace que la vida se vuelve buscarla y que para eso uno haga muchas obras. Tal vez no logres encontrarla y entonces queda un legado para que alguien siga", dice, como quien se sabe parte de algo que permanecerá.

¿Contracorriente? tal vez lo sea en una época en la que el arte conceptual manda y se muestran obras que parten de lo cotidiano. "El problema no es representar la realidad, sino transformarla, hacer del mundo un lugar mejor".

Así que, para colmo, es idealista. Por eso le gusta marcar su rumbo. "Estar en contra de la corriente genera una reflexión conceptual. Es fácil ir con el viento a favor, pero para que un barco se mueva hay que poner las velas contra el viento y que te lleven hacia tu norte".

DIEGO GUERRERO
REDACTOR DE EL TIEMPO

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