El Amazonas: historias de indígenas salvajes, pueblos sin ley y colombianos perdidos

El Amazonas: historias de indígenas salvajes, pueblos sin ley y colombianos perdidos

EL TIEMPO recorrió la región desde Francisco Orellana, en Ecuador, hasta Belém do Pará, en Brasil.

12 de agosto 2006 , 12:00 a. m.

"Si va para el Amazonas, tenga cuidado, que por allá hay unos indios muy peligrosos", me dice Alfonso, un telefonista del aeropuerto de Quito, donde aterrizamos un lunes en la noche. "Yo trabajé por allá, es muy bonito", prosiguió. Luego, arrancó un trozo de papel y me apuntó ARALEN. "Eso es bueno para el paludismo".

Al día siguiente, madrugamos al terminal de transporte y por 10 dólares subimos a un bus de la empresa Baños, que no tenía baño pero sí un televisor donde presentaban karate rotativo. En ocho horas bajamos de la Sierra y llegamos a Francisco Orellana, a orillas del Napo, que hace parte de la telaraña de 500 ríos que dan vida al gran Amazonas.

El pueblo lleva el nombre del explorador español que pasó por esta región en 1542 en un bergantín, que lo llevó aguas abajo a descubrir para el reino de España el río más grande del nuevo mundo, al que bautizó de las Amazonas, al enfrentarse a unas tribus de mujeres que le evocaron a las guerreras del mito griego.

El pueblo, conocido como Coca, es ahora un enclave petrolero, de 65 mil habitantes, con aeropuerto y una extraña réplica del teatro de la ópera de Sydney. Allí nos unimos a la expedición de la Organización del Tratado de Cooperación Amazónica (OTCA) que invitó a 45 jóvenes de nueve países del continente a seguir los pasos de Orellana.

Ecuador y los no contactados

El miércoles, 28 de junio, zarpamos por el río Napo, en 'La misión', un barco de hierro, de tres pisos y 36 camarotes, al mando de un joven capitán, David Escudero, que viste de blanco, como si fuera en un crucero por el Caribe, rumbo a este mágico universo, de siete millones de kilómetros cuadrados.

Dejamos atrás el pueblo bajo una llovizna, la primera de cientos que nos esperaban. A lado y lado árboles y, de vez en cuando, aparecían entre ellos, pequeñas chozas, montadas en pilotes.

Casi cinco siglos después del viaje de Orellana todo parece haber cambiado menos las historias de los indios salvajes. La nueva leyenda son los Tagaeris, un grupo nómada, de unos 300 hombres y mujeres, que atacan desde los árboles con lanzas de tres metros a todos los que osen entrar a su territorio.

El médico Jorge Garnica dice que en los últimos 20 años ha tenido que sacarles en varias ocasiones las lanzas de Tagaeris a petroleros, aserradores y religiosos. "El último caso fue hace tres meses. Eran unos taladores. Uno sobrevivió y el otro murió".

En la noche atracamos en la parroquia de Pañacocha, donde viven 300 indígenas quichuas, en casas de pilotes, y donde es normal que las mujeres paran de a 13 hijos.

Su líder, Pacífico Noteno, cuenta que el nombre de su pueblo significa laguna de pirañas, pero que ya no queda ninguna, porque los pescadores con dinamita las mataron todas. "Pobrecitas las pirañitas", dice Noteno.

En el pueblo, donde comen desde sardinas enlatadas hasta gusanos que crecen en las palmas, visten de bluyines y camisetas. "Los indígenas de la Amazonía han tenido varios procesos evangelizadores. A los quichuas los mostraban como trofeos, con saco y corbata en Quito. Algunos pueblos perdieron sus formas tradicionales de vida, pero otros como los Taromenane y los Tagaeris han resistido y por eso se llaman las tribus no contactadas", cuenta el antropólogo Marcelo Córdoba.

Al día siguiente, continuamos el viaje a 12 kilómetros por el río. El paisaje cambia. Entre los árboles se empiezan a ver campos petroleros, rodeados de mallas y vigilados por hombres armados. Son unos de los 44 campos petroleros de la región, de donde se extraen diariamente 25.000 barriles de crudo.

En el camino, aguas abajo, se encuentra Nuevo Rocafuerte, de 5.000 habitantes, donde la alcaldía es un esqueleto de cemento que se devora la manigua. Su alcalde, Franklin Cox, huyó a un pueblo vecino hace seis años, luego de una revuelta que le hicieron los trabajadores porque no les pagaban los sueldos.

"La comunidad no ha logrado que el Alcalde vuelva y aquí todo se lo está comiendo la maleza", explica Eugenio Jáuregui, un misionero capuchino español, de 44 años, que lleva 13 años en esta parte de la selva y da misas en lengua indígena. No hemos viajado ni 200 kilómetros por el río cuando encontramos la primera colombiana. En el hospital del pueblo trabaja Laura Fernández, una monja paisa, que lleva 30 años en esta tierra.

"He vivido con los huaoranis desde cuando andaban desnudos. Les enseñé a bañarse, a leer, a escribir y el evangelio. Ya hay unos muy 'civilizados' y hasta trabajan en las petroleras", comenta la monja, de 78 años.

En una casa vemos un jaguar. Era una hembra, pero de ella solo queda el cráneo y su hermosa piel, que venden a 20 dólares. En estos pueblos, ningún animal está a salvo, se comen desde los micos hasta las guacamayas.

Tras un día de historias, zarpamos hacia Perú, cruzando la frontera, cerrada en 1995, por la guerra del Cóndor. Tiempo en el que estas orillas fueron convertidas en trincheras.

Perú, entre lo exótico y el caos

El viernes atracamos en Cabo Pantoja, un caserío peruano donde viven 800 personas en casas de madera, donde ganó Ollanta Humala y la luz llega cuatro horas al día. En una loma del caserío hay una choza con un letrero: 'Planeta Noticias'. A su lado hay una vara que tiene arriba un parlante.

Éver López Guerrero, bachiller, de 23 años, es el director, periodista, locutor y técnico de la emisora, cuyo parlante tiene un alcance de unos 300 metros a la redonda y que levanta a los pobladores con las noticias de Colombia de Caracol; la música de Radio Habana, de Cuba y las consignas de Radio Martí, de Miami, que sintoniza en un potente radio, que funciona con batería de carro. "Al comienzo la gente se ponía brava con la bulla, pero después se acostumbraron. Lo que yo quiero es que el pueblo se conecte con el mundo", dice el muchacho, que transmite en directo las noticias del pueblo, por cinco Soles.

En la tarde volvemos a zarpar y navegamos dos días seguidos bajo el sol y la lluvia, que nos asalta en cualquier curva del río, por donde aparecen de vez en cuando canoas guiadas por indígenas a remo.

En el viaje se ven a veces en la selva cientos de troncos talados, como cadáveres a la espera del carro de la morgue. "El gran tesoro de esta región son los cedros rojos y la caoba, que se llevan a México, Asia y Estados Unidos. En este tráfico ilegal participan madereros colombianos", dice el ingeniero forestal Marcial Trigoso Pinedo.

En las noches nos azotan las nubes de insectos que se hipnotizan con los bombillos del barco, mientras en la penumbra se siente que miles de ojos nos miran desde las orillas.

Durante el trayecto, el Napo se encuentra con el Amazonas, que viene de Perú y el río se convierte en una gran autopista turbia, de casi dos kilómetros de ancho, con islas y playas.

El lunes, llegamos a Iquitos, la capital de la selva peruana, de casi 500 mil habitantes, a la que solo se puede llegar por río o avión.

Por sus calles ruedan, como en una película de Vietnam, unos 13 mil 'motocarros', unos carruajes de hierro para dos personas que arrastran unas ruidosas motos. Por esas mismas calles deambulan de noche las 'hamburguesas', como apodan tristemente a las niñas que se convierten en 'comida rápida' de los gringos, en busca de dólares o un viaje al exterior.

Unos metros arriba del río Itaya se ven las grandes casas, con azulejos arábicos, que diseñaron arquitectos como Eiffel, a finales del siglo XIX para los barones del caucho, mientras abajo, a las orillas, se mueve el mercado de Belén, un sitio donde se ofrecen desde piedras para afilar machetes hasta postas de Paiche, cigarros de tabaco puro y el 'Rompecalzones', un bebedizo para la impotencia hecho con hierbas de la selva.

Al lado del mercado queda la 'Venecia de Iquitos', un sector con unos 14 mil habitantes, que flota en las aguas del Itaya, por donde navega en canoa Rider, un joven de 18 años, que transporta turistas.

"Dejé el colegio y ahora solo estudio inglés, con un profesor que nos cobra 10 Soles, para entenderles a los extranjeros -dice el joven-. De noche acá es peligroso para la gente de otra parte, les roban su reloj, sus zapatos. Yo vivo con mis padres en una balsa flotante. Acá lavamos la ropa y nos bañamos en el río. El agua para cocinar toca ir a comprarla a un sitio, donde hay un tubo, por 20 céntimos el balde".

En la tarde, en un 'motocarro', volvemos al puerto y zarpamos con el ocaso. Luego de otros dos días de viaje, entre lluvias y niebla, en el que vemos a la distancia a San Pablo, el pueblo de leprosos en el que estuvo de joven el Che Guevara, llegamos a Colombia.

Colombia, la mujer del yagé

Era miércoles, el barco se amarró al puerto de Tabatinga, el pueblo brasileño fronterizo, y entramos a Leticia, de 45 mil habitantes, en un 'mototaxi'.

En las afueras, en el kilómetro 6 de la vía al aeropuerto, por donde entran de Bogotá desde los jabones hasta los helados, vive la chamán Angélica Flórez, una de las pocas que queda.

Angélica, de 64 años, que luce en sus rituales una corona de plumas de guacamayas, es una de las conocedoras del yagé, la planta sagrada de las culturas indígenas de la Amazonía, con la que se guían para conocer su futuro y curar sus enfermedades. En el patio de su casa de cemento, con cocina de madera y fogón de leña, crece su árbol de yagé, al lado del baño.

"Mi familia es de La Chorrera, pero se fueron para Perú, donde aprendí los secretos de la planta con un chamán de 150 años. Yo les doy de tomar yagé a mis hijos desde los 7 años", comenta la mujer, que tiene siete hijos, dos de los cuales siguieron sus pasos.

Dice que ha curado a muchos niños enfermos. "Hasta ahorita en mis manos no ha muerto ningún niño, ni viejo. Todos se sanan".

A Angélica van a buscarla pobladores de Leticia para que les quite la 'sal' de sus casas o para que les haga baños con hierbas para la buena suerte. "También vienen turistas que escuchan de mí, yo les doy yagé. Eso te saca todo lo que está mal".

Brasil, entre el progreso y sierra

La mañana siguiente cambiamos de barco y abordamos el Zona Franca Verde, al mando del capitán Da Silva, que viste una vieja camisa del Flamengo y que se mueve en sandalias.

En la tarde hirviente, sin nubes, zarpamos de Tabatinga en esa mole de hierro, que se mece de lado a lado, y nos adentramos en la Amazonía brasileña, tan grande, que cabe en ella toda Europa.

Los marinos brasileños llaman al río el Solimoes y solo le dicen Amazonas de Manaos hacia abajo. Esa noche caliente de infaltables mosquitos encallamos mientras dormíamos y nos tocó hacer una parada de emergencia en Sao Paulo de Olivenza, un pueblo fundado hace 127 años, donde viven ahora 28 mil habitantes, para que la tripulación arreglara el timón.

En las afueras de Olivenza, en donde se arrinconan 53 familias descendientes de antiguos indígenas de la región, Cazuza Arcayo, de 85 años, da clases en un salón sin paredes a los niños y adultos de Cocamo, su lengua nativa. "Venimos del Perú y llegamos hace tiempos aquí, cuando todo era selva, pero vinieron los hombres hablando portugués y nos hicieron sentir vergüenza de nuestra lengua -relata el viejo, que tuvo cinco hijos-. Ustedes vayan llevando el mensaje de que existe el pueblo cocama en el alto Solimoes".

En la tarde, retomamos el río y navegando a la par de los delfines rosados, llegamos dos días después a Tefé, una ciudad de 60 mil habitantes a orillas de un lago del mismo nombre, donde flotan las casas de colores.

El puerto está repleto de 'recreios', los barcos de madera en los que se viaja en hamaca, entre bultos de azúcar y cajas de cerveza, el motor de la vida en este calor. En una casa flotante de ese lago vive Ernesto Botello, un opita que compra bagre por toneladas para mandarlo a Paloquemao, en Bogotá. En Tefé permanecemos varios días oyendo historias. Nos cuentan que una Anaconda se comió a un joven pescador del pueblo, que una hace poco quemaron la alcaldía y que las niñas se van de prostitutas a los pueblos vecinos por falta de oportunidades.

El jueves volvemos a retomar el río, pero antes de zarpar nos atrapa una nube negra, que se desliza como una mancha de petróleo. Luego, un vendaval estremece el barco, rompe las cuerdas y nos envía al río antes de tiempo, mientras arrastra tejas y canoas del muelle, y las mujeres que limpian el barco rezan.

Navegamos dos horas entre la tormenta y al día siguiente amanecemos bajo un sol ardiente en Coarí, una ciudad fundada en 1759, que cuenta ahora con 85 mil habitantes.

Su historia, como la de muchos pueblos, fue construida con el sudor de los caucheros, que se iban a sacar el látex a la selva sin sueldo. Ahora, el pueblo vive una nueva bonanza por sus yacimientos de gas, que piensan llevar por un gran oleoducto a Manaos.

El sábado, de madrugada, zarpamos para navegar el último tramo por río. Los delfines nos despiden. En la tarde, el cielo se pone rojo mientras el casco rompe las oscuras aguas.

La mañana siguiente subimos por el río Negro, que parece un mar, donde navegan barcos petroleros y cargueros, yates, y hasta un hotel cinco estrellas, de cinco pisos, con ascensor, piscina y jacuzzi. En medio de ese tráfico de rascacielos flotantes se comienzan a divisar en la orilla una refinería, edificios y puentes. Es Manaos, el final de 2.944 kilómetros de viaje, de lluvias y atardeceres violeta.

La selva de cemento

Manaos, la capital del estado de Amazonas, es una gran urbe de millón y medio de personas, que hierve a 40 grados,con una carretera que comunica a Venezuela. Pasó de ser, a comienzos del siglo pasado, la capital del caucho para convertirse en un gran centro industrial de Brasil.

De esa primera época de la bonanza es el Teatro Amazonas, el puerto, el mercado Adolfo Lisboa y el cementerio Sao Joao Batista. Y de la última son los dos aeropuertos, las avenidas, los McDonalds y los Cinemark.

En las afueras de la ciudad queda la Zona Franca, desde 1967, la causante de este milagro. Es una ciudad de 10 mi kilómetros cuadrados, donde quedan 450 empresas en las que trabajan unas 105 mil personas directamente.

En esta parte del planeta se fabrican miles de motos Honda y celulares Nokia, dejando ganancias por 20 billones de dólares al año.

Mientras tanto, en el centro de Manaos, en una casa protegida con rejas de seguridad y guardias, queda el 'cuartel' de Greenpeace. "Algunos no nos quieren y estamos amenazados", dice Tatiana de Carvalho, una agrónoma del grupo.

La ONG ambiental lidera una campaña contra los cultivos de soya. Denuncia que desde el 2003 se han destruido casi 70 mil kilómetros de selva tropical para plantar 1,2 millones de hectáreas de este producto, que es utilizado para alimentar puercos y pollos en Europa. "Muchos de los cultivadores no tienen los títulos de las tierras, son ilegales. Y lo peor es que en esos sitios ya no vuelve a crecer la floresta por los agroquímicos", dice Carvalho.

Las quemas han llegado a tal punto que los investigadores de la NASA piensan que en vez de ayudar al clima, el Amazonas se convirtió en un gran emisor de carbono. Y algunos señalan a los nuevos cultivos como los culpables de la fuerte sequía del año pasado, que provocó la mortandad de millones de peces. En este dilema se mueve Brasil, mientras fabrican una moto en 20 segundos en la Zona Franca, en la selva talan un bosque del tamaño de una cancha de fútbol cada 8 segundos.

Tras recorrer por varios días los parques y calles de Manaos, el jueves volamos en un avión de la Fuerza Aérea brasileña a Belém, la capital del Estado de Pará, cerca del fin del río Amazonas, que puede tener 30 kilómetros de ancho en su encuentro con el océano Atlántico.

Belém, de millón y medio de habitantes, ubicada frente a la isla de Marajó y distante a tres días de viaje por carretera de Brasilia, cuenta con toda una tradición de artesanos de jarrones indígenas y de ofebres de piedras preciosas. En la mañana, su puerto es un gran mercado de azai, un fruto que traen de la selva, con el que hacen desde jugo hasta chocolates para exportar.

Esta esquina de Brasil es un nido de religiones, que mezclan las creencias negras e indígenas. Entre ellas está la iglesia de Tambor de Mina, que reúne princesas turcas, con chamanes indígenas y los dioses negros.

Pai Luiz, un sacerdote de esta religión, con barba de ermitaño, tiene su templo en una casa cerca del puerto. Canta al son de las tamboras y baila, rodeado de muñecas de madera y de plástico, imágenes de santos y un cráneo de vaca.

El viejo sacerdote lee el futuro en cartas y realiza limpias con tabaco. Luego de una larga conversación sobre la falta de tolerancia por las religiones de África, me entrega unos inciensos y me despide diciéndome que no será mi último viaje a Belém. Al día siguiente, el sábado 22 de julio, en una tarde soleada, despegamos en un avión de Belém, dejando atrás las lluvias del río, sus atardeceres y las historias de sus mágicos pobladores.

De misionero a 'pajarólogo'

José Álvarez, 'Pepe', un español que llegó hace 23 años a la Amazonía peruana vestido de misionero, anda desde hace 10 años en bluyines y camiseta observando pájaros en la selva.

Tras 13 años de vida religiosa se retiró. "Me gustaron más las aves y las mujeres", dice 'Pepe', quien se casó y tuvo un hijo y se dedicó a la ornitología, su pasión. En los diez años que lleva dedicado a la naturaleza ha descubierto cinco nuevas especies de aves para la ciencia mundial. Su preferida es la 'Perlita de Iquitos'. "La descubrí por el canto. Es que es muy raro. Es quizá el ave más amenazada de América, solo conocemos unos 120 individuos, que viven en una pequeña área".

TEXTO: LUIS MIÑO RUEDA FOTOS: CLAUDIA RUBIO
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