A los 80 años, Fidel Castro libra su mayor batalla: que la revolución sobreviva a su muerte

A los 80 años, Fidel Castro libra su mayor batalla: que la revolución sobreviva a su muerte

El decano de los gobernantes del mundo está de cumpleaños este domingo y, desde su lecho de enfermo, espera que Cuba, único país comunista de Occidente, continúe su legado.

11 de agosto 2006 , 12:00 a. m.

Su salida de escena y la delegación de poder a su hermano Raúl rodeado de seis figuras destacadas de su gobierno inaugura una etapa imprevisible para Cuba, entre las aspiraciones del pueblo a la apertura y un régimen a la búsqueda de un nuevo aliento, medio siglo después de instalarse en el poder en 1959.

Fidel Castro es capaz de desatar pasiones extremas. Este hombre de aplastante personalidad, admirado por algunos como símbolo de tenacidad y coraje político, es odiado por muchos otros como un testarudo dictador que desde hace 48 años controla la vida de 11 millones de cubanos e influye en la de otro millón en el exilio.

Castro, el más antiguo en el ejercicio de un gobierno -Isabel II de Inglaterra y Bhumibol Adulyadej de Tailandia son reyes-, es el único líder que conocen las últimas cuatro generaciones de cubanos, inquietos ahora ante el futuro incierto.

Las dificultades económicas y la falta de libertad marcan el fracaso del régimen, según los opositores. Pero la revolución de Castro ha resistido a 10 presidentes y 13 gobiernos estadounidenses en casi 48 años.

Los llamados internacionales en favor de la liberación de unos 330 presos políticos y de una apertura democrática en la isla, regida por un sistema unipartidista de gobierno, han caído en saco roto y la enfermedad de Castro, hasta el momento, no le hizo mella al régimen.

No obstante, la revolución pasa por una prueba histórica. Por primera vez, en noviembre de 2005, evocando su muerte, Castro reconoció la posibilidad de una autodestrucción del sistema socialista de la isla. Más aún, jamás había cedido el mando como lo hizo el 31 de julio, tras ser sometido a una compleja cirugía intestinal.

El quebranto de salud a los 80 años marca un punto de inflexión. El repentino protagonismo de Raúl Castro, hermano y relevo natural, la renovación de cuadros del Partido Comunista (PCC) indican que el engranaje de la sucesión echó a andar.

"Me han matado miles de veces"

Sobreviviente a unos 640 complots contra su vida, el octogenario líder mantuvo hasta la crisis de salud un furibundo ritmo de actividad política que ha despistado todo pronóstico acerca de cuánto tiempo más estará en el poder.

Ahora algunos analistas afirman que Castro no será el mismo de antes y no descartan que si su situación de salud deja secuelas, regrese en una función fundamentalmente honorífica.

Siempre centro de atención de los medios, causó revuelo hace apenas unos días, cuando acudió a la Cumbre del Mercosur en Córdoba (Argentina), con el despliegue de seguridad que siempre ha acompañado sus viajes por el mundo.

"Me siento muy feliz de cumplir 80 años", comentó en Córdoba. "Han tratado de matarme cientos de veces y me han matado miles de veces y uno resucita", ironizó.

Días después, en un acto en Holguín (este) recordó que en Cuba miles rebasan los 100 años. "Pero no se asusten nuestros vecinitos del norte que no estoy pensando en estar ejerciendo funciones a esa edad", dijo haciendo gala de buen humor.

Tras caer enfermo, las celebraciones de su cumpleaños quedaron postergadas para diciembre y quedó en duda su participación personal para asumir por segunda vez -la primera hace 27 años- la voz del Tercer Mundo como presidente del Movimiento de los No Alineados, en septiembre en una cumbre aún en agenda en La Habana.

Su postración también lo obligó a delegar tareas con las que está obsesionado: el despliegue de un ejército de médicos por América Latina, nuevos internacionalistas de su revolución, y la búsqueda de la "invulnerabilidad" económica del país con el ahorro energético y la guerra contra el desvío de recursos del Estado al mercado negro, vital para el diario vivir de los cubanos.

Aferrado más que nunca al socialismo, dijo recientemente sentirse "diez, veinte, tal vez cien veces más revolucionario de lo que era entonces", cuando emprendió la lucha que en 1959 lo llevó al poder para forjar una experiencia inédita en América Latina.

El genio malévolo

Hijo de un inmigrante gallego devenido terrateniente y de una humilde campesina cubana, nació el 13 de agosto de 1926 en Birán (sureste), estudió con jesuitas y se graduó de abogado en la Universidad de La Habana, donde fue moldeando su innata rebeldía.

Prendió la mecha de la revolución con el asalto al cuartel Moncada el 26 de julio de 1953 y, tras fracasar, guardar prisión y exiliarse en México, el 2 de diciembre de 1956 desembarcó en la isla para librar, con un puñado de hombres, la lucha guerrillera que puso fin a la dictadura de Fulgencio Batista el 1 de enero de 1959.

Su vida y la de la revolución son una sola. Jefe de las máximas instancias del poder político, "el Comandante", siempre vestido de traje de campaña, ha dirigido Cuba como a un gigantesco ejército siempre en batallas.

Desde la invasión en 1961 de Bahía de Cochinos por anticastristas entrenados por la CIA y la crisis de los misiles en 1962, hasta la lucha contra los ciclones, los derrochadores de electricidad y los mosquitos.

Decide lo divino y lo humano. Volcó al país de cabeza en una zafra de 10 millones de toneladas que acabó en fracaso en 1970, pero también lo llevó a ser potencia en deporte, salud y educación.

Muchos contaron los días que le quedaban a la revolución cuando el bloque socialista se derrumbó y trajo a la isla una amarga década de escasez y crisis de valores.

Pero Castro, dispuesto a pactar hasta con el mismo diablo por su revolución, apretando los dientes hizo en los años 90 hacer concesiones al capitalismo para cortar el cordón umbilical que unió a su régimen con la Unión Soviética por más de tres décadas.

Jugador de riesgo calculado a quien no gusta perder, restauró parcialmente la economía privada, abrió las puertas a la inversión y autorizó el uso del dólar.

Ahora, sin embargo, rejuvenecido con una nueva sociedad con Venezuela y China, el régimen de Castro sostiene que Cuba está saliendo del "periodo especial", augura un crecimiento de 12,5 por ciento este año y da marcha atrás.

Culpando a las reformas de haber abierto la brecha social, retomó el centralismo económico, cerró espacios a la iniciativa privada y prohibió el dólar.

De las dificultades que aún agobian a la isla sigue culpando al embargo estadounidense en vigor desde hace 45 años; mientras que la oposición acusa al sistema económico "anacrónico" y politizado, y alerta de una nueva versión de la dependencia que existió con la URSS.

Pero Castro pone oídos sordos y está empecinado en sostener la economía con la venta de servicios sociales, sobre todo médicos. De paso, propaga las ideas de la revolución. Su amigo y principal aliado Hugo Chávez lo describió así en una ocasión: "Fidel, tú eres un genio malévolo y yo soy un acaudalado petrolero".

El 'neo-castrismo'

La revolución de Castro tomó un nuevo aire. Chávez no solo ha oxigenado su gobierno con 100.000 barriles de petróleo diarios, sino también es su mejor "embajador".

A fines de 1960, el mandatario cubano comenzó a "exportar" la revolución, apoyando en secreto movimientos insurgentes latinoamericanos y con un respaldo explícito en tropas en África.

Pero el derrumbe del bloque socialista propinó también un duro golpe a las aspiraciones "internacionalistas" del régimen comunista cubano.

Ahora la coyuntura se vuelca a su favor. La llegada al poder de Chávez (Venezuela), Lula da Silva (Brasil), Néstor Kirchner (Argentina), Tabaré Vázquez (Uruguay) y Evo Morales (Bolivia) representa un giro a la izquierda en América Latina.

Visto con mucha desconfianza por Estados Unidos, este bloque heterogéneo -moderados, progresistas, populistas- ha dado un nuevo margen de acción a la revolución cubana, tras un aislamiento de décadas.

El acercamiento de Castro al Mercosur se da en momentos en que los gobiernos del bloque impulsan en sus países programas de reducción de la pobreza, en plena expansión en los últimos años.

Y es en este contexto, según analistas, que Castro y Chávez suman a la diplomacia petrolera venezolana una estrategia social para arrebatar a Washington influencia en la región.

Con el apoyo de Chávez, Castro envía por toda la región brigadas de médicos, maestros y asesores deportivos. Empeñados en un ambicioso plan para formar a más de 100.000 galenos y devolver la vista a seis millones de latinoamericanos en diez años: la 'Operación Milagro'.

Aún más, este año, la revolución cubana tuvo otro empujón con la formación del eje La Habana-Caracas-La Paz. Miles de jóvenes bolivianos y venezolanos se encuentran en Cuba para estudiar medicina y trabajo social.

Más allá del significado humanista, el efecto político e ideológico de tener un médico en una montaña perdida de América es para algunos una forma de sembrar revolución más lenta pero más eficaz que la de enviar guerrilleros como en la década del 60.

Una Cuba sin Fidel

Innumerables veces ha circulado el rumor de que Castro había muerto; pero este año, al llegar a los 80 con un serio quebranto de salud, las voces se multiplican en la misma pregunta: ¿Qué va a pasar en Cuba después de su muerte?.

Aunque el análisis es inexistente en los medios de prensa de la isla, portavoces del gobierno, expertos internacionales, así como intelectuales y académicos debaten más que nunca sobre el tema.

Sin cruzarse de brazos, el gobierno de George W. Bush tiene listo un plan para acelerar la transición política y el retorno del capitalismo en la Cuba post Castro, y aumentó la ayuda financiera para la oposición cubana.

Por mucho tiempo, la salud de Castro fue un tabú hasta que sufrió un leve desmayo en junio de 2001 en un acto en La Habana. Tres años después, el 20 de octubre de 2004, sufrió una caída que le fracturó la rodilla izquierda y el brazo derecho.

El hombre de hierro, impetuoso e incansable, era mortal.

Un futuro sin Fidel quedó sobre la mesa. Raúl Castro, cinco años menor, es clave para garantizar la continuidad de la revolución, si no fallece antes que su hermano.

Sin el carisma de Fidel, Raúl sigue invisible tras el traspaso de poder y podría no aportar el protagonismo que tiene su hermano desde hace medio siglo; pero es la cabeza de los generales y de los comandantes históricos, que jugarían un papel decisivo en la Cuba tras una muerte del líder.

La revolución inició una renovación y en el entorno destacan hombres más jóvenes que la generación histórica del asalto al Moncada o de la lucha en la Sierra Maestra. Es un puñado, sin embargo, ante la apabullante personalidad del gobernante.

"El Comandante en Jefe de la revolución cubana es uno solo y únicamente el PCC (...) puede ser el digno heredero", sentenció en junio Raúl ante mandos militares.

Para Frank Mora, experto en asuntos militares cubanos del Colegio Nacional de Guerra en Washington, "el estilo de movilización popular de Fidel enfatiza su autoridad carismática, pero el futuro gobierno no puede hacer lo mismo, de ahí la necesidad de construir e incluso legitimar organizaciones políticas como el partido".

Sucesión o transición, o ambas cosas al tiempo. Los analistas señalan, con algunos matices, que en el futuro de Cuba será crucial la decisión de una reforma o continuidad del actual modelo económico, donde el Estado es el único dueño.

"Sería interesante ver cómo reacciona Raúl si queda libre de la influencia que ha ejercido su hermano durante casi 50 años. Controla las Fuerzas Armadas, los servicios de seguridad y una gran parte de la economía", sostiene Brian Latell, ex analista de la CIA.

A Raúl, bajo cuyo mando las Fuerzas Amadas tomaron control de sectores  laves de la economía como el turismo, se le atribuye un mayor pragmatismo que favorecería el modelo político-económico chino.

Sin embargo, nada se habla de un programa económico diferente a la economía estatal centralizada con fuerte incidencia política que prefiere Fidel. El VI Congreso del Partido, que debe trazar lineamientos para el próximo quinquenio, tiene unos tres años de atraso.

Quien parece entonces tener la clave es el mismo Fidel, que ha monopolizado siempre la toma de decisiones y el manejo de las crisis, incluso esta, la mayor de sus batallas, que libra desde su cama de enfermo para salvar a la revolución de sí mismo.

Pero cuando sea real la muerte y corra la noticia como pólvora, después de que Miami y Washington estallen en júbilo, con una maquinaria política y militar puesta a punto para asumir el control del momento y una oposición interna atomizada, todo el mundo volverá la mirada hacia la isla: ¿Cuál será la reacción del pueblo cubano?.

La Habana
AFP

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