Conozca el testimonio de dos maltratadores que cuentan por qué golpeaban mujeres

Conozca el testimonio de dos maltratadores que cuentan por qué golpeaban mujeres

"Cuando pego, me enceguezco -dice uno de ellos-. No pienso sino en ver sangre. La sangre es lo único que me calma y me hace decir: bueno ya. Ni siquiera los ruegos me detienen".

05 de agosto 2006 , 12:00 a. m.

-Antes me medía un poco. Le pegaba con la mano abierta, por ejemplo, porque ella no aguanta mi fuerza. Pero la última vez no me contuve. Casi la mato. Quedó con la cara hinchada y duró como una semana sin poder caminar.

Mario dice esto mientras enreda y desenreda sin descanso los cordones de su chaqueta. Hoy está en una fundación, tratando de aprender a controlar su agresividad. Tiene 27 años y una esposa hace año y medio. Cuando se unió a ella pensó que nunca le iba a dar un golpe. "Para mí la mujer era algo muy sagrado, pero me salí del límite", dice.

Recuerda haber vivido una infancia de maltrato. Por un lado, los amigos de barrio lo veían como el hijito de papi consentido. Pero en casa más bien era lo contrario: recibía golpes de su padre desde niño. "Hasta los 10 años, más o menos, me pegó con objetos, con cables, con palos -dice-. Luego ya me daba puño y pata".

Cuando era adolescente, un tío suyo ofrecía 20 mil pesos a quien ganara peleas entre los primos. "Era plata, cómo no hacerlo. Además, había que ser hombre. Yo solía ganar, y eso me fue subiendo el ego".

Estas cosas, piensa Mario, pudieron influir en su personalidad agresiva. Eso y la droga, que empezó a usar a los 16 años. En los momentos de consumo su impulsividad suele crecer. Se siente invencible.

"Cuando pego me enceguezco. No pienso sino en ver sangre. La sangre es lo único que me calma y me hace decir: bueno ya. Ni siquiera los ruegos me detienen", confiesa. Si algo lo enfurece, Mario tiembla, se pone rojo y reacciona con golpes, sin medirse y sin pensar en las consecuencias.

Los celos son detonante de su ira. En momentos en que su esposa mira a otro hombre, en la calle, por ejemplo, apenas unos segundos, él le dice:

-¿Le pongo su correctivo? ¿Quiere una rodillita?

Empezó a pegarle rodillazos en las piernas cuando descubrió que eran menos evidente para los demás: de los golpes en el rostro quedan más huellas. "Dejé de pegarle en la cara. Un morado en la pierna no es un delito", dice.

Días después de la peor golpiza, los familiares de la esposa de Mario le exigieron que se alejara de ella. Pero, dice él, su esposa lo apoyó y le pidió a su familia que no se metiera en su vida.

-¿Ella sigue con usted?

- Sí. Me quiere, supongo, o es masoquista -responde.

Mario tiene la intención de cambiar. La última paliza que le dio a su esposa lo hizo pensar: "¿Qué tal un golpe mal dado? Hubiera podido dejarla inválida, o incluso matarla".

Golpes premeditados

A su lado, en la misma fundación, está Rodrigo. Lleva cuatro meses allí, en buscatambién de rehabilitación. Es un universitario con dos especializaciones que alcanzó a tener buenos empleos en empresas importantes y buenos sueldos. Hoy: nada. "No supe manejar el éxito. Empecé a llevar un tren de vida desaforado".

Hasta hace poco estuvo casado con una mujer que debió afrontar su cambio de vida: de un profesional respetado y serio a un hombre violento, improductivo y drogadicto.

-Si me sigue jodiendo la vida, le digo a su familia y a sus compañeros de oficina con quién es que está casada.

Eso le decía Rodrigo a su esposa, cuando ella lo recriminaba por sus actitudes, seguro de que le iba a apenar mostrar ante todos en lo que se había convertido su matrimonio. Con ese tipo de presión psicológica empezó, pero no se detuvo ahí. Siguieron las agresiones verbales y físicas.

Rodrigo tiene 46 años y el tiempo que lleva en la fundación lo ha hecho mirar hacia atrás. "Tengo una personalidad narcisista. Me siento el centro de todo. Soy yo el que debe dar la última palabra. A mi esposa no la dejaba opinar. Le decía: le doy plata para lo que quiera, no me moleste".

En su casa, de niño, recuerda a un papá alcohólico que golpeaba a su mujer. "Lo hizo hasta que mis hermanos y yo crecimos y tuvimos el cuerpo para detenerlo. También nos pegaba a nosotros. Nos partía escobas en las costillas".

De las agresiones verbales con su esposa, Rodrigo pasó primero a empujones, luego a golpes. También la agredió sexualmente. "La droga le acelera a uno el deseo sexual: Pero ella no quería nada conmigo. Yo la obligaba. Ahora veo que eso era una violación".

Con un hijo adolescente, Rodrigo se cuidaba de que el maltrato hacia su esposa no fuera evidente. Tampoco quería correr el riesgo de ir a la cárcel. Así que pensaba en maneras de atacarla sin que su culpabilidad quedara en evidencia.

En una ocasión le pegó una patada que le abrió la espinilla y le dejó una herida de unos tres centímetros. Cuando su hijo se dio cuenta, él le dijo que había sido un accidente. Que su mamá se había resbalado. "Eran agresiones premeditadas. Yo calculaba incluso lo que iba a decir como explicación. Lo hacía con cinismo. Así hubiera podido llegar hasta el homicidio. ¿Y quién me culpaba?", dice.

Hoy Rodrigo está divorciado. Reconoce que en la demanda de divorcio su esposa se quedó corta y fue mucho lo que dejó de decir en su contra: porque no tenía pruebas. Desde que está en la fundación no la ve ni habla con ella. Su hijo ha ido dos veces a visitarlo, pero él siente el rechazo en su mirada. No le dice papá.

Repiten lo que han visto en sus hogares

¿Qué lleva a un hombre a pegarle a una mujer? Especialistas han realizado el perfil de agresores. Estas son algunas de sus características:

El agresor está acostumbrado a pensar que sólo él sabe lo que está bien y está mal. Se basa en el estereotipo del hombre como autoridad y mujer como aliada sumida. En la mayoría de los casos el abusador repite lo que vivió de niño. Suele tener una historia familiar de falta de afecto. Por lo general fue sometido a castigos físicos violentos, abusos y negligencias por parte de sus padres y círculo cercano.

De esa manera busca proyectar después sobre la víctima la frustración, rabia u hostilidad que lo acompaña. Ha percibido que se obtienen recompensas por las conductas violentas: se vuelve el más respetado del grupo, el más temido, por ejemplo. Los clásicos estereotipos, como el que "el hombre es el que manda", le dan soporte para actuar con violencia. El modelo patriarcal lo respalda.

En la historia de los agresores suele registrarse abuso de alcohol y de sustancias psicoactivas (sobre todo cocaína y basuco). Pueden tener, también, trastornos psiquiátricos, como esquizofrenia, trastorno bipolar o de personalidad (narcisista, por ejemplo). El abusador se siente dueño de la persona de la cual abusa. Para ellos, el error de la víctima es que no sea como ellos quieren. Según su visión, la mujer "lo provoca a ser violento". Consideran que sus actos no son una conducta punible y que actúan para mantener el control. Entre agresor y agredida se genera un doble juego: ella se somete y perpetúa la situación.

Sin huellas

"Dejé de pegarle en la cara porque le quedaban huellas muy evidentes. Empecé, entonces, a pegarle en las piernas. Un morado ahí no lo notan".
Testimonio de Mario, un agresor en proceso de rehabilitación.

61.482 casos de violencia intrafamiliar se registraron el año pasado en el país. 37.666 corresponden a agresiones de pareja. Según fuentes de Medicina Legal, el subregistro existente en relación con estos casos de maltrato llega al 80 por ciento.

MARÍA PAULINA ORTIZ
REDACTORA DE EL TIEMPO

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.