La gran corrupción comienza con actos pequeños

La gran corrupción comienza con actos pequeños

Estudios afirman que una sociedad permisiva puede predisponer al cerebro a cometer actos indebidos.

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26 de febrero 2017 , 11:14 p.m.

Los personajes más corruptos y aquellos que piensan que cruzarse un semáforo es apenas una ‘travesura’, tienen algo en común: el mecanismo cerebral que les permite actuar de esa forma. Sin embargo, esta dotación neuronal no es exclusiva de aquellos que delinquen, sino que puede activarse en cualquier persona cada vez que es tentada por un acto deshonesto.

Pero, de acuerdo con investigadores de University College de Londres, los corruptos no empiezan a serlo súbitamente y observaron que es el resultado de un proceso que se inicia con actos menores o casi insignificantes que al repetirse se deslizan hacia delitos más graves.

El asunto es que, según la revista ‘Nature’, en el cerebro humano existe un dispositivo biológico para evitar comportamientos indebidos y que se manifiesta como un estado emocional de incomodidad natural cuando se roba o se delinque; empero este mecanismo deja de funcionar con estímulos negativos continuos, al punto que las personas llegan a considerar como normal su actuar antisocial.

Diferentes investigaciones han demostrado que la amígdala, una región del cerebro en la que se procesan las emociones, es el sitio que se va tornando indiferente ante las malas acciones y la responsable cerebral de que la gente pierda los escrúpulos. Aunque esta condición anatómica y funcional convierte a todos los humanos en potenciales corruptos, lo cierto es que, según el siquiatra Rodrigo Córdoba, un comportamiento es el resultado de factores biológicos, sicológicos, culturales y sociales que interactúan simultáneamente sin ser meras disyuntivas.

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De hecho, en el 2014 la revista ‘Frontier in Behavioral Neuroscience’ publicó un estudio en el que se afirmaba que sin importar cultura, edad, clase social, o religión, el hombre es corrupto por naturaleza: piensa primero en el bien propio luego considera reglas morales y sociales que son sus castigos y percepciones y sobre ese equilibrio se proyecta socialmente.

“No realizar actos de corrupción implica una actitud ‘prosocial’ que prima sobre el beneficio individual en la que la mirada social y la ley determinan esta conducta”, dice la publicación.

Pero el hecho de que sea inherente a los humanos, no hace de la corrupción una función, sino una condición, asegura Córdoba, porque si bien resulta de una decisión individual, no se trata solo de conducta singular desviada. En otras palabras, “no hay seres humanos corruptos, sino una sociedad corrupta en la cual (los dispuestos a la corrupción) actúan”, dice el siquiatra.

Sociedad, cultura y epigenética

Aquí, valga decir, cabe la pregunta: ¿por qué con estructuras cerebrales similares y en las mismas condiciones ambientales, no todos los individuos son corruptos?, y la respuesta, sin duda, hay que buscarla en los factores que determinan el desarrollo del cerebro.

El neurólogo e investigador de la Universidad Nacional, Roberto Amador, dice que el cerebro nace con patrones fijos, es decir con programas sobre los cuales se crean las estrategias que se utilizan en la cotidianidad. “No somos 'tábula rasa' al nacer; dentro del útero se programan todos los sistemas para enfrentar el entorno con una estructura con posibilidad de cambiar ante los estímulos a través de la llamada plasticidad cerebral”, afirma Amador en su artículo Ética, estética, moral y cerebro.

Es decir que este órgano permite adaptaciones mediante el aprendizaje y la cultura. Esto empieza en las moléculas y las redes nerviosas construyen emociones primarias, como el miedo, la rabia y el disgusto necesarias para la supervivencia, y sobre ellas se edifican emociones más complejas que son la fuente de los juicios morales e intuitivos.

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“La diferencia en las respuestas en aspectos morales dentro de una sociedad, depende de la sensibilidad de los circuitos neuronales que como constructor denominamos personalidad y eso no es otra cosa que la suma del temperamento que es algo heredado y el carácter que es moldeado por la cultura”, con lo que el neurólogo enfatiza que los aspectos éticos dependen del las condiciones específicas del individuo y del ambiente en el que se desenvuelve.

De igual forma, se ha comprobado que el buen trato, la eliminación del estrés y el apego paternal o parental en la primera infancia favorecen el desarrollo de circuitos emocionales heredados ubicados en las regiones cerebrales inferiores que determinan lo motivacional, lo perceptual y lo emocional sobre lo que se construye el Sistema Emocional Anticipatorio que se convierte en la base biológica de la ética y la moral.

Estos desarrollos se logran con el aprendizaje, mediante la imitación que se hace de los padres o seres significativos, por medio de las neuronas en espejo, con lo que se comprueba que muchas conductas y comportamientos están mediados por el tipo de crianza, las enseñanzas impartidas desde la niñez y el ejemplo.

La vida familiar disfuncional, el abuso, la autoridad ambigua, el castigo y la falta de refuerzos positivos durante la niñez, impiden el desarrollo de habilidades para tomar decisiones, enfrentar problemas y socializar. Estos niños, asegura Amador, usualmente son rechazados por sus compañeros ‘sanos’ y terminan agrupándose con niños con problemas similares que se refuerzan en búsqueda de recompensas sociales, lo que da origen a grupos con rasgos antisociales que fácilmente se expresan en comunidades con normas laxas o permisivas en las que la corrupción es algo cotidiano.

Así nacen los delincuentes de cuello blanco

Sin control, sin educación con refuerzos positivos, con patrones culturales que conciben el delito como una costumbre más, estos individuos con fragilidad en su desarrollo cerebral pueden deslizarse hacia una sociopatía que en muchos casos es velada.

Descrita como insensibilidad y falta de empatía, la sociopatía también se caracteriza como una reacción alterada de ‘transgresiones morales’ con manifestaciones claras de desinhibición, audacia y mezquindad que conforman una triada que en conjunto definen el perfil de personajes que a diario son protagonistas de hechos delictivos mezclados con una vida pública sobresaliente o exitosas: los delincuentes de cuello blanco.

Arriesgados, sin control en sus actos, persuasivos, arrogantes, innovadores, pensadores, exitosos, explotadores, arrogantes, rebeldes, abusadores y desafiantes, son algunas de las características de estos individuos que muchas veces son amparados y seguidos por los demás, con lo que refuerzan su comportamiento, al punto que son valorados y considerados normales y hasta ejemplos para imitar en sociedades en las que estos patrones son casi normales.

El problema es que se adoctrina la empatía de la gente con el fin de alcanzar objetivos sociales y económicos extremos”, afirma Amador, mientras insiste en que los sistemas de neuronas en espejo y recursos de cohesión de las personas y los pueblos, pueden verse afectados por presiones culturales de sociedades con patrones como estos.

Todo esto puede tergiversar los patrones biológicos que soportan la moral, con lo cual el ser sociópata o corrupto se convierte para algunos en normalidad e “incluso en un requisito de adaptación necesario centro de la sociedad”, remata el investigador.

La familia, la escuela y la sociedad refuerzan la corrupción

Está claro que las influencias ambientales pueden alterar la expresión de los genes y desencadenar los eventos que se traducen en comportamientos corruptos. Los niños con fragilidades cerebrales consecuentes de sus carencias afectivas y ambientales, son fácilmente influenciados por procesos educativos, culturales y sociales permeados por patrones antisociales que muchas veces se proyectan como normales.

Los resultados, dice Córdoba, son la base para reciclar estos fenómenos corruptos al punto que terminan por convertirse en la norma a través de las generaciones. “Procesos que completan sus ciclos perversos al afianzarse en el seno de las familias y de una sociedad en donde la gente termina por no conocer otra realidad distinta que la de la corrupción, frente a la cual se insensibiliza y la réplica”.

Este círculo se cierra peligrosamente con modelos educativos desligados del componente familiar afectivo y que reproducen patrones maltratadores de los hogares. Aquí, pude decirse sin temor, insisten Roberto Amador, que culturas corruptas como la nuestra tienen su origen en las casas y en los colegios que, simplemente, disparan factores predisponentes de los individuos que se reafirman al crecer con un entorno que normaliza la delincuencia.

“Es urgente romper este círculos con relaciones emocionales positivas desde el nacimiento y contenidos académicos orientados en favorecer el contexto ‘prosocial’ y no individual, como ocurre en este momento”, dice el investigador.

CARLOS FRANCISCO FERNÁNDEZ
Asesor médico de ELTIEMPO

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