La redención de Mel Gibson

La redención de Mel Gibson

En esta entrevista con BOCAS, el director habla sobre su nominación al Óscar por Hacksaw Ridge.

24 de febrero 2017 , 11:06 a.m.

Un artista talentoso con un temperamento agrio que se convirtió en una de las estrellas más grandes del mundo y que se vio condenado al ostracismo por comentarios racistas. El actor y director Mel Gibson vivió la cúspide de su popularidad en los años ochenta y noventa, cuando fue una de las estrellas más rentables de la industria. Y si bien su popularidad nunca ha disminuido por su talento como actor y director, ha sido su comportamiento fuera de las cámaras el que ha acaparado la atención del público en los últimos años.

Mel Gibson en la revista BOCAS.

Nacido el 3 de enero de 1956 en Peekskill, Nueva York, Gibson fue criado por su padre, Hutton, un trabajador ferroviario que era una figura destacada en el grupo ultraconservador de la iglesia católica de su comunidad, y por su madre, Ann. En 1968, después de caerse de un tren y de herirse la espalda, el padre de Gibson ganó un pleito contra el ferrocarril central de Nueva York y se mudó con su familia a Sídney, Australia. Fue allí, en el Colegio Católico de San Leo, donde Gibson sintió curiosidad por la actuación: “Recuerdo cuando estaba en la escuela y uno de los curas del colegio me llamaba la atención en clase por ser algo payaso con mis compañeros. Me decía que si no me callaba y respetaba a los profesores iba a terminar limpiándole el trasero a algún director de cine”, dice Gibson. “No sé por qué lo dijo, fue una frase que nunca tuvo sentido para mí, ni siquiera ahora, pero que de alguna forma hizo como un cortocircuito que se me quedó en la mente y que me dio curiosidad por ver cómo se hacía televisión y cine”.

Estudió en el Instituto Nacional de Arte Dramático junto a Judy Davis, con quien hizo su debut en el escenario en una producción de 1976 de Romeo y Julieta. Un año después debutó en cine con la película Summer City (1977) y finalmente logró la fama con Mad Max (1979) y su secuela, El guerrero del camino (1981). Después fueron El año de vivir peligrosamente (1982), Arma letal (1982), Hamlet (1990) y El hombre sin rostro (1993) –de la que también fue director–, películas en las que demostró que además de ser un héroe de acción, podía sobresalir en una gama más amplia de papeles. Finalmente, en 1995, ganó un Óscar como mejor director por la épica pero polémica Bravehart.

Después vino la controversia. En La pasión de Cristo (2003) lo acusaron de ser sesgado en su representación del pueblo judío y en los años siguientes su nombre se hizo notorio por escándalos en los que fue acusado de antisemitismo y racismo. También tuvo un pleito legal con su expareja Oksana Grigorieva que involucró una demanda por violencia doméstica y el enfrentamiento por la custodia de su hija Lucía, que nació en octubre de 2009.

A partir de 2014, Gibson está en una relación con la excampeona ecuestre y escritora Rosalind Ross, con quien tuvo su noveno hijo –el primero de la pareja– el pasado 20 de enero de 2017. Además, parece que su redención con Hollywood finalmente ha llegado gracias a su última película, Hacksaw Ridge, en la que Gibson cuenta la verdadera historia de Desmond Doss, un médico objetor de conciencia del ejército que a pesar de haberse negado a portar armas durante la Segunda Guerra Mundial terminó salvando a 75 hombres en la batalla más sangrienta. El filme obtuvo tres nominaciones al Óscar: a mejor película, a Mel Gibson como mejor director y a Andrew Garfield como mejor actor.

Conversamos a propósito de esta película con Mel Gibson, quien llegó al hotel Four Seasons de Beverly Hills de muy buen humor y con una larga barba que le añadía unos años más y que contrastaba con su traje de paño.

Mucha gente dice que Hacksaw Ridge es su gran regreso a Hollywood, aun cuando usted siempre ha estado aquí. ¿Cómo han sido esos diez años desde que dirigió por última vez?
No siento que desde que hice Apocalypto me haya perdido y escondido en la clandestinidad ni nada de eso, entonces no siento que esto sea algún tipo de regreso, solo siento que es algo bueno de volver a hacer. Es la primera vez que me vuelvo a sentar en la silla del director y es como andar en bicicleta tras mucho tiempo de no hacerlo. Yo me la pasé ocupado, escribiendo, desarrollando proyectos, porque la gente no estaba demasiado dispuesta a respaldar las cosas que yo quería hacer, por lo que tenía que sacar dinero de mi propio bolsillo, entonces supongo que nada había sucedido durante mucho tiempo porque yo no estaba dispuesto a asumir el riesgo. No todo fue malo, tuve la oportunidad de perfeccionar mi técnica de pesca con mosca [risas], tratar de ser un buen padre, trabajar en mí mismo y progresar en muchos aspectos de la vida. Hoy me siento bien y saludable, hice mi trabajo, me siento muy en forma y tengo la suerte de haber podido hacer una película como esta. Creo que eso es fantástico.

Usted ha estado inmerso en varias películas de guerra. ¿Cuáles fueron los desafíos que tuvo como director para recrear la batalla que se ve en Hacksaw Ridge?
Ante todo, las locaciones para rodar la batalla no eran grandes, las hicimos ver más grandes de lo que eran. De todos modos, 100 metros por 75 es bastante espacio. Con dos máquinas de humo no tóxico que podían generar grandes nubes y niebla, le dimos esa atmósfera de un campo de batalla. El grado de dificultad sube porque no estás filmando una batalla medieval “hombre contra hombre” y con objetos contundentes, sino que estás haciendo explosiones, disparando balas y cosas así; es técnicamente más exigente y los camarógrafos tienen que realizar maniobras para ese tipo de cosas. Tuvimos un presupuesto que era alrededor del 20 % menos de lo que tuve en Braveheart hace unos veinte años, y también se rodó casi en la mitad del tiempo. El clima para filmar películas es diferente ahora y como esta es una película independiente tienes que moverte muy rápido. Todo se hizo en 59 días, un tiempo corto para una historia como esta.

¿Concretamente qué fue lo que lo atrajo de esta historia?
Bueno, creo que lo que esta historia hizo fue… Me perdonas si suena como un cliché, pero no la vi como una película de guerra, sino como una historia de amor. Pero no una historia de amor romántico –eso está ahí, entre Teresa Palmer y Andrew Garfield, quienes lo hicieron con mucha química y fue fantástico–, estoy hablando del amor que una persona tiene que tener para nunca hacerle daño a su hermano, a su prójimo. Y más allá de eso, es el tipo de amor que se requiere para arriesgar tu vida por alguien más. Se trata de un hombre que va a contracorriente, como un salmón nadando río arriba contra la marea de la guerra y la violencia, contra las actitudes de otras personas y, al mismo tiempo, que es perseguido por sus creencias en el peor lugar, en el infierno de la guerra. Cuando la mayoría de los hombres descienden a los niveles de un animal, este muchacho limita su propio nivel de espiritualidad, es capaz de mostrar el amor y eso florece en medio del infierno. Eso es lo que me atrajo de la historia, que este hombre es sensible con lo que estaba pasando a su alrededor y fue heroico en eso. Fue puro su deseo de salvar vidas, más en un lugar donde la misión era segar la mayoría que pudieran. Eso es un tema muy impresionante. Eso tiene que ser el pináculo del heroísmo, o al menos lo es para mí.

Desmond Doss, el protagonista, dice que su arma no es un fusil, sino que es el amor. ¿Cuál es su arma en la vida?
Bueno, uno puede decir y hacer cosas con el cine y sus historias. Puedes afectar a las personas e inspirarlas y hacerlas felices o tristes, tal vez al mismo tiempo. A menudo digo sobre mi trabajo como director que en la narración hay que mantener la teoría de las tres “E”: tienes que entretener, educar y luego elevar, si es posible. Hacer una de esas cosas es válido, pero si puedes hacer dos es mejor y si puedes hacer las tres es aún mejor. Yo trato de hacer las tres en las películas que hago.

¿Cómo lidia con el estrés?
Hay una cosa infalible que siempre funciona para mí: ir a un baño de sauna y que me den un masaje en los pies. ¡Y afeitarme!, porque es como una solución espiritual para tus problemas [risas].

MARIO AMAYA
REVISTA BOCAS
EDICION 60 - FEBRERO 2017

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