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Stiglitz y la paz

Orientar el gasto y enmendar la Regla Fiscal permitiría invesión del posconflicto sin inestabilidad

GUILLERMO PERRY
Stiglitz, el popular premio nobel de economía, fue el orador central en el foro sobre ‘Oportunidades de la paz’, organizado por la Universidad del Rosario y EL TIEMPO. El foro ratificó un fenómeno que no debe pasar desapercibido. Los extranjeros ven nuestro proceso de paz y nuestra economía con optimismo y admiración, cuando en Colombia campean el pesimismo y el escepticismo. Puede ser que nosotros estemos más conscientes de los problemas reales, o que de tanto mirar los árboles a veces perdamos la visión del bosque. O que Santos haya dedicado más esfuerzo a vender sus logros fuera que dentro del país.
Stiglitz pintó un panorama sombrío de la economía internacional y reconoció que ello impondrá límites severos a lo que podamos hacer. Pero ve a Colombia como uno de los países de la región que están superando mejor el impacto de la fuerte caída en los precios de los productos básicos y presentan mejores oportunidades de crecimiento a largo plazo. Sin embargo, también advirtió que lograr el dividendo económico potencial de la paz exigirá un gran esfuerzo fiscal e institucional.
Le parece indispensable hacer las inversiones que requiere consolidar la paz y aprovechar el acuerdo para lograr una transformación rural, basada en una mejor distribución y utilización de la tierra. Para ello propuso elevar más la carga tributaria, a través de mayores impuestos sobre la tierra –lo que contribuiría a mejorar su distribución y utilización, como argumentó por muchos años Hernán Echavarría–, impuestos verdes y a las personas naturales, especialmente gravando más los dividendos y las ganancias de capital. Pero, en caso de necesidad, recomendó no tener miedo a aumentar el endeudamiento público para estos fines.
Trabajé muchos años estrechamente con Stiglitz en el Banco Mundial. Compartí con él buena parte de su visión sobre la arquitectura económica internacional y el desarrollo, así como sobre errores graves del Fondo Monetario Internacional en el manejo de la crisis asiática y de la ayuda externa en África. Pero me aparté y me sigo apartando de algunas de sus opiniones sobre el manejo macroeconómico en América Latina.
En particular, considero que elevar aún más la deuda pública (y por tanto incumplir la regla fiscal) comprometería gravemente la estabilidad y el crecimiento económico del país. La gran contribución de la regla ha sido, precisamente, la de permitirnos hacer un ajuste gradual y no muy doloroso ante la caída abrupta de los ingresos externos y fiscales provenientes del petróleo. Colombia, a pesar de su abultado déficit con el exterior (que tanto preocupaba a las calificadoras de riesgo) y su emergencia fiscal, ha logrado financiarlo con facilidad y bajo costo porque los inversionistas le han otorgado credibilidad al compromiso del Gobierno con la regla fiscal.
Ahora bien, es cierto que la regla actual conlleva una trayectoria de descenso rápido de la relación deuda pública a PIB, lo que parecía razonable cuando se aprobó, porque estábamos en auge, pero que puede resultar demasiado restrictivo en las presentes circunstancias. Por ello me atreví a proponer en el foro que se considere la posibilidad de enmendar la Ley de la Regla Fiscal, siempre y cuando se garantice una trayectoria descendente (aunque más suave) de la deuda pública sobre PIB y el Gobierno reoriente drásticamente el gasto público actual hacia las prioridades del posconflicto. Si el Gobierno se pone al fin serio con el manejo del gasto público, tendrá credibilidad política interna y externa para proponer esta modificación de la Ley de la Regla. Pienso que esta combinación sería la única que permitiría hacer las inversiones necesarias para consolidar la paz y, al mismo tiempo, preservar la sostenibilidad fiscal y mantener la credibilidad de los mercados.
GUILLERMO PERRY
GUILLERMO PERRY
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