Una entrevista con Madame Periné

Una entrevista con Madame Periné

Conozca a Catalina García, la voz del grupo musical colombiano Monsieur Periné.

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17 de febrero 2017 , 02:19 p.m.

La carrera de la banda Monsieur Periné casi naufraga el mismo día que debutó en el Festival Estéreo Pícnic en Bogotá.

Fue el sábado 9 de abril de 2011. Su nombre ya era reconocido en nichos culturales de la ciudad y llegar a la segunda edición del festival era dar el salto definitivo: la aprobación masiva. Había llegado allí por haber ganado un concurso organizado por una marca de bebidas energizantes. Los miembros del grupo eran conscientes de que la oportunidad era única, ya que compartían cartel con Calle 13, The Presets y Zoé. Tenían 40 minutos en la tarima. No había nada que perder y mucho por ganar.

Pero todo se complicó. El tráfico demoró su llegada al Parque Zona F del norte de Bogotá y no les dieron tiempo para la prueba de sonido, que es la peor noticia que puede recibir cualquier banda. De lado y lado discutieron y los organizadores los gritaron. Cuando salieron al escenario a hacer su trabajo, la cantante Catalina García no pudo contener su rabia y, cada vez que terminaba una canción, le decía al público que los organizadores deberían tratar mejor a sus artistas: “¡Sin artistas no hay festival!”, repetía una y otra vez. Uno de los empresarios se salió de casillas y pidió que los bajaran del escenario, los amenazó y les recordó que pagarían caro su arrogancia. Entonces los vetaron.

Catalina García. Foto: Ricardo Pinzón.

 

Durante casi un año, a la agrupación Monsieur Periné no la tomaron en cuenta para ningún gran evento. Le pasaron factura y mancharon su nombre. A los muchachos los tildaron de conflictivos y problemáticos. Gracias a ello, en parte, la banda se concentró en la producción de su disco debut. Llevaban casi un lustro tocando y estaban listos para su primer trabajo discográfico.

Con la ayuda y asesoría de su mánager Raúl Prieto, hermano de Santiago –uno de los líderes del grupo–, grabaron Hecho a mano. Lo editaron de manera independiente y le hicieron promoción puerta a puerta. Una de las emisoras que se rindió a los pies del proyecto fue Radiónica. El tema “La muerte” fue número uno y sonó durante todo el 2012. Invitaciones a festivales internacionales llegaron desde casi todos los continentes. El disco traspasó fronteras y se editó en Japón, Alemania, Corea y México.

Y quienes les cerraron las puertas, como en efecto dominó, comenzaron a buscarlos. Ya eran profetas lejos de esta tierra. No era la primera vez que pasaba algo de este estilo con un artista local: Bomba Estéreo, ChocQuibTown o Yuri Herrera pueden dar fe de ello. A Periné los sacaron de la lista negra de la versión colombiana del macartismo musical y, ahora sí, los tomaron en cuenta para festivales y eventos de alto impacto.

Sin rencores y con las heridas del pasado en el olvido, la banda emprendió un intenso camino hacia la cima de la mano de su mánager. Entendieron que tenían todo a su favor y decidieron sacar provecho de la estética como elemento fundamental de su arte. En ese sentido, Catalina García ha tomado un papel fundamental en la banda. Su formación en antropología y su pasión por el arte y la literatura le han dado una visión diferente de lo que significa ser artista y construir una imagen en el siglo XXI.

Los siguientes tres años para Catalina y la banda fueron de recoger la cosecha de los logros cultivados y de tener claros los objetivos con su música. Además, tenían un valor agregado a su favor: pocas bandas locales, poquísimas, tocan gypsy jazz, la columna vertebral de su música que convive con el bolero, el pop y el bossa nova. En 2015, próximos a lanzar su segundo trabajo, estuvieron cerca de cerrar un acuerdo de distribución con la disquera Sony Music. Pero Periné, acertadamente, dijo que no. Decidieron mantener la independencia creativa y establecer una alianza estratégica para garantizar que que el álbum Caja de música llegara a más lugares del país.

Todo ha evolucionado de manera vertiginosa para bien del grupo. En un lapso de cuatro años pasaron de tocar en matrimonios o fiestas privadas a ser invitados frecuentes de los más grandes festivales de música en el mundo. Y, aun cuando Catalina García se convirtió en la imagen visible del grupo, siguen siendo una banda que trabaja en equipo, que ha sabido distribuir roles y capitalizar los momentos complicados para intentar vivir de la música en Colombia.

Inspirada en Andrea Echeverri, con una visión muy amplia del mundo, Catalina es pieza fundamental en una banda que ha construido un público fiel a pulso y a base de talento. Habla Madame Periné.

¿Cuál es su primer recuerdo con la música?
Hay un momento que no olvido y fue el día que vi a Mercedes Sosa en vivo en Cali. Fui con mi mamá, con mi tía y con mi prima. Tenía 6 o 7 años, creo que fue en el 92 o 93. Ella quedó plasmada en mi memoria para siempre. Me impactó verla imponente en el escenario, era como un gigante flotando con una túnica negra. Aluciné.

¿Quién en su familia tuvo un papel importante en ese proceso?
Mi abuelo. Él escuchaba de todo, tenía una colección muy grande de música clásica, de ópera, de música española. Lo recuerdo cantando durísimo canciones en otros idiomas. También le gustaba la música popular latinoamericana de Chile, Argentina, Venezuela y Perú.

Pero siendo de Cali, ¿la salsa no hizo parte de su vida?
Yo tengo dos familias de dos regiones distintas. Por un lado mi familia paterna viene del Valle, con ellos siempre escuché toda la salsa caleña, música de Jerry Rivera, Niche, Guayacán. Pero también escuché mucho a Vicente Fernández, a mi papá le encantaba. Se escuchaba música de otras partes de Latinoamérica que a mí se me hacía peculiar, como Víctor Heredia o Violeta Parra.

¿Compraba música?
No. Yo hacía casetes, los grababa de la radio. Siempre tenía un casete ahí, a la espera, para poder grabar las canciones que me gustaban. No compraba casi música, pues mis papás no eran muy complacientes en todo. Ellos no le veían trascendencia a eso.

¿Qué música escuchaba en la radio?
Tuve una época muy fuerte en la que escuché mucho a Cerati y toda su música. Tengo todos sus discos, Cerati me acompañó durante mucho tiempo. Pero también me gustaba muchísimo Robi Draco. Me gustaban su música, sus letras. Cali es una ciudad particular con el rock, hay ciertos artistas que se aman mucho allá, Robi es uno de ellos. Bunbury también, aunque no fui tan fan de él como lo soy de Cerati.

Catalina García. Foto: Ricardo Pinzón.

Hablemos un poco de la conexión con bandas locales. ¿Alguna que la haya deslumbrado?
Aterciopelados, son determinantes en mi vida. Gracias a mi mamá me convertí en toda una fanática. Cantábamos sus canciones juntas. Yo viajaba mucho con mi mamá de Cali a Armenia los fines de semana. En esos viajes en carretera cada una ponía alguna canción del grupo. Tengo muy viva esa imagen de ir por la carretera cantando a todo pulmón “Florecita rockera”.

Se nota que la figura de Andrea Echeverri ha sido fundamental en su carrera…
Andrea para mí fue y es un símbolo. Algo que rompió mi manera de entenderme como mujer. Me conectaba con ella en todo sentido y especialmente en su forma de rebeldía. Tenía muchos contrastes en su forma de ser con los que yo me identificaba un montón. Por ejemplo, de no ser la niña bonita, pero ser bonita; de no ser la niña buena, pero mostrar mucho amor. Era una cuestión que caló en muchas mujeres de mi generación.

Incluso Andrea es una cantante empírica, como usted…
Exacto, en eso tenemos otro punto en común. Es que todo en ella era revolucionario. Verla rapada, con sus flores, sus atuendos y con esa cantidad de elementos que utilizaba que no veía en otro artista nacional era maravilloso, inspirador. Ella era un ícono de ser mujer de otra manera.

Supongo que la literatura también tuvo un papel crucial en esa configuración del yo artístico.
Entre las cosas que le agradezco a mi colegio es la cercanía que nos fomentó hacia el arte en sus distintas manifestaciones. La literatura tuvo un papel crucial. Pero también está el hecho de que siento que Cali también tiene una historia con el arte, con literatos, intelectuales, gente a la que le gusta ponerse a reflexionar. En mi colegio nos trabajaron la sensibilidad para leer. Era una obligación, pero también se cultivaba. Uno veía a la gente leyendo porque le gustaba.

¿Le gustaba la obra de Andrés Caicedo?
Claro, leí sus libros y vi sus obras de teatro. ¡Que viva la música!, La piel del otro héroe, varias cosas que están allí... Pero no solo Caicedo. Cuando comienzas a leer Opio en las nubes, de Chaparro, notas ese movimiento de literatura entre jóvenes que están pasando por una etapa ácida de sus vidas aquí en Colombia. Es algo muy bello porque uno se identifica mucho con la calle.

¿Hasta qué punto la influencia de la literatura y el arte fue moldeando sus aspiraciones como artista y como persona?
Es algo que no había considerado, pero es cierto que los músicos colombianos han estado muy metidos en “su burbuja” y poca importancia o trascendencia le han dado a la literatura o a la formación de las artes en general. Por lo menos Andrea Echeverri se dedica a hacer cerámica y eso te mueve la figura desde otro lado. Se nota en toda la estética de su arte. Pero es ahora que uno conoce ese lado de ella. En mi caso, las lecturas de Caicedo me llevaban a pensar en el tipo de ciudad en el que viví, sus calles, entorno, su gente, sus modos. Porque, en últimas, Cali es una ciudad particular. Donde uno desde muy joven ya comienza a vivirla.

Imposible no tener en esos referentes al grupo de Cali. A Luis Ospina y a Mayolo.
Claro, además me encantan. Me parece increíble lo que lograron hacer. También porque en mi colegio tenía un taller de cine. Creo que muchos franceses que han venido a Colombia en intercambios con los colegios, han logrado entablar una relación fuerte con la literatura y el cine, ya que se han entregado al cine colombiano. Especialmente porque tenía una profesora que estaba metida en todo el proceso de cineastas en Cali. Entonces nos llevaba a rodajes y veíamos mucho cine hecho, especialmente, en Cali.

En ese proceso de formación hay un viaje a Estados Unidos que es clave en su vida. ¿Qué sucedió allí?
Viví dos años de las mejores épocas de mi vida. A pesar de que nunca me gustó estar allá, fue enriquecedor encontrar la independencia y comer del mundo desde un lado que yo no había vivido. Trabajé de todo: limpié una casa, hice la voz de un Restaurant Depot, ese fue mi primer trabajo. Llegar allá, sin saber hablar muy bien inglés y comenzar a hablarlo fluidamente fue increíble. Trabajé en restaurantes, en cafés, en las bodegas de ropa, en tiendas de recuerdos. Fue clave, sin duda.

¿Pero solo se dedicó a trabajar?
¡Nooo…! Viajé mucho, estuve en Alabama, en casi toda la Florida, California, Carolina del Sur, Puerto Rico, Nueva York. También tuve tiempo para ver muchas películas. Iba a las bibliotecas públicas, sacaba películas y discos. Ahí en eso descubrí una película que me gusta mucho que se llama Rise, de David Lachapelle. Me gustó mucho por la fotografía y la película era una mezcla interesante de ambas artes. Tuve mi época rockera, escuché a Janis Joplin, The Doors, Jefferson Airplane, todo el rock americano de los años setenta.

Catalina García. Foto: Ricardo Pinzón.

En 2006 regresó a Colombia, pero la música no estaba en sus planes…
Para nada. De hecho, volví con la idea de estudiar antropología en Cali, pero un viaje a Bogotá me hizo cambiar de parecer. El pénsum de la Javeriana me pareció muy interesante, tenía todas las cosas que me gustaban en ese momento. Así que no lo dudé y me presenté.

¿Qué le gustaba de lo que le ofrecía la carrera?
El tema de la representación para enfocarme en la historia de las culturas y antropología visual, que estuviera relacionada con la representación del individuo. Quería luego enfocarme en historia del arte, trabajar en curaduría. Me gustaba mucho el tema de cómo se representa el individuo.

¿Y cómo apareció la música en ese momento?
Tenía muchos amigos músicos. Con uno de ellos un día cantamos y recuerdo que le gustó mi voz. Me preguntó si era cantante profesional, pues según él “tenía talento”. Me habló de una banda de la "U" que se llamaba Baobab, como el árbol. Uno de los músicos de Baobab está ahora en Mills y los otros dos eran Nicolás Junca y Camilo, con los que empecé Periné.

¿Cómo descubrió que tenía talento para cantar?
Por un lado, en los viajes de carretera canté mucho con mi mamá. Luego, con mi abuelo materno, me ponía a trovar. Le gustaba mucho el teatro y le gustaba explotarle a uno la vena artística. Y trovaba con mi abuelo. En toda mi familia había cantantes, yo no era la cantante en mi familia. Pero creo que hubo un momento clave y fue ser parte del coro del colegio. Luego me inscribí en un concurso de canto en Cali, por diversión, para participar con mis amigas que también entraron, y lo gané. Nunca pensé que lo podría ganar.

¿En la universidad cómo se dio ese proceso?
Mientras compartía con Baobab, empecé a estudiar portugués y me dio por buscar referentes como María Creuza, Ellis Regina, Astrud y Bebel Gilberto, Maria Bethânia, Marisa Monte, entre otras. Escuchaba sus canciones y las cantaba una y otra vez. Ese fue un momento clave. Ahí siento que encontré mi voz.

¿Pero se inclinaban más por el swing y el jazz?
Nicolás y Santiago Prieto tenían un ensamble donde estudiaban swing, tenían una obsesión con ese género que se salía de lo normal. De hecho, recuerdo que las primeras referencias las encontraron por internet. Así que les llamó la atención el sonido de las guitarras y vieron la coincidencia en los instrumentos que conformaban esos ensambles. A Nicolás le gustaba tocar violín, a Santiago, la guitarra, y por ahí encontraron concordancias.

¿Cuáles son los orígenes de Monsieur Periné?
En el 2008 comenzamos a ensayar, montábamos versiones de música brasilera, de boleros, de swing. Eran las canciones que nos gustaban. Un día el hermano de Santiago, que ahora es nuestro mánager, nos preguntó que por qué no tocábamos en algún matrimonio, pues su esposa organizaba eventos. Así nació la banda, para tocar en fiestas.

¿En qué momento dieron el salto para tocar en otros espacios?
Lo de las fiestas no nos molestaba porque no pensábamos vivir de la música. Lo hacíamos porque nos gustaba y lo disfrutábamos. Pero cuando ampliamos el repertorio fuimos a dar a Casa Buena Vista, hoy Cine Tonalá, un lugar consagrado a la salsa que los miércoles tenía un espacio para bandas de jazz. Estábamos entrenados para dar ese salto. Se trataba de otro tipo de público y el reto era mayor. Así que notamos que a la gente le gustaba nuestro sonido. No éramos muchos haciendo swing o gypsy jazz en ese momento. Así que era algo que nos motivaba a seguir y a perfeccionar nuestro sonido.

¿Pero aún no se daban a conocer como Periné?
No, éramos la banda sin marca. Lo del nombre se dio para un concurso de la Alianza Francesa en 2008. Debíamos tener alguna referencia ligada a un compositor francés, algo que estuviese relacionado con Francia. El nombre viene ligado a ese concepto que, de alguna forma, llegó. Santiago estaba leyendo las partituras y algo de literatura de Michel Houellebecq y se encontró con la palabra periné. Le llamó mucho la atención y la apropiaron.

¿A usted le gustaba?
Al inicio yo no estaba de acuerdo, me parecía un hueso. Pero ellos insistieron y cedí, siempre y cuando le agregaran un acompañante, algo que la contextualizara, pues estábamos haciendo swing y en los eventos que comenzamos a tocar llamamos la atención porque les parecía sofisticado.

Ese concurso de la Alianza Francesa les abrió muchas puertas y supongo que les generó cuestionamientos sobre su futuro…
Ese fue el primer gran concierto. Ahí había muchísimas personas. Se quedó gente afuera y todo. Luego participamos dos veces. También en el Festival de Jazz de la Libélula Dorada. Fue muy bonito porque contábamos con un formato muy acústico. Contrabajo, guitarras, flautas. No teníamos baterías ni guitarras eléctricas. Era muy chévere la respuesta de la gente. Eso nos motivó mucho y nos llevó a cuestionarnos si éramos una banda, profesionalmente hablando.

¿Lo eran?
Estábamos compenetrados. Cada ocho días teníamos que tocar para diversos eventos y eso hacía que sonáramos mejor. Pero ya no eran matrimonios, sino otro tipo de eventos, festivales, bares. Por ejemplo nos contrató la revista Dinero para tocar en la entrada del coctel de las mejores empresas del 2010. La bola de nieve creció demasiado rápido.

Catalina García. Foto: Ricardo Pinzón.

¿Confiaba en su talento como cantante o se confrontó por no ser músico profesional?
Al inicio fue muy complejo. Yo no me sentía cómoda, pues no estudié música y para mí eso era sinónimo de que no podía cantar a nivel profesional. Una cosa era ir a fiestas en casa, otra, en un escenario con todas las de la ley. Tenía mucho miedo cuando cantaba en escenarios. No quería estar bajo la lupa de esas personas que estudian música y me miran de forma muy crítica. Acá la gente es muy dura.

¿La crítica interna, supongo, la fortaleció?
Santiago siempre fue muy crítico conmigo. Me decía que afinara o que mi voz no sonaba como debería. En una época fue una crítica muy dura que casi me gana. Al final me ayudó mucho a mejorar y pude comprender la música y las observaciones que me hacía de forma constructiva. Logré comprender mucho de música sin haberla estudiado.

¿Qué pasó con la carrera de antropología?
Iba en séptimo semestre cuando la cosa con Periné se puso más seria. Tenía menos tiempo y menos ganas para la carrera y llegó un punto donde la antropología se volvió inútil en la universidad. Donde sentía que había mucho relleno y solo leía y hacía reseñas. En ese punto me confronté si había tomado la decisión correcta estudiando eso. Fue difícil, pero tenía que tomar decisiones.

En ese proceso de crecimiento del grupo, ganaron un prestigioso concurso: Redbull el ensayadero. ¿Era el salto que esperaban?
Gracias a ese concurso fuimos invitados al Estéreo Pícnic de 2011, que fue una experiencia complicada y para el olvido.

¿Algo bueno les dejó ese evento?
Lo interesante fue que eso nos obligó a crear un concepto y armar una banda más sólida que un ensamble acústico.

Explíqueme un poco eso de crear un concepto…
Sí, a desarrollar mucho más el que teníamos, a reforzarnos desde lo musical y lo estético. Pues de qué forma íbamos a quedar enormes con cuatro instrumentos acústicos, de cuerda: contrabajo, guitarras, viento. Ahí le metimos batería para reforzar el tema del swing y la música latina. Trabajamos el aspecto estético y escenográfico que lo hizo una amiga que le encantó nuestro concepto y nos apoyó. La balsa se convirtió en un barco.

¿Se arrepiente de lo que pasó en ese festival?
Jamás. Prefiero que me cierren las puertas y que mi talento y mi música sean los que me las abran, no la rosca ni los amiguitos. Aquí los músicos han pagado caro el precio de tocar gratis, de no exigir por su talento, de vivir arrodillados ante cuanto empresario aparece con una oferta mediocre y de no ser conscientes de lo que es el oficio como trabajo y que debe ser no solo bien remunerado, sino bien tratado.

¿Me da a entender que a las bandas locales, sobre todo cuando están empezando, las tratan como si fueran de segunda categoría?
Totalmente. Es una pena y una vergüenza todo lo que he visto y lo que nos ha tocado sufrir en ese sentido. En Europa las condiciones son más equitativas y los artistas están juntos sin categorías o castas. Mientras que aquí los artistas se restringen. Aquí en los festivales se divide a los colombianos, en este cuchitril y los internacionales por otro lado, con mejores condiciones. Y es un fenómeno que se ve en la radio y en varios medios cuando lo que debería importar es la música.

Esto me recuerda al cartel de Estéreo Pícnic 2017 donde a Totó la Momposina no se le da la misma importancia que a The Strokes, por ejemplo…
Exacto, es irónico. Estamos en Colombia. No puedo creer que pasen cosas como que se deje de lado la construcción coherente del artista frente al público y se consolide la desinformación cultural para que lo que se comunique les guste a los millennials que pagan por ir a esos eventos, dejando de lado la relevancia histórica de un nombre como el de Totó. Es lamentable.

Sé que viene un tercer disco en camino. ¿Se van a mantener independientes o caerán en las manos de alguna disquera?
Eso no va a pasar. Nunca vamos a perder el control de nuestra música por firmar con una disquera.

¿Sabemos trabajar en equipo en Colombia?
No, yo creo que trabajar en equipo donde el arte esté presente es muy complejo. Porque hacemos, por un lado, arte para la masa, o sea, para entretener.Y por otro está la necesidad del individuo de romperse, de hablar. Además, el trabajar en equipo incluye mucha confrontación. Acá somos muy envidiosos.

JACOBO CELNIK
FOTOGRAFÍA: RICARDO PINZÓN
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 59 - DICIEMBRE 2016

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