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¿Cuál tecnología le asombra?

¿Qué pensaría Einstein si hubiera conocido un iPhone, un aparato superior al computador?

GUSTAVO ESTRADA
Perdimos la capacidad de maravillarnos. Nos fastidiamos cuando la señal en la comunicación es débil y escuchamos con dificultad al amigo que nos habla desde otra ciudad, quizás a millares de kilómetros. En cambio, sí pasamos por alto los prodigios de la ciencia que están ocurriendo cuando la línea funciona a la perfección y charlamos sin interrupciones por largo rato.
“Deberían avergonzarse aquellos que utilizan las maravillas de la ciencia sin asombrarse, como si fueran vacas que, ignorantes de la botánica, consumen plantas para alimentarse”, dijo hace casi nueve décadas Albert Einstein, el autor de la teoría de la relatividad.
Comparándola con los desarrollos actuales, la tecnología de los años treinta estaba en pañales. ¿Qué pensaría el gran físico si hubiera conocido un iPhone o un Galaxy, que, del tamaño de una libreta, tienen una capacidad superior a la del computador que controló el primer viaje a la Luna y hoy, en el Museo de la Nasa en Houston, ocupa un edificio del tamaño de una catedral?
Con frecuencia me pregunto por el equipo o máquina que, dentro de la lista interminable de descubrimientos, podría haberle causado la máxima admiración a los humanos en el momento de su aparición. ¿Cuál sería su voto, amable lector? Yo me inclino por el avión. Solo imaginémonos la fascinación que debió experimentar la gente de hace ciento y tantos años cuando inesperadamente pasaba volando por encima de sus cabezas, quizás a poca altura, un aparato metálico movido por una hélice y generando un extraño ruido.
La primera avioneta debió ser una sensación aún más espectacular que cualquier otro prodigio posterior de la aviación moderna. Hasta finales del siglo XIX, la gran mayoría de la gente pensaba que el hombre jamás ‘volaría’. Nunca pregunté a mi abuelo (1878-1970) por los pensamientos que rondaron su cabeza cuando un aparato extraño pasó por encima de su pueblo por primera vez. Como las noticias viajaban mucho más lentamente que los aeroplanos, quizás en su juventud él ignoraba que tales máquinas pudieran existir. Más de uno de sus contemporáneos pudo pensar que se trataba de naves extraterrestres.
A diferencia de mi abuelo, quien de niño seguramente jamás presagió la aparición de vehículos voladores, hay otro desarrollo tecnológico que sí se anticipaba pero que yo jamás pensé que presenciaría. A finales de los ochenta, algún grupo de investigadores en Hamburgo (Alemania) estaba trabajando en dispositivos que deberían instalarse en todos los automotores y que recogerían los datos de su localización, velocidad y destino en un procesador central. La información así recolectada generaría instrucciones sobre las rutas que seguiría cada vehículo con el propósito de ‘optimizar’ el flujo del tráfico colectivo. ¡Extraordinario!, pensé entonces.
Para aquella época, la tecnología de GPS (Global Positioning System, por sus siglas en inglés), en la que se basaría el proyecto alemán, ya existía, pero su orientación principal era hacia propósitos militares. La masificación posterior a comienzos del siglo XXI para utilización individual requirió de la integración de numerosos desarrollos adicionales que permitieron su utilización en los teléfonos celulares.
Yo me maravillo en cada ocasión que utilizo este portento para encontrar una dirección. Varios satélites y no sé cuántas leyes de la física, incluida la teoría de la relatividad, así como las más complejas formulaciones matemáticas intervienen cuando un teléfono inteligente nos dicta las instrucciones para llegar a algún destino.
Creo pertenecer a una minoría. Hace poco compartí con alguien mi fascinación con esta ‘magia’ de la inteligencia humana. Mi amigo, que era bastante simplista, me dijo en tono burlón: “Usted se asombra porque ha manejado tecnología, ha utilizado lenguajes de programación y le inquieta el funcionamiento de las cosas. Por mi lado, entiendo muy bien cómo trabajan los mapas en mi teléfono: les doy la dirección a donde necesito llegar y el aparato me devuelve las instrucciones correspondientes. Si anoto mal la dirección, el sistema no funciona. Yo no me maravillo con una cosa tan sencilla”.
En silencio, recordé entonces la metáfora de las vacas y la botánica. ¡Cuánta rabia me daría ser comparado con un rumiante! ¡Y, ni más ni menos, que por Einstein!
GUSTAVO ESTRADA
Autor de 'Hacia el Buda desde Occidente'
GUSTAVO ESTRADA
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