Editorial: La caída de un puente

Editorial: La caída de un puente

Este episodio debe recordar a quienes se dedican al turismo las responsabilidades de seguridad.

10 de enero 2017 , 09:15 p.m.

 La moraleja de la historia del colapso del puente colgante en la vereda El Carmen, de Villavicencio (Meta), es la peor de todas: el poco valor que le conceden a la vida ciertos colombianos. Por una parte, resulta increíble que los dueños del predio La Esperanza no hayan considerado las voces de alerta que en las últimas semanas advirtieron –teniendo en cuenta el enorme crecimiento del turismo en el sector– que podía suceder lo que finalmente sucedió: siete personas murieron y 13 terminaron heridas. Por otro lado, es de no creer la información según la cual algunos de los excursionistas que cruzaban el puente se pusieron a balancearlo antes de que se viniera abajo.

Ni respeto por la vida ajena ni por la propia. El trágico y desde luego lamentable episodio, que deja una serie de traumas y de testimonios dolorosísimos –entre ellos, el del padre que declaró que habría preferido morir con el resto de su familia en vez de haberse agarrado a tiempo para no caer al vacío–, debe recordarles a quienes se dedican al turismo sus gigantescas responsabilidades en cuanto a la seguridad de sus clientes y, también, prender las alarmas sobre puentes semejantes que se encuentran en los diferentes parajes del país: “Esos puentes colgantes no soportan todo el peso que les ponen, solo los sostienen tablas y cuerdas podridas y, fuera de eso, cobran 2.000 pesos para poder transitar y llegar a los caños, pero nunca les han hecho mantenimiento”, dijo el presidente de la junta de acción comunal de la vereda, Miguel Caro.

Corresponde a las autoridades llevar a cabo una investigación que dé luces sobre este terrible episodio –se espera el informe del CTI y de la Sijín de la Policía Metropolitana–, pero, mientras la justicia completa los vacíos de la historia, resulta importante hacer el duelo por esas familias que perdieron a sus miembros en el final de las vacaciones y emprender una cruzada por un turismo responsable con el medioambiente y con los viajeros de todas las partes del mundo que quieren ver Colombia con sus propios ojos; un turismo, mejor dicho, que respete al máximo la vida.

EDITORIAL

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