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Condón enfundado, goce compartido / Sexo con Esther

Estudios explican por qué a los hombres no les gusta usarlo, pero por encima está el respeto mutuo.

ESTHER BALAC
Los hombres –y eso no es una novedad– echan mano de cualquier excusa con tal de zafarse los condones de sus astas, hasta el punto de que la creatividad que les falta a la hora del polvo parece compensarse para justificar su plena desnudez.
“Que el placer es menor”, “que me baja las ganas” y hasta “porque te amo y confío ciegamente en ti” son una muestra de estas disculpas.
Embustes, porque detrás de esa apatía se esconde una laxitud frente a los riesgos que conlleva el catre, solo comparable a la del látex al que le sacan el cuerpo.
En otras palabras, el cerebro pierde ante las hormonas que se encargan de aceitar la maquinaria inferior masculina que, ya encendida, funciona en automático y sin reversa, donde el prosaico condón ni siquiera alcanza a subir a la cama.
Pero el asunto no es llover sobre mojado respecto a este tema, ni tampoco volver a criticarles su desdibujada cara de machos cuando nosotras les exigimos que se instalen un preservativo que sacamos de nuestras pertenencias, sino decir que este rechazo al sexo seguro se les multiplica cuanto más atraídos se sientan por la mujer con la que se quieren acostar.
De acuerdo con un estudio, publicado en ‘British Medical Journal’, el comportamiento sexual tiende a ser irracional cuando se trata de evitar contagiarse de una enfermedad de transmisión sexual, y sugiere que los hombres son mucho más imprudentes si para “lograr” el polvo tuvieron que esforzarse en razón de que deseaban mucho a una mujer a la que consideraban casi inalcanzable.
Aunque algunos no tardan en relacionar esto como una trampa de la evolución para garantizar la continuidad de la especie, personalmente considero esta fría explicación como otra disculpa de corte machista, porque nos ubica (a todas las mujeres) sobre el catre como meros elementos pasivos sujetos al ímpetu testicular que nos toma como un trofeo. Nada de eso.
Pues bienvenidos sean los estudios, pero por encima de ellos está la imperiosa obligación de respetar a la contraparte.
Aquí no hay excusas, señores: si las ganas los dominan, es mejor que las liberen un poco con lo que tengan a la mano, antes de que se les borre la entendedera y nos induzcan a compartir sus riegos.
Déjense de tonterías y entiendan que con el condón enfundado, nosotras disfrutamos más. Hasta luego.
ESTHER BALAC
Para EL TIEMPO
ESTHER BALAC
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