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12 de noviembre 2016 , 02:35 a.m.

La danta ya casi no viene. El caimán negro no se deja ver. El pájaro jirai, que con un silbido anuncia que es hora de arrancar el chontaduro, aparece cada vez menos. El sol alumbra más temprano y más intensamente, así que solo se puede trabajar en la chagra (parcela) entre las 6 y las 11 de la mañana. Después de esa hora, la temperatura supera los 40 grados y el calor es el puro infierno. Un fogón en la espalda.

Cosas raras han pasado en los últimos años con los ciclos del clima y la naturaleza en las selvas del Putumayo. Por eso, los muruis muinanes se vieron obligados a modificar su calendario ancestral, el mismo que durante siglos los ha alertado sobre la llegada del invierno y el verano y les indica los días más productivos para la siembra o la caza, o la hora exacta en la que deben celebrar sus rituales.

Un calendario para enfrentar a ese monstruo llamado cambio climático, que ellos no terminan de entender. El clima, que siempre ha sido su aliado, ahora parece el enemigo.

“Todo lo que está pasando es el resultado del abuso a la Madre Tierra. El Padre Creador nos dio todo, pero la humanidad ha actuado con maldad”, lamenta Pablo Nofuya, la autoridad de Lagarto Cocha, una de las 23 comunidades del pueblo Múruy Muina en Puerto Leguízamo, Putumayo.

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