Ágatha Ruiz de la Prada: la reina de corazones

Ágatha Ruiz de la Prada: la reina de corazones

La diseñadora española habló con BOCAS sobre su trayectoria y su marcado estilo.

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10 de octubre 2016 , 08:30 a.m.

Si usted dice que no sabe qué hace Agatha Ruiz de la Prada, está mintiendo. Tal vez no reconozca su nombre, pero con toda seguridad ha visto sus productos, que desde principios de la década de 1990 salieron de España para tomarse el mundo. Colores brillantes, corazones, vestidos imposibles, zapatos divertidos, perfumes. Lo que usted se imagine ha sido “agathizado”: chimeneas, puertas blindadas, pasteles, collares de perro, muñecas Barbie, encendedores Bic, lavadoras y aspiradoras, relojes Swatch, cubos de caldo Maggi, condones, vestidos para jamones y ataúdes. Hasta la artista Orlan, la camaleónica, ha sido “agathizada”.

La Reina de Corazones nació en Madrid, pero cuando era pequeña vivía entre Barcelona, de donde era la familia de su madre, y Madrid, de donde era la de su padre. Es la mayor de cinco hermanos que, dice, nacieron de milagro, porque sus padres nunca se llevaron bien. En la casa de sus abuelos catalanes –los más monárquicos– pasaba temporadas de fiestas interminables que ofrecía su abuela. Era un palacio lleno de jardines y libros, que incluso recibió por seis meses al rey de España cuando era joven. Dice que esa vida era como un cuento. Su residencia en Madrid, la de su padre, era “la más moderna de todo Madrid”: un apartamento en un noveno piso con una colección tremenda de arte contemporáneo, dos piscinas y césped.

Odiaba el colegio. Era pésima estudiante. A los quince años se marchó a París y allá encontró la libertad. Luego volvió a Barcelona a estudiar, pero detestó su universidad y prefirió ser autodidacta.
En 1981, a los 21 años, cuando ya era una de las caras de la Movida Madrileña –la eterna fiesta que celebró la transición de una España franquista hacia un país que bullía con las libertades de la juventud– realizó su primer desfile en Local, “el lugar más ‘guay’ de todo Madrid”, y se convirtió en una precursora del diseño español, como lo ha afirmado un par de veces Carolina Herrera. Diarios internacionales como The New York Times celebraron su entusiasmo.

Ágatha Ruiz de la Prada. Foto Camo.

Desde ese momento, desde ese primer desfile, todo fue cuesta arriba. Sin embargo, algunas tiendas que encargaban sus productos no le pagaban y se vio en varios aprietos financieros. “Yo sabía que no tenía que trabajar para comer. Fui afortunada. Pero la pesadilla es deber dinero”.

Así fue como apareció en la década 1990 El Corte Inglés, la mayor tienda por departamentos de España, y le encargó una línea infantil que en un principio la molestó y que, luego, no solo la liberó de deudas, sino que la catapultó a la fama. “Fue un exitazo morrocotudo”, dice. Sus productos están allá desde entonces. Eso sí, todos licenciados: ella está detrás del concepto, lo controla, diseña, pero el producto lo hacen empresas especializadas en tazas, sábanas, toallas, lo que sea.No hay muchos datos –la firma es celosa con la información–, pero en 2010 la marca, que vende en más de 120 países, generaba alrededor de 300 millones de euros en todo el mundo.

Su verdadero nombre es Águeda Isabel, por su bisa-buela Águeda, pero desde siempre le han dicho Agatha, un nombre prohibido en la época de Franco. Sin embargo, cuando se presentó a las elecciones por los verdes –porque es una activista furiosa de la ecología– se presentó como Águeda y dice que nadie votó por ella porque no reconocían el nombre. Luego se cambió del todo a Agatha y así es como figura en los documentos de identidad oficiales.
Es la XII marquesa de Castelldosríus Grande de España y la XXIX baronesa de Santa Pau, títulos por los que tuvo que pelear legalmente, ya que durante muchos años no hubo igualdad entre hombres y mujeres respecto a los derechos para heredar títulos nobiliarios. Su pelea –no solo suya, sino de muchas mujeres- cambió la historia y le ganó uno que otro enemigo, cosa que le tiene sin cuidado.

Desde hace treinta años vive con el periodista español Pedro José Ramírez, director del diario El Español, a quien conoció en un aeropuerto y desde siempre ha llamado Pedro Jota. De esa unión nacieron Tristán y Cósima, que siempre viste de Agatha y que está metida de cabeza en la empresa de su madre.

En el 2011 se cumplieron treinta años de su primer desfile y para celebrarlo creó la Fundación Agatha Ruiz de la Prada, con la que se ha dedicado a hacer exposiciones y libros, trece hasta la fecha (casi tres libros al año). En 2015 viajó nueve veces a América Latina, ocho a París, cinco a Estados Unidos, una a China y realizó once exposiciones individuales. Dice que ha tenido suerte, pero lo cierto es que no para, no ha parado desde 1981. El trabajo es su manera de huir de la tristeza.

Cuando viaja para montar desfiles a veces tiene que llevar los vestidos de la nueva colección en su propia maleta, pero trajes como el de aro, los caramelos, el traje espiral, el de jaula, el de estrella o el de michelines ya son piezas de museo.

Cuando tenía dieciocho años pasó cuatro meses en su casa de campo leyendo todo sobre la Bauhaus, “hasta los papeles de la lavandería”. Dice que su primer viaje a Nueva York, cuando conoció las obras de Rothko y Lichtenstein, le cambió la vida. Recuerda con cariño la vez que llegó veinte minutos antes a la inauguración de una exposición de Murakami en el Guggenheim de Nueva York, lo que resultó en un recorrido privado con el artista por todo el museo. Cree en la democratización de la moda, pero en lo intelectual “de Proust para arriba”. Dice que les tiene miedo a muchas cosas, pero que ha superado de a pocos el miedo a los aviones y que ha aprendido a estar sola. El pelo corto de su juventud lo cambió por unos rizos cobrizos que mantiene perfectos y no usa maquillaje. Dice que a sus 55 años no puede sostener el mismo ritmo de trabajo que cuando era joven, pero al hablar con ella uno pensaría lo contrario, pues tiene una energía infinita, es inquieta, no mantiene la misma posición durante mucho tiempo –cruza las piernas, las descruza, mira para un lado y otro, es claro que su cabeza no descansa–, tiene una memoria aterradora y los ojos todavía le brillan como en la fotografía suya que publicaron en los ochenta en The New York Times.

¿Cómo es eso de que cuando pequeña cruzaba la frontera para contrabandear cosas de París?
Era en la época de Franco, que se murió cuando yo estaba en París, adonde me fui a los quince. Me acuerdo que fue la foto del año, porque fue una cosa tremenda lo de Franco. Cuando éramos pequeños, España estaba cerradísima y cruzar la frontera era una aventura morrocotuda: te abrían el coche y salías a comprar una o dos tonterías, como queso y galletas.

¿Cómo fue crecer en la dictadura?
La familia de mi madre era muy monárquica. En esa época el rey –o a quien ellos llamaban el rey– don Juan vivía en Estoril, en Portugal, y tenía una pequeña corte de diez o doce personas que lo mantenían. Mi abuelo hacía parte de esa corte y daba, no tengo idea cuánto, pero imagínate que fueran unos trescientos mil o quinientos mil euros al año. Cada cierto tiempo se iba “de servicio” a trabajar como secretario del rey. Se turnaban esta labor entre quienes hacían parte de la corte. Era una vida divertida, sobre todo porque eran los últimos coletazos del régimen y en mi casa no los sentí nunca. Al revés, en mi casa en Madrid tenía unos vecinos que eran los Garrides, que eran como los Kennedy españoles. Era una casa donde pasaba de todo: Santiago Carrillo, jefe del Partido Comunista, no podía entrar a España, pero entraba y cenaba en casa de estos en una cena para cien personas. No tuvimos la sensación de falta de libertad en lo absoluto.

Usted tiene varios títulos aristocráticos. ¿Cuál es la vigencia de la aristocracia hoy en día?
En mi familia se decía que cada familia tiene un tema de conversación. Por ejemplo, yo vivo con un periodista y él desde pequeño hablaba en su casa de política. La política de una mierda de sitio que se llama Logroño, pero hablaban de lo que decía el alcalde. En mi familia se hablaba poquísimo de política. Hay otras familias que son familias de guapos –y yo conozco familias de guapos–, en las que dicen: “¿Has visto qué guapa está no sé quién? No, pues está menos guapa que su tía tal, pero un poco más guapa que no sé quién”. O los ricos, a los que solamente les importan los otros ricos no más, todo lo demás se las sopla. Son temas. Y está la gente del mundo de la aristocracia. Por ejemplo, el otro día me encontré con una señora que es de las más ricas de España, estábamos hablando de Cayetana y esta señora me dice: “Cayetana creía que ser duquesa de Alba era lo más importante del mundo”. Yo le dije: “Oye, ¿es que a ti qué cojones se te ocurre que es más importante que ser la duquesa de Alba?”. A mí no se me ocurre nada. Cayetana creía que era la pera y yo estoy completamente de acuerdo con ella. Puedes ser muy rica, pero no eres la duquesa de Alba. Son cosas que te hacen efecto. Como un tío que conozco que compró un equipo de fútbol. No se me ocurre qué coño se puede hacer con un equipo de fútbol. Los títulos son lo mismo, hacen efecto en la gente. Cayetana pensaba que ser la duquesa de Alba era lo mejor del mundo, y yo la verdad que estoy bastante de acuerdo con Cayetana en ese sentido. Además, hacía lo que se le daba la gana. No como Kate Middleton, que es todo y no puede hacer lo que se le dé la gana.

Usted ha dicho varias veces que quería era ser pintora, ¿qué pasó con eso?
Yo quería ser pintora porque mi padre me llevaba a todos los estudios de pintura y conocía a todos los pintores, todas las galerías. Había una galerista en España que se llamaba Juana Mordó, que es la mejor galerista que ha habido en España. Esta señora era muy amiga nuestra y mi padre empezó a comprarle, pero no tenía mucho dinero, entonces compraba a plazos. Compró un cuadro de uno que se llama Antoñito López por cien mil pesetas y luego lo vendió por 120 millones de pesetas. Mi padre hasta un coche lo compraba por un precio y lo vendía más caro. Ahí empezamos. Yo conocí a muchos de los pintores del grupo de Cuenca y en la época de la adolescencia me di cuenta de que el mundo de la pintura es un mundo para sufrir, porque si tú no eres el top, top, lo pasas criminal. En Colombia está Botero, que además es un tío generoso, pero ya el segundo nivel y el tercero, ya es nada. Es una vida muy desagradable. Para mí el top, top, top son Damien Hirst y Jeff Koons y Richard Serra y cinco más. No hay más. Todo lo demás es bullshit.

Ágatha Ruiz de la Prada. Foto Cortesía.

¿Y el mundo de la moda no es así de duro?
La moda te da muchísima seguridad en ti misma. Primero, siendo chica vas a tener trajes gratis toda tu vida y es muy divertido. Luego hay una cosa muy importante de mi trabajo, que es el trabajo de equipo, porque un pintor está solo en su estudio, en cambio, en este trabajo estás entre la gente que te llama por que no sé qué, que la tela, que el corte, que la modista, no te puedes deprimir porque es imposible.

Habla mucho de asociar el negro con la depresión. ¿Ha tenido depresiones?
Yo vengo de una familia complicada. Por el lado de mi familia Well, la de mi madre, había algunos que estaban bastante mal de la cabeza. Los hermanos de mi madre no han trabajado ni un día de toda su vida, ni mi abuelo, ni mi bisabuelo, y al no trabajar, te comes mucho el coco. Mi madre fue una mujer que tuvo unas depresiones morrocotudas, entonces yo veía el ejemplo de mi abuela, que era muy positiva, y luego el ejemplo de mi madre. Por eso creo que el trabajo es lo mejor del mundo contra la depresión. Mi vida ha sido siempre una lucha para que no me pasara lo de mi madre.

Por eso está en movimiento constante…
Mi trabajo puede parecer una tontería, pero es una guerra constante, contra todo, y todas esas cosas hacen que sea prácticamente imposible deprimirte. Y luego me he dado cuenta de que lo empresarial también tiene un truco buenísimo contra la depresión, porque tú estás pensando en cuánto has facturado y no tienes tiempo para más. Hay una serie de trucos en la vida: tú te levantas, haces gimnasia, le das a no sé qué, le das al estudio, te pones tal, ya no te deprimes. A mi madre, cuando se estaba muriendo de depresión, le decía: “Coño baja los libros y los ordenas”.

¿Qué tiene que ver el color?
Todo esto es una estrategia. Y el color es otra estrategia. Si diseñas tu vida para, digamos, ser feliz, pues eres feliz. Si has de tener una enfermedad espantosa o te atropella un camión, no puedes hacer nada, pero si tú te diseñas tu vida para ser feliz, acabas siendo feliz. Mi abuela, por ejemplo, siempre estaba haciendo punto, la pobre, hacía miles de millones de ejercicios a todas horas. No tenía por qué, pero tenía mucha disciplina, y ni un segundo de su vida estuvo deprimida. En cambio mi madre, que lo tenía todo, era guapa, era rica, era todo, y, pobrecilla, lo pasaba criminal.

Usted quería empezar en el mundo de la moda trabajando con el diseñador español Jesús del Pozo, pero no lo logró.
Estuve en una escuela en Barcelona que no me gustó nada, era mala estudiante y había mucho follón. Me fui a Madrid e intenté trabajar con Jesús del Pozo. ¡Gratis! Pero me dijo que no, y eso que tenía un contacto buenísimo. Me dio una rabia tremenda. Ahí me fui a trabajar con uno que era de la Movida Madrileña, un personajazo que se llamaba Pepe Rubio, un tío que medía 1,90 y tenía el pelo teñido, que llevaba unas hombreras gigantes, iba en shorts –¡en esa época!– y con botas de pescar. Éramos los dos, era una cosa superácrata, divertida. Era una locura. Luego vino una socia suya y me dijo que hiciéramos nuestra cosa aparte. Y ahí hice mi primer desfile en Local, el sitio más fantástico de la ciudad.

¿Cómo fue ese primer desfile de 1981?
La bomba. Una de las mayores emociones de mi vida. Lo bueno de lo mío es que hay unos momentos de tal, tal, tal subidón… Eso no lo consigues con nada. Es un desfile del que estoy muy orgullosa, lo firmaría hoy en día, cosa que no siempre pasa. Estaba lleno de colores fuertes, te lo podría dibujar.

¿Ha tenido otro momento como ese?
El desfile en París de 1994. Otro momento de tal subidón. Ese no se me olvida en la vida. Salí a la calle, estaba debajo de lo que ahora es el Palais de Tokyo –el museo de arte moderno de la Ville de París–, estaban el Sena y la luna llena, y pensar que yo estaba, que ahí estaba la torre Eiffel, yo desfilando ahí. Si en esa época facturaba cien, me gasté 150. Hasta cogimos un avión lleno de amigos… Fue la pera.

En la época de ese primer desfile, en los ochenta, estaban pasando muchas cosas en España: la muerte de Franco, la Movida Madrileña…
España se puso muy de moda y de repente todos los periodistas del mundo llegaron a España para hablar de España. Gente de The New York Times, de Newsweek, de National Geographic. Había ocho personajes principales, y tuve la suerte de colarme ahí. Y entre esos estábamos los cuatro aes: Almodóvar, Alaska, Agatha y Alpuente. Siempre nos entrevistaban. Yo salí en The New York Times como en el año 83 u 84, a página entera. En esa época era importante la prensa, no había estos follones de Twitter.

Ágatha Ruiz de la Prada. Foto Cortesía.

Por esa época conoció a Andy Warhol…
Yo hice mi desfile en 1981 y en 1983 o 1984 tuve la suerte de exponer en la galería de Fernando Vijanda, que era lo más de Madrid, la más moderna del mundo, quedaba en un garaje en el barrio más clásico de Madrid. Ahí hice la última exposición del verano y la primera del invierno era de Andy Warhol. Claro, yo estaba ahí como si fuera mi casa, y un día llegó Andy Warhol y “Madrid era una fiesta”. Estuve toda la semana metidita en el grupo de Warhol, que llegó con toda su corte. Warhol era como de plástico, como de cera. Una vez lo hicieron ir a una fiesta de esmoquin, pero debajo llevaba los vaqueros. Todo el tiempo tomaba fotos. Era como de mentira con su piel blanca y llena de agujeritos. Era muy artificial. Pero si me preguntas, de los grandes genios del siglo XX, los que quedan, Picasso y Warhol, porque son los dos que cambiaron la historia. Para mí Warhol fue muy importante.

¿Qué otra influencia tiene? Tiene un vestido de Dalí…
A mí Dalí no me gusta nada, en principio. Me ponía nerviosísima, me daba grima, me espantaba. Pero luego leí un libro que contiene las cartas de amor de Paul Éluard a Gala, que es lo más sexi. Y a partir de eso hice un desfile sobre el surrealismo. Pero en realidad nunca me ha gustado Dalí.

¿Cómo eran esas míticas fiestas en la calle Marqués de Riscal?
Los “Jueves”. Eso fue un poco más tarde. Todos los jueves del año daba una fiesta. Todos. Era genial. Yo tenía una tienda que estaba en un primer piso de la calle Marqués de Riscal y todos los jueves desmontábamos la tienda y hacíamos una exposición. Al principio teníamos un sponsor que era muy bueno, que era Tanqueray, y poníamos unas mesas increíbles con cocteles de todos los colores: amarillo, naranja, rosa, verde, azul. Mi mejor amiga, que la adoro, descubrió que si se tomaba dos colores caía escaleras abajo, no se mataba de milagro. Fueron muchos, muchos, muchos jueves y ahí pasaba de todo. Dejaban la tienda destrozada. He heredado de mi abuela lo de las fiestas. Había mezclas: el más rico, el más pobre, el más hippie, el más esnob, gente de provincia… Luego teníamos temas para cada jueves. Una vez fue una que pintaba tan mal que yo dije “no puede ser”, y lo que hice fue coger todos los cuadros y los escondí debajo de papel de regalo: para ver la exposición tenías que descubrir cada cuadro y luego volverlo a esconder.

¿Extraña esos años?
Yo acababa reventada. Imagínate que tú hablas una noche, a tope, con cien personas, te tomas un poco de trago, y luego te vas a cenar con alguien y te viene un bajón que no te puedes imaginar, o sea, de ahí tendrías que ir directo a la cama porque era demasiado bestial. Y luego, al día siguiente, teníamos que volver a montar la tienda. Imagínate el desorden y el follón.

Entonces, ¿lo extraña o no tanto?
Bueno, ahora estoy volviendo a hacerlo, lo han cogido mis hijos y estoy empezando a hacer “Jueves”, pero ya no es tan salvaje.

¿De dónde salió la idea del vestido de aro que la lanzó a la fama?
Una vez tuve un patronista genial, que hacía diseños geniales –su hermano ahora es el cónsul de España en Nueva York– e hizo ese patrón, que fue la pera. Y ese patrón lo he perdido y lo he intentado hacer mil veces y nunca ha quedado como es. Es un aro de plástico. Un vestido que tiene mucho movimiento. Me lo he puesto mil veces. Es el traje más bonito del mundo. Ese fue el traje con el que salí en The New York Times.

¿Y cuál fue la siguiente gran idea?
Unos de los trajes más bonitos que he hecho en mi vida fueron los taca-taca. A los niños en España les ponen una cosita con ruedas para que aprendan a caminar, un caminador, esos son los taca-taca. Hice muchos. Entonces iba a fiestas con mi traje y con ruedas. Y claro, tú vas a una fiesta con ruedas y la gente flipa. “Coño, ¿esta tía qué cojones hace con ruedas?”. Tienen mucho que ver con el concepto del arte contemporáneo: cuando vas a un sitio, tu traje es un happening. Alguna vez tuve una idea de un traje que era maravilloso: un traje lleno de bolitas que quedan en la fiesta luego de que te vas y así tu ausencia está en todas partes. Mucho más divertido que como se visten algunas mujeres hoy en día, que salen apretadas, con trajes que aparentan porque están llenas de complejos y creen que así van elegantes. ¡Eso qué va a ser elegante! ¡Es ordinarísimo!

Ágatha Ruiz de la Prada. Foto Cortesía.

Cuando estaba muy joven participó en un desfile de Vogue España con los “diez más grandes” de ese país. Era la más joven y la única mujer. ¿Sintió que era más difícil para usted triunfar por ser mujer?
Yo he sido siempre muy feminista. Me encanta Simone de Beauvoir, he leído los libros de casi todas las grandes mujeres y me apasiona el tema. El feminismo me entusiasma. Pero creo que he vivido en la mejor generación, en la que tiene lo bueno de la anterior –que te abran la puerta y te inviten a cenar– y en la que hicimos lo que nos dio la gana. Mi generación es el mejor momento de la historia. La siguiente generación a la mía le ha tocado mucho más pesado. En cambio, yo eso no lo he tenido, sino solo lo bueno, que es ir conquistando cosas como mujer y aprovechándome bastante de lo otro. He tenido suerte en eso.

¿En qué momento llegan los corazones?
En el colegio –toda mi vida– dibujaba. Siempre, siempre, siempre. Y siempre corazones. Pero el momento en que el corazón cristaliza es con el lanzamiento de mi primer perfume. Cuando hago mi primer desfile en 1981 me doy cuenta inmediatamente, por intuición, de que una marca necesita mínimo diez años para consolidarse. Así, saco el perfume en 1992, que me lo curro [lo trabajo] muchísimo. Entrego un montón de dibujos para el diseño de la botella y elegimos finalmente el corazón. En esa época no había tres dimensiones, pero me conseguí un loco que logró hacer el bote en tres dimensiones. Hoy sería chupao, pero en esa época era dificilísimo. Ese corazón fucsia es mi primer corazón. Luego tenía la ilusión de hacer sillas y le entregué cien dibujos al diseñador, y escogió el corazón. Luego a otro para otro producto, y escoge el corazón. Al final digo: “Pues hago el corazón y ha terminado la broma”. Es lógico, ¿no?

¿Todavía dibuja?
Antiguamente dibujaba. Ahora no sé dibujar, es una pena. Estoy perdiendo la mano, porque solo es ordenadora, ordenadora. Da pena, con lo bonito que era. Cuando empecé usaba muchísimo la pluma y escribía muchísimas cartas. Es que antes eran cartas y cartas, ahora todo es un email.

¿Qué tanto control creativo tiene sobre sus productos licenciados?
Mucho, mucho. El genio máximo de las licencias fue Pierre Cardin. Pierre Cardin se inventó un poco lo de las licencias, entonces él lo hizo fenomenal y empezó a ganar muchísimo dinero con sus camisas que alguien más hacía en China y vendía por el resto del mundo. Lo que creo es que él, que era muy buen diseñador, pasó completamente de controlar el producto a nada. En cambio, tú ves un producto Agatha, y puede que se me pase algo, pero lo ves y es un producto super Agatha. Si hago un cuaderno, lo hago yo. No estoy en la máquina haciéndolo, pero puedes reconocer cuando un cuaderno es mío.

¿Ha visto muchas cosas suyas pirateadas?
Hubo una época en España de boom Agatha Ruiz de la Prada. Fue brutal, algo que ni yo misma me explicaba. Un año fui a la feria Textil Hogar –una feria muy importante en Valencia– con un estand precioso y presenté unas toallas. Todo el mundo hablaba, que qué locura, que si se va a vender, que no. Entonces al año siguiente fui con una colección de toallas y de sábanas, ¡la pera! Al otro año, fui con trajes hechos de toallas y luego, al siguiente, hicimos una casa Agatha Ruiz de la Prada. Todo era Agatha, superbién hecho, muy limpio, muy Bauhaus pero Agatha. Llego al otro año, y después de años de sábanas beige veo que todos tienen sábanas y toallas de colores brillantes, corazones. Antes veía mi estand a quinientos metros, luego casi ni lo reconozco porque había tantos que lo copiaron. Coco Chanel jugó a que le encantaba que la copiaran, que no le importaba nada. Eso decía ella.

¿Y usted?
Le llamo homenaje cuando es una cosa de esas. Lo que pasa es que si un día me visto de sevillana, me visto de sevillana un rato, pero yo no voy a estar mañana y pasado vestida de sevillana. Y como es mi estilo, yo voy a seguir con lo mío y los otros se van a cansar. Al final, la gente que copia se cansa de copiar.

Además de Miley Cyrus, ¿a qué otros artistas ha vestido?
Yo he sido poco de eso. Ni siquiera sabía quién era ella antes de que apareciera con el vestido. Alguna vez, cuando hice lo del Éxito en Medellín, fui invitada por Aníbal Gaviria a un evento de modistas en una comuna. Y caminábamos y la gente salía por las ventanas con camisetas mías, con batas, me llamaban. Eso es llegar a la gente. A mí me impresiona mucho más eso que vestir a la princesa no sé qué, que es una petarda, que tienes que estar pendiente de si está flaca, de no enseñar el brazo. Eso no me divierte nada, a mí me divierte la democratización de la moda. El éxito de hoy en día es la repetición, que todo el mundo pueda vestir de lo tuyo. En eso, la verdad, fui bastante pionera, porque esto que estoy diciendo ahora, ya lo decía hace veinte años.

Pero esto del fast fashion ha hecho que la moda se vuelva desechable…
Hace unos años, España era el cuarto o quinto país en el mundo de la moda. Hoy, bien podría ser el primero y es por esto del fast fashion, porque quiere decir que mucha gente que jamás ha podido ir bien vestida –porque antes solamente podían ir bien vestidos los Santo Domingo– puede ir bien vestida. Y eso es un derecho genial.

¿Qué es el buen gusto para usted?
Mucha gente que tiene complejo social, inseguridad social, o social anxiety, como dice Alain de Botton, y esa es la gente que quiere ser elegante. Y los que quieren ser elegantes no entienden verdaderamente quiénes son los elegantes. Una chaqueta negra no te hace elegante. Y el dinero tampoco te hace elegante. Hay cosas, para mí, que sí son elegantes, como la música, que es intangible, o el arte, la buena cultura, la educación.

CAROLINA VENEGAS
FOTOS: CAMO
REVISTA BOCAS
EDICIÓN 53 - JUNIO DE 2016

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