Montaña rusa de emociones

Montaña rusa de emociones

La falta de herramientas para afrontar el llamado posconflicto hoy nos está pasando factura.

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09 de octubre 2016 , 08:09 p.m.

Cuando pensábamos que ya no podía haber más sorpresas, el Nobel otorgado a Santos volvió a activar esta montaña rusa de emociones de las últimas semanas que ha dividido a la mitad de electores entre la euforia y la depresión, sin estados intermedios. Según el jurado, es un premio al proceso más que al resultado y un apoyo para que el Presidente y el país no desfallezcan en el logro del acuerdo, a pesar de las dificultades. Sin embargo, ni siquiera el valor simbólico del Nobel puede ocultar los problemas de fondo que se hicieron evidentes con los resultados del plebiscito.

Quizás el denominador común que revelaron los hechos recientes fue la falta de preparación nacional para enfrentar la característica esencial de un proceso de paz, que es la sucesión –y a veces la coexistencia o la contradicción– de etapas conflictivas en el tiempo. Justamente por tratarse de un proceso, no podemos esperar un final feliz sino una serie de tensiones y de emociones contrapuestas que emergen durante un tiempo proporcional a la duración del conflicto armado. No quiero insinuar que necesitemos otros 52 años para aprender a vivir juntos –tal vez sí–, pero esperar una solución de cuento de hadas (festejo en Cartagena, plebiscito, Nobel o el que sea) es tan ingenuo como aspirar a que un grupo armado que no fue derrotado acepte pasar sus años políticamente activos en la cárcel.

En ese punto es donde cabe el término tan vapuleado de ‘pedagogía’, para pensar, desde el Estado y también desde la sociedad civil, qué significa asumir un proceso de paz, pero antes de eso, qué significa haber nacido y crecido en medio de la guerra y qué condiciones de inequidad y de exclusión forjaron esa guerra hace más años que los 52 del conflicto con las Farc. Sin asumir esa complejidad y esa responsabilidad colectiva en el discurso político, y también en el discurso empresarial, cultural y educativo, no entenderemos lo que implica negociar con enemigos ni aceptar tantas heridas reales y simbólicas que siguen abiertas y que explican los altibajos de estos días.

Tenemos que pasar por esto y temo que es solo el principio de una cadena de episodios que nos va a confrontar con nuestros duelos y a la que debemos hacer frente con actitudes distintas a las reacciones pasionales o a la ilusión de que será fácil resolver las diferencias. Ningún país garante, ningún Nobel y ninguno de nuestros supuestos líderes políticos, pastores o caudillos nos puede ahorrar las consecuencias de una guerra civil tan prolongada, y esas consecuencias son, justamente, el esquematismo para discutir y resolver cuestiones políticas como si se tratara de asuntos personales.

La falta de herramientas para afrontar el llamado posconflicto en los currículos educativos y en las acciones culturales hoy nos está pasando factura y quizás el eslabón que falta es ese vínculo entre ciudadanía e ilustración (lectura, información, expresión, discernimiento) que podría darnos contención racional y emocional y que no se construye de la noche a la mañana. El viernes 7, mientras se anunciaba el Premio Nobel, el ‘ranking’ de inequidad volvía a situar a Colombia entre los países más desiguales del planeta y necesitamos entender que esa inequidad no solo se refleja en la carencia material, sino en las carencias simbólicas, conceptuales y políticas que estamos padeciendo.

Si no entendemos que esa pobreza simbólica es –como ha sido durante tantas guerras nuestras– el caldo de cultivo para una ciudadanía manipulable a merced de publicidades engañosas, seguiremos repitiendo eso de las “estirpes condenadas”, que suena lindo en el realismo mágico, pero que refleja la falta de un proyecto político educativo y cultural para asumir estos años tan difíciles.

YOLANDA REYES

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