¿Están en guerra el islam y Occidente?

¿Están en guerra el islam y Occidente?

Más que una radicalización, lo que estamos presenciando es una islamización de sectores radicales.

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30 de julio 2016 , 09:00 p.m.

El degollamiento de un sacerdote octogenario en una población de Normandía, la reciente matanza en Niza –también en Francia– y el ataque de un refugiado afgano a los pasajeros de un tren en Alemania han profundizado el clima contrario a los musulmanes en Europa y Estados Unidos. Políticos y comentaristas demagogos insisten en cerrar fronteras, expulsar gente, investigar mezquitas y otras medidas, como incrementar los bombardeos sobre las zonas que controla el denominado Estado Islámico (EI). (Lea también: Matanza de Niza fue planeada desde hace meses y autor tenía cómplices)

La pregunta que surge es si el islam está en guerra con los gobiernos y sociedades de los países occidentales. Un sector de políticos y analistas responde afirmativamente, indicando que el islam es conceptualmente violento e intolerante hacia quienes profesan otros cultos o no son creyentes. Esa intolerancia se habría hecho más manifiesta y bárbara desde los atentados del 11 de septiembre del 2001. (Vea: Aniversario del 9/11: 400 fotografías de la tragedia, en un minuto)

Más recientemente, el surgimiento y la ofensiva en Irak y Siria del Estado Islámico (2014) y sus despiadadas acciones contra prisioneros confirmarían dos supuestos. Primero, que el islam ha lanzado una guerra contra Occidente. Segundo, que cada musulmán es un terrorista en potencia debido a la radicalización. Esos terroristas reales o posibles operan no solo en Siria, Irak, Turquía o Libia, sino también en Europa y Estados Unidos, donde inmigrantes o hijos de inmigrantes o refugiados obedecerían al Estados Islámico, transformándose cada uno en un soldado contra los infieles.

Este discurso o narrativa tiene simplificaciones y medias verdades. En primer lugar, los conceptos. Árabes son quienes han nacido en un país de habla árabe, independientemente de su religión. Musulmán es la persona que sigue el culto del islam, una importante religión monoteísta iniciada por el profeta Mahoma en el siglo VII, que se practica masivamente en alrededor de 40 países. Se puede ser árabe y musulmán, pero también árabe y cristiano o indonesio musulmán. Islamista es una persona que cree en el islam y considera que este debe tener influencia en los sistemas políticos.

El islamismo radical es aquel que hace una lectura literal de las escrituras sagradas y trata de imponer sus normas en todos los aspectos de la vida privada y pública. Puede adoptar formas violentas (la yihad o deber de luchar para imponer el islam, por ejemplo), pero no solo contra infieles, sino también contra seguidores de otras ramas del islam, como ocurre en la confrontación entre suníes y chiíes en Oriente Medio, particularmente en Irak. Como en todo culto religioso, las ramas e interpretaciones son diversas: no todos los árabes son islamistas y no todos estos son radicales y violentos.

La denominada radicalización violenta de sectores islamistas tiene otras raíces menos vinculadas con la religión. En primer lugar, el fracaso de Estados que fueron colonias. Después de la Segunda Guerra Mundial, una serie de países de Oriente Medio, África y Asia alcanzaron sus independencias (en América Latina, casi todos la obtuvieron en el siglo XIX), pero las élites que conquistaron el poder no crearon Estados democráticos e inclusivos, lo que se sumó en muchos casos a sociedades con gran diversidad de identidades étnicas y religiosas). Por el contrario, aliados y apoyados por las expotencias coloniales o por nuevos actores (Estados Unidos), construyeron Estados represores.

El islam fue el refugio y el espacio religioso y político desde el cual se llevó a cabo la resistencia contra esas élites. En general, Occidente apoyó a los poderes locales contra los islamistas (por ejemplo en Egipto) con el fin de garantizar sus inversiones y su acceso a recursos (petróleo).

En segundo lugar, estas expotencias coloniales (Gran Bretaña, Francia) y Estados Unidos practicaron, en diversas ocasiones, intervenciones militares e interferencias políticas en Oriente Medio y Asia (Afganistán). A la vez, apoyaron al Estado de Israel y su ocupación de los territorios palestinos. Particularmente, la invasión de Irak (2003) y el bombardeo de Libia (2011) a cargo de la Otán, para derrocar a Muamar el Gadafi, son considerados como injerencias y humillaciones. Igualmente, el uso de aviones no tripulados (drones) para realizar ataques contra terroristas en Yemen, Libia, Pakistán y Somalia genera a menudo víctimas civiles, lo que acrecienta el rechazo hacia Occidente. (También: La caída de Gaddafi)

Una visión milenarista

El discurso político de organizaciones como Al Qaeda o Estado Islámico, pese a que entre ellas hay grandes diferencias, parte del rechazo violento a las élites corruptas locales y a los países europeos, Estados Unidos e Israel, que las apoyan. Sus guerras se libran con muy diferentes métodos, desde el terrorismo individual hasta la conquista militar de territorios, con una visión de muy largo plazo, milenarista, de fieles versus infieles. El individuo se somete a una voluntad colectiva. En este contexto, el suicidio lo convierte en mártir, héroe, y lo redime, llevándolo al Paraíso. La justificación para matar civiles es que Occidente ataca indiscriminadamente a poblaciones locales. Para Al Qaeda y Estado Islámico, los infieles (incluidas algunas ramas del islam) deben apoyarlos o morir.

El tercer factor de radicalización es el choque de identidades locales y globales. Muchos ciudadanos de países musulmanes perciben que el colonialismo, el poscolonialismo y la globalización han sido y son una amenaza para sus identidades en cuestiones como las costumbres y normas familiares, el papel de la mujer, las actitudes hacia la sexualidad y la religión. Para estos sectores, el Estado liberal poscolonial los desafía. En la medida en que ese Estado ha fracasado en garantizar derechos y proveer seguridad, servicios y empleo, se lo rechaza desde las tradiciones idealizadas y el conservadurismo. Se crea así una tensión, en ocasiones violenta, entre tradicionalismo y modernidad, en la que esta queda asociada a la injerencia occidental.

Inserción fallida

El cuarto factor se vincula con los inmigrantes en países que fueron potencias coloniales y Estados Unidos (con algunas excepciones en Canadá, Alemania y Australia). Según algunos expertos, la radicalización de jóvenes de familias inmigrantes de Oriente Medio, Pakistán o Afganistán se debe a la falta de integración en las sociedades a las que han emigrado o que los han recibido como refugiados. Esa integración no se habría realizado debido al rechazo racista –en auge– de la sociedad a la que llegan, combinado con la voluntad de los inmigrantes o refugiados de mantener ciertas costumbres que resultan inadecuadas en las sociedades liberales. O sea que la tensión tradicionalismo-modernidad se manifestaría otra vez.

Esa falta de integración no sería solo económica y social, sino cultural y subjetiva. Aunque la primera y la segunda generación de inmigrantes se hayan integrado, tengan trabajo, hablen el idioma y se hayan adaptado a la cultura de la sociedad receptora, parte de la tercera generación (los jóvenes actuales) percibe un rechazo social hacia sus culturas originarias. Esto la llevaría, en ciertos casos, a adherirse al discurso radical y antioccidental de grupos yihadistas.

El quinto factor lo explica Olivier Roy, del European University Institute (Florencia): no estaríamos frente a una radicalización del islam, sino ante una “islamización del radicalismo”. O sea, disiente de que estemos en una guerra entre el islam y Occidente. Incluso relativiza la historia colonial y pone menos énfasis en el componente religioso. La explicación de Roy es que, ante la falta de horizontes políticos, algunos jóvenes –muchos de ellos con trastornos psicosociales– se adhieren de forma superficial a la prédica de Estado Islámico. Se trataría, entonces, de una rebelión generacional. (Además: Enceguecidos por Estado Islámico / Análisis)

Carentes de horizontes personales y sociales, la yihad –yendo a luchar a Siria o atacando a civiles en Europa– les ofrece una causa divina. Para apoyar su argumento, este experto indica que los yihadistas que han cometido atentados responden al mismo patrón: hasta su conversión exprés, no seguían los preceptos del Corán, consumían drogas, eran criminales y maltrataban a sus mujeres.

La explicación de la violencia se encuentra en estos factores. Por un lado, hay un discurso político radical y religioso de confrontación violenta con Occidente. Por otro, hay choques entre tradición y modernidad, y problemas de exclusión de los inmigrantes. Pero el factor personal y generacional es muy poderoso, y no debe ser relegado por explicaciones simples de guerras entre civilizaciones.

MARIANO AGUIRRE

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