Rehacer Gran Bretaña

Rehacer Gran Bretaña

Gran Bretaña tiene nueva Primera Ministra, pero el futuro país del después del Brexit es incierto.

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30 de julio 2016 , 07:59 p.m.

Gran Bretaña tiene nueva Primera Ministra, pero el futuro del país después de la Unión Europea todavía es incierto. De hecho, es probable que haya importantes demoras en implementar la decisión de los votantes de abandonar la Unión Europea.

La primera incertidumbre es la fecha en que comenzarán las negociaciones para la salida. El proceso debería completarse en un plazo de dos años desde la invocación del artículo 50 del Tratado de Lisboa; pero la primera ministra entrante, Theresa May, ya dijo que no quiere activar el inicio de las negociaciones antes de fin de año.

La segunda incertidumbre se refiere a si en las negociaciones se resolverán simultáneamente las condiciones de salida del RU y la relación comercial futura con el mercado común europeo. El RU sostendrá que conforme al artículo 50, las negociaciones deben incluir la segunda cuestión, pero el negociador de la UE insiste en que eso solo podrá discutirse una vez concretada la salida de Gran Bretaña.

La tercera incertidumbre tiene que ver con los objetivos de la negociación para Gran Bretaña. ¿Buscará tener acceso pleno al mercado común (la opción noruega) o a una parte de él (la opción suiza)? ¿Negociará un régimen arancelario reducido como Canadá? ¿O se contentará con comerciar con Europa en los mismos términos que todos los miembros de la Organización Mundial del Comercio?

La cuarta incertidumbre surge de las inquietudes de los votantes referidas a la inmigración, y de hasta qué punto la definición de un nuevo esquema de comercio con la UE dependerá de la restricción del libre movimiento de trabajadores. La nueva Primera Ministra dijo que no aceptaría una participación en el mercado común si no se llega a un acuerdo sobre la gestión migratoria.

En teoría, la opción noruega (pertenencia al Área Económica Europea) podría ampliarse con la inclusión de un protocolo como el de Liechtenstein sobre limitación del permiso de residencia, o del uso de la cláusula de salvaguarda de la AEE, que permitiría restricciones en caso de un aumento excesivo del flujo de inmigrantes. Pero a la UE no le resultaría fácil acordar un cambio de esa índole, por temor a que otros países pidan un trato similar.

La quinta incertidumbre tiene que ver con la postura negociadora de la UE, empezando por definir quién conducirá las negociaciones: ¿la Comisión Europea o el Consejo de Ministros? La canciller alemana, Angela Merkel, ya dejó claro que no dará a la Comisión carta blanca para negociar en nombre de Alemania. Hay otra cuestión más: si Europa acordará su postura negociadora final antes de la elección presidencial en Francia (abril-mayo de 2017) y de la elección general en Alemania (entre agosto y octubre de 2017).

La sexta incertidumbre se refiere a las circunstancias económicas en las que tendrán lugar las negociaciones. Gran Bretaña parece ir camino de una recesión, conforme las empresas postergan sus planes de inversión. Esto aumentará la presión empresarial sobre el Gobierno británico para que agilice las negociaciones, ya que prolongar la espera generará más incertidumbre económica, y eso debilitará todavía más la posición negociadora de Gran Bretaña.

La séptima incertidumbre se refiere a la supervivencia misma del RU. Lord North, primer ministro entre 1770 y 1782, pasó a la historia como el que perdió la unión de Gran Bretaña con las colonias americanas. Dos siglos después, puede que al primer ministro saliente, David Cameron, se lo recuerde por la pérdida de dos uniones: con Europa y entre Inglaterra y Escocia. Los conservadores quieren a Escocia dentro de una Gran Bretaña sin Europa, pero los nacionalistas escoceses quieren a Escocia dentro de una Europa sin Gran Bretaña. Y la demanda de los republicanos de Irlanda del Norte (liderados por el Sinn Fein) de celebrar un referendo sobre la reunificación con el sur pone en entredicho la existencia misma del RU.

Hay un modo de reducir la incertidumbre y el riesgo: el Gobierno debe anunciar lo antes posible que negociará con la UE sobre la base de la opción noruega de pertenencia a la AEE. Y dejar claro que la permanencia de los nacionales de la UE residentes en el RU es bienvenida.

Esta salida daría a Gran Bretaña lo que quieren las empresas: acceso al mercado común. Si bien el RU tendría que seguir aportando al presupuesto de la UE, podría repatriar el control de las políticas de agricultura y pesca, y negociar sus propios acuerdos comerciales (por ejemplo, con China y la India). Unirse a la AEE tendría otra ventaja: daría a Escocia la posibilidad de comerciar en igualdad de condiciones con los 27 miembros de la UE, tal como desea.

También es esencial resolver la difícil cuestión migratoria. Toda solución genuina debe incluir un fondo de ayuda para las comunidades cuyos hospitales, escuelas y otros servicios públicos tengan dificultades derivadas de un crecimiento poblacional por encima de la media. También se necesita una fiscalización más estricta de las leyes de salario mínimo y otras que protegen a los trabajadores, para aplacar el temor a que los inmigrantes estén causando una competencia feroz y desleal. Y las negociaciones de ingreso a la AEE deben partir de la base de que nuestra pertenencia al área incluirá un protocolo sobre migraciones y la capacidad de usar la cláusula de salvaguarda en caso de necesidad.

Pero queda una octava incertidumbre, todavía mayor: el futuro papel global de Gran Bretaña. En particular, ¿cómo responderá al corrimiento irreversible del centro de gravedad de la economía mundial en dirección a Asia, y a las innovaciones tecnológicas que al revolucionar industrias y ocupaciones aumentan los temores de los votantes acerca de sus posibilidades de empleo y su sostén económico en el futuro?

El resultado del referendo reveló altas concentraciones de sentimiento pro-‘brexit’ en ciudades que estuvieron en el centro de la revolución industrial británica y hoy son un cementerio de fábricas y talleres arruinados por la competencia asiática. Esas regiones se rebelaron contra el consejo de las élites políticas y empresariales de votar por quedarse en la UE, y en vez de eso pidieron protección contra las vicisitudes del cambio global. Las consignas de la campaña pro-‘brexit’ (centradas en la idea de recuperar el control) la alinearon con los movimientos populistas y proteccionistas que están fracturando viejas lealtades políticas en todo Occidente.

El resultado expuso la división del laborismo entre un liderazgo que pone la protesta antiglobalizadora por encima de la llegada al poder y un grupo parlamentario que sabe que tiene que explicar cómo la globalización puede manejarse para el beneficio público.

Pero el partido conservador gobernante también está dividido en relación con la respuesta a la globalización. Algunos apoyan una globalización irrestricta, otros quieren una Gran Bretaña independiente de condicionamientos externos y un tercer grupo quiere, lo mismo que el laborismo, ser parte de la UE, a la que ven no como un problema sino como parte de la solución para manejar la globalización. Pero debido a estas divisiones, ninguno de los contendientes al liderazgo presentó alguna propuesta para dar una respuesta significativa a los padecimientos de quienes se sienten desplazados por la globalización.

Así que la Gran Bretaña posrreferendo necesita un debate más completo sobre cómo lidiar con los desafíos del cambio global y cómo trabajar con la comunidad internacional para hacerlo. Un programa viable para la gestión de la globalización partiría de reconocer que cada país debe equilibrar la autonomía que desea con la cooperación que necesita. Esto incluye la coordinación de las políticas monetarias y fiscales entre todos los países del G20, proseguir la ampliación del comercio internacional, nuevas agendas nacionales para hacer frente a la desigualdad y promover la movilidad social, así como un énfasis claro y firme en la ciencia, la tecnología y la innovación como claves del crecimiento futuro.

Mientras la globalización se vea como un proceso descontrolado, los movimientos que se le oponen obstaculizarán las reformas, tratarán de impedir la discusión de propuestas como la Asociación Transatlántica de Comercio e Inversión y el Acuerdo Transpacífico, y trabarán la apertura de las economías nacionales. Ahora que se enfrenta a la vida fuera de la UE, Gran Bretaña no puede desatender o eludir estas cuestiones globales. El RU debe decidir si resistirá el impulso proteccionista que llevó al ‘brexit’ y cómo participará en la tarea de hacer que la globalización beneficie a todos.

Traducción: Esteban Flamini

GORDON BROWN

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