Posconflicto sin plata

Posconflicto sin plata

El despilfarro del Gobierno va a pesar ahora cuando no haya plata para el posconflicto.

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30 de julio 2016 , 07:59 p.m.

La palabra de moda es ‘posconflicto’. Y a muchos dirigentes se les llena la boca hablando de proyectos de inversión social, apoyo económico a los desmovilizados y similares. Todo muy bonito. Pero vale plata, y mucha. El problema es que plata no hay. El posconflicto va a coger a Colombia en una de las más delicadas situaciones fiscales en muchos años.

Hay causas externas, como la caída del precio del petróleo y de otros productos de exportación, lo que tiene en ascuas a Colombia y a la gran mayoría de países del tercer mundo que vivieron hasta hace poco un ciclo de bonanza por el ‘boom’ de los ‘commodities’.

Ese boom terminó abruptamente a mediados del 2014. Y quienes esperaban que, por ejemplo en el caso del petróleo, los precios reaccionaran al alza, se han llevado una gran desilusión: esta semana el precio del barril Brent cerró apenas un poco por encima de 40 dólares, cuando hace dos años batía todos los registros y se ubicaba cerca de los 130 dólares.

Al hueco por esas causas externas ha contribuido el Gobierno colombiano. Si algo ha caracterizado al doble mandato de Juan Manuel Santos es el poco rigor en el gasto. Basta una mirada a la proliferación de nuevas entidades, incluidos ministerios e institutos; a las decenas de miles de millones de pesos gastados en contratos a dedo del Fondo para la Paz y en promoción de las políticas del Presidente, y a la ‘mermelada’ criminal gracias a la cual billones de pesos del presupuesto desaparecen en manos de contratistas apadrinados por congresistas.

El despilfarro ha sido norma, y eso ha contribuido a agrandar el hueco fiscal. Incluso en Ecopetrol, la empresa que multiplicó su burocracia y sus gastos durante la bonanza petrolera, y que ahora ha hecho un durísimo recorte –concentrado en la inversión, lo que baja las posibilidades de hallar nuevos pozos–, la información que he recibido de adentro de la compañía es que sigue la costosa asignación a dedo de importantes contratos de equipos.

Al déficit fiscal se suma un aterrador rebrote inflacionario. Cuando creíamos que la inflación era una enfermedad del pasado, está de vuelta: en poco más de un año, se duplicó su ritmo, de 4 % a más de 8%. El desempleo, cuya baja mes a mes el Gobierno cobraba con justa razón, ya no cae e incluso, en algunos meses, marca al alza.

Déficit alto e inflación en aumento han obligado desde hace meses al Banco de la República a subir las tasas de interés. Eso implica encarecer todos los créditos: los que adquiere el Gobierno cuando emite papeles de deuda y los que adquieren los empresarios y la gente. Para poner un ejemplo, con el alza de tasas de interés muchos proyectos de infraestructura no consiguen su cierre financiero, pues al encarecerse el crédito el proyecto deja de ser viable.

La solución de un déficit fiscal en crecimiento es una reforma tributaria. El Gobierno la tenía lista a principios del año, pero al Presidente le dio miedo que se cruzara con el plebiscito y que el aumento tributario en rubros como el IVA –inevitable, según la mayoría de los conocedores– empujara a muchos a votar no. La reforma sigue aplazada, pues aún no hay fecha para el plebiscito.

Pero eso no es lo más grave: el lío de fondo es que las empresas privadas pagan en el país promedios que ya superan el 60 % de su renta en diferentes impuestos nacionales, regionales y locales. Subir la tasa de tributación ahuyenta aún más la inversión: así no hay manera de recuperar la senda del crecimiento, hoy extraviada, pues ya no crecemos al 5 % o 6 % de otros años, sino a un mediocre 2,5 %, un ritmo con el cual es imposible que bajen el desempleo y la pobreza. En resumen: está muy bien que hablemos de posconflicto, pero sería recomendable que al hacerlo entendamos que, por ahora, no hay plata para afrontarlo.

MAURICIO VARGAS
mvargaslina@hotmail.com

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