Editorial: Río turbulento

Editorial: Río turbulento

Se puede esperar que unas olimpiadas memorables le devuelvan la autoestima a un país que lo merece.

30 de julio 2016 , 07:59 p.m.

Cuando un evento social se planea con mucha antelación, existe siempre el riesgo de que algo ocurra en la antesala y obligue a hacer cambios. A veces es de tal magnitud el hecho que puede incluso poner en entredicho su realización. Una infidelidad, cuando se trata de un matrimonio; una pérdida de año académico, cuando se trata de una fiesta de quince, por ejemplo.

Los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro fueron pensados por el gobierno de Lula da Silva en el 2009 –año en que obtuvo la sede– como una suerte de presentación en sociedad de ese infante que era el nuevo Brasil. Ese país con una economía en constante crecimiento, con un PIB que en el 2010 llegó a crecer hasta 7,5 por ciento; el integrante de los Brics, esos cinco alumnos aventajados con potencial para graduarse como desarrollados; era la nación de los programas sociales que permitieron a millones de brasileños salir de la pobreza, por lo que se convirtieron en referente obligado para decenas de gobiernos en el planeta.

Siete años después, para decepción de todos, el entonces niño modelo es un adolescente problemático, con una presentación personal que deja mucho que desear, no pocos conflictos en su personalidad y un desempeño en distintos campos que no cumple con lo esperado para un joven de su edad y, sobre todo, su potencial. Aun así, y no obstante algunas sugerencias de los profesionales a cargo –recordemos la carta de más de un centenar de científicos que pidieron aplazar los juegos ante la amenaza del zika–, el evento tendrá lugar. La inauguración está prevista para el viernes, en el mítico estadio Maracaná.

Lo cierto es que ahora muchos en Brasil y en el mundo ven en el espíritu olímpico y la pasión que despierta la máxima cita del deporte mundial el último recurso para que el cúmulo de problemas que hoy viven la ciudad y el país no haga de esta una olimpiada opaca.

Este agrupa hechos contundentes que comienzan por la política, terreno en el que la crisis es la nota predominante, con un presidente interino, Michel Temer, y una mandataria suspendida, Dilma Rousseff, gran ausente en la inauguración. Tampoco estará el responsable de haber conseguido la sede: Lula da Silva. Pero no serán ellos los únicos que falten. Decenas de jefes de Estado y primeros ministros han preferido no asistir, para que su presencia no se interprete como un espaldarazo a Temer.

La economía muestra hoy un semblante harto diferente al de los días felices de la consecución de la sede. Mientras el país está en recesión, el estado de Río –no la ciudad– se halla en bancarrota. Este último es responsable de obras claves, como la línea 4 del metro, que conecta la red con los principales escenarios, y debió recibir un auxilio de emergencia por 2.900 millones de dólares para concluirlas. Vacas flacas que se han traducido además en un clima de inconformidad de distintos trabajadores, entre ellos los policías y los del metro, que amenazan con una huelga nada menos que este jueves.

Pero finalizar este tramo del tren subterráneo no será el único afán que se vea esta semana. En la Villa Olímpica los obreros, pintores, electricistas y plomeros pueden llegar a superar en número a los deportistas. Tienen como misión solucionar fallas y permitir que se terminen de adecuar los apartamentos. Valga decir que estas carreras, por lo frecuentes, ya son casi que una disciplina olímpica más.

No han sido tan comunes, en cambio, problemas como el de la contaminación de las aguas de la bahía de Guanabara, donde tendrán lugar las competencias de los deportes náuticos. Tampoco, los de seguridad urbana. Y es que, si bien han bajado los índices, el panorama aquí dista de ser ideal. Tal disminución no impedirá que Río, con 25 homicidios por cada 100.000 habitantes, sea, de lejos, la ciudad más violenta en albergar las justas en toda su historia. Aunque en esta esfera el principal temor –que, este sí, no es nuevo para unos olímpicos– es el que genera un eventual ataque del EI. Evitarlo será la misión de 85.000 efectivos de la Policía y el Ejército.

Para rematar, la sombra del dopaje cubrirá los Juegos a raíz del escándalo que sacudió a Rusia, así como la tibia reacción del Comité Olímpico, que solo logró aumentar las dudas. Muchos esperaban que sus atletas fueran declarados personas no gratas en la ciudad, como sí ha sido el caso del mosquito Aedes aegypti, transmisor del zika y cuya presencia –en cantidades mucho menores que las que se alcanzó a temer, según aseguran los responsables del tema– ha hecho que más de una figura cancele sus reservas y prefiera permanecer en casa.

El panorama no es en absoluto el ideal. Pero no son pocos los antecedentes de eventos de esta envergadura que salieron adelante y fueron un éxito pese a la adversidad. El deporte es una fuerza de aliento extraordinaria. Incluso se puede ser más optimista y esperar que unas olimpiadas memorables le devuelvan la autoestima a un país que merece ir más alto, más lejos y, sobre todo, más fuerte.

EDITORIAL

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