El tren de la U, ejemplo de integración / Voy y vuelvo

El tren de la U, ejemplo de integración / Voy y vuelvo

Es necesario que Bogotá y la región se organicen para atender las demandas comunes.

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30 de julio 2016 , 07:41 p.m.

En el reciente informe sobre calidad de vida en la ciudad, el programa Bogotá Cómo Vamos vuelve a resaltar una verdad de a puño que, de tanto repetirla, ya hace parte de los discursos que viven pronunciando autoridades locales y regionales, lo mismo que la academia, o que se reproduce en columnas como estas: la urgente necesidad de cimentar una región fuerte para que Bogotá y sus vecinos no solo converjan en intereses comunes, sino que puedan garantizar su propia supervivencia.

Solo la consolidación de regiones afines, integradas, con reglas de juego claras y que vislumbren un futuro común que vaya más allá de las administraciones de turno puede hacer posible un conglomerado urbano capaz de superar problemas tan inmediatos como la movilidad o tan apremiantes como la preservación de los recursos naturales.

Y no por ello tienen que renunciar a su vocación productiva, ni a sus intereses políticos ni a los recursos que genera. No. Pero la visión cortoplacista de los políticos ha frenado esa posibilidad con tal de preservar un poder local que cada vez resulta más obsoleto, que suele ser presa de intereses particulares y en los que no pocas veces ha pelechado la corrupción, lo que ha alejado la posibilidad de consolidar ese territorio próspero común.

Un ejemplo claro de que las cosas podrían ser mejor lo constituye la denominada Área Metropolitana del Valle de Aburrá, encabezada por Medellín, que acaba de integrar a ese selecto grupo al municipio de Envigado y sus 230.000 habitantes. Con él ya son 11 localidades y 4 millones de habitantes, lo que la convierte en una de las más grandes del país y de América Latina.

¿Y por qué es importante que Bogotá haga lo propio con los municipios de la sabana? Por muchas razones: las presiones sociales y económicas son cada vez más evidentes; la interdependencia de recursos vitales como el agua, la comida o la salud, necesarias; el aprovisionamiento de vivienda, la movilidad y la seguridad son temas que trascienden fronteras e ideologías.

Adicionalmente, Bogotá comparte con sus vecinos un río en franco deterioro, un crecimiento descomunal –solo el occidente se desarrolló un 100 por ciento en los últimos 15 años, y preguntémosles a sus habitantes cómo se sienten hoy–; una amenaza medioambiental permanente a causa de la explotación de recursos y la generación de basuras. Todo ello debería ser suficiente para no aplazar más el tema. Se han dado pasos, sí, pero demasiado tímidos aún y si no es ahora, en una década puede ser tarde.

Hay un ejemplo extremadamente simple pero que bien refleja lo que podría pasar en el futuro si optáramos por pensar generosamente y no con el cálculo político o la osadía económica con que suelen hacerlo nuestros gobernantes y empresarios. Se trata del tren de la sabana, que ahora presta servicio a estudiantes del mismo claustro y sus empleados.

El tren arranca en el corazón de Bogotá, hace cuatro paradas (Gran Estación, NQS con 66, Usaquén, calle 170 y La Caro), tiene un pasaje similar al de otro tipo de servicio público y en él pueden viajar hasta 330 personas en sus tres vagones; los usuarios evitan el peaje, los trancones, la incomodidad y el incumplimiento en los horarios. Se espera que con el tren, unos 1.500 vehículos dejen de transitar hacia Chía porque ya no habrá motivo para llevar carro.

Pensemos que ideas similares pudieran aplicarse para otros temas vitales, como una autoridad única para la movilidad intermunicipal o para la construcción de vivienda o la producción de alimentos. Eso es lo que a buena hora también viene promoviendo la Cámara de Comercio a través de la denominada Especialización Inteligente Bogotá-Cundinamarca, nada distinto a fomentar una agenda común para el desarrollo productivo a través del conocimiento y la innovación, en la que se combina la vocación regional con la demanda internacional para generar riqueza.

No sé si será fácil o difícil, pero hacia allá tendremos que ir. De hacerlo, podríamos ahorrar tiempo y recursos, entre otros, para cumplir con los objetivos de desarrollo sostenible que ahora impone Naciones Unidas a ciudades como Bogotá.

ERNESTO CORTÉS FIERRO
Editor Jefe EL TIEMPO
En Twitter: @ernestocortes28

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