'El plebiscito es engañoso desde el nombre': Lafaurie

'El plebiscito es engañoso desde el nombre': Lafaurie

Presidente de Fedegán explica los motivos por los cuales votar no en el plebiscito.

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30 de julio 2016 , 05:07 p.m.

Es difícil defender la votación por el no en el plebiscito, frente a millonarios presupuestos que promueven la paz con falsas obviedades –la paz es mejor que la guerra, ¡claro!–, haciendo campaña a escondidas y, de contera, descalificando a quienes estamos en desacuerdo con unas negociaciones marcadas por una ilegitimidad insubsanable, aunque lleven cuatro años, culminen en acuerdo y se vistan de paz, pues una cosa es el logro de ese bien superior y otra, muy diferente, utilizarlo como justificación para entregar modificaciones sustanciales de nuestras instituciones –justicia, régimen electoral, desarrollo rural, política antidrogas, participación ciudadana–, en un proceso que nunca debió superar las condiciones de reinserción de las Farc en términos de justicia, paz y reparación.

El plebiscito es engañoso desde el nombre, pues no se puede identificar el final de la violencia narcoterrorista de las Farc con “la terminación del conflicto”, pues en Colombia habrá violencia mientras haya armas, armas mientras haya narcotráfico, y narcotráfico mientras no exista voluntad política para erradicar esa peste, que volvió a copar grandes extensiones y la capacidad del Estado.

Tampoco se puede establecer relación de causalidad entre la firma de un acuerdo con este grupo al margen de la ley –que lo sigue siendo– y “la construcción de una paz estable y duradera”, pues entre lo uno y lo otro hay mucho trecho, reconociendo que será más fácil alcanzarla, no solo con las armas de las Farc en silencio, sino con todas las armas ilegales en silencio.

Aunque ajustado a la ley, es cuando menos osado modificar “por una vez” un umbral de aprobación –del 50 al 13 por ciento– para acomodarlo a las necesidades de éxito. Es como achicar el arco por reglamento, pero solo el nuestro y solo para el partido que necesitamos ganar. Y, a mi juicio, es inconstitucional –que la Corte me perdone– someter un extenso, confuso e inmodificable acuerdo a la votación del sí o el no, del todo o nada, que además elimina el voto en blanco como legítima expresión democrática.

Es tal la complejidad de lo acordado que ni 6 meses serían suficientes para explicar el acuerdo al ciudadano del común, para que logre discernir entre lo bueno y lo malo, ponerlo en una balanza y arriesgar su voto. Ese colombiano no votará por el contenido de un documento, sino inducido por la publicidad oficial, como quien elige un perfume. Votará por la paz a ciegas y luego se estrellará con la realidad. Que lo digan los ingleses.

Se le abona a la Corte haber desarmado el plebiscito vinculante, limitando cualquier obligación al ámbito político y presidencial, lo cual retardó, al menos, la constitucionalización de facto del acuerdo. Pero lo que no lograron en el plebiscito se remendará en el acto legislativo para la paz, un verdadero caballo de Troya a la Constitución de 1991, un reto para la Corte en medio de la presión indebida de la paz como promesa, y una enorme responsabilidad histórica, sea cual fuere su pronunciamiento.

Yo votaré por el no, porque la impunidad disfrazada para los cabecillas es inaceptable, aunque muchos colombianos que la rechazan se verán abocados a votar por ella, como lo harán por la elegibilidad inmediata, que tampoco aceptan.

Votaré por el no porque la Jurisdicción Especial para la Paz, hecha con y para las Farc, será martillo de venganza ‘fariana’, sin limitaciones de tiempo ni espacio para hacer cacería de brujas a sectores injustamente estigmatizados como el ganadero, y a instituciones como la Fuerza Pública.

Votaré por el no porque no creo en un campo a imagen y semejanza de las Farc, donde la iniciativa empresarial es proscrita, las comunidades aleccionadas impiden el desarrollo, el derecho a la propiedad de la tierra está en riesgo y las Farc consolidan control territorial para mantener sus negocios ilícitos y consolidar un electorado cautivo.

Votaré por el no porque ese electorado fariano, sumado a la desesperanza de la marginalidad urbana, al desprestigio de la clase política y a la corrupción, pesará en las elecciones regionales y nacionales. Que lo digan los venezolanos.

Por todo ello, y por mucho más que no cabe en estas líneas, me siento obligado moralmente al voto por el no.

POLÍTICA

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