La crueldad no cesó en Auschwitz

La crueldad no cesó en Auschwitz

Aquellos que matan por religión quedan en el lugar errado de la historia, nos recuerda Francisco.

29 de julio 2016 , 09:50 p.m.

Una de las frases que pronunció el papa Francisco durante su visita al campo de concentración de Auschwitz resume todo su pensamiento en cuanto a lo que está pasando actualmente en el mundo. “La crueldad no cesó en Auschwitz y Birkenau”, dijo el pontífice, muy impresionado, en un lugar donde murieron un millón de personas como parte del plan de exterminio de los nazis.

Durante sus intervenciones en la Jornada Mundial de la Juventud, que este año se lleva a cabo en Polonia, el Papa ha hecho reflexiones muy crudas sobre las formas en que la maldad nos está afectando, en una coyuntura en la que el terrorismo, el hambre, la guerra y la desesperación impactan a millones.

La crueldad, según el mensaje papal ante miles de jóvenes en el santuario de Czestochowa, toma diferentes formas. En la primera, se presenta como una guerra que no es motivada por las religiones, sino por intereses económicos y políticos. Una guerra que toma varios nombres (terrorismo, inseguridad, conflicto), pero que para Francisco son sinónimos de un solo y verdadero mal.

En la segunda, la crueldad se viste de miedo, de rechazo hacia quien más necesita de ayuda, de refugio. Temor hacia aquel al que la guerra lo ha arrojado de su casa, su país, y quiere buscar un lugar mejor para vivir. Se levantan muros, se cierran puertas, Europa (más que otras regiones) se encierra en sí misma para no ver este problema, pero él está allí.

El Papa, conocedor de su gran carisma, lo utiliza para transmitir un fuerte mensaje a la mente de los jóvenes: la religión no debe ser una excusa para la guerra y todos sus males colaterales. La humanidad no debe dejarse arrastrar por los odios y las ambiciones y debe abrirse a la solidaridad con el más necesitado.

En el 2002, Juan Pablo II envió un mensaje a los jóvenes, esa vez congregados en la ciudad canadiense de Toronto. Les decía que eran “la sal de la Tierra y la luz del mundo”. Hoy, Francisco sigue recalcando en ello, inculcándoles que a través de su ímpetu se puede hacer que la guerra no destruya todo lo bueno que hay en nosotros y que aquellos que matan por religión queden en un lugar errado de la historia, en un páramo, en un mal recuerdo.

editorial@eltiempo.com

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