La verdadera causa de Trump

La verdadera causa de Trump

En la era que Trump pretende restaurar habría sido imposible que una mujer fuera candidata oficial.

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29 de julio 2016 , 08:15 p.m.

La semana pasada Donald Trump pronunció su primer discurso como candidato oficial a la presidencia por el Partido Republicano desde un podio con ribetes dorados, su copete rubio bañado por la luz, su figura en plano contrapicado, imponente e imperial. Hasta ese momento casi todos los discursos de Trump habían sido la suma de declaraciones inconexas, pensamientos que parecía se le ocurrían en el momento para conseguir aplausos y, claro, capturar la atención de la prensa.

Esa noche, fue diferente. Setenta minutos de retórica que al principio sonaban como los mismos desatinos que ha venido repitiendo tenían un trasfondo claro, un mensaje centrado en la superioridad racial, el nacionalismo y la noción de que él, y solo él, en su calidad de líder supremo, podrá lograr que Estados Unidos “sea grande otra vez”, como reza su lema de campaña.

Y ¿qué significa que EE. UU. “sea grande otra vez”? Bajo la administración Obama la tasa de desempleo ha caído al 4,9 por ciento, o sea por debajo del promedio histórico; la oferta de trabajo se ha duplicado y es la más alta de los últimos 15 años. Pese a haber enfrentado las peores condiciones desde la depresión del año 29, la economía en estos 8 años ha crecido 15 por ciento, la dependencia de petróleo importado ha bajado a la mitad y la producción de energía renovable se ha cuadruplicado. Y en uno de los avances sociales más importantes de las últimas décadas, más de 20 millones de norteamericanos tienen, por primera vez en la vida, acceso a un seguro de salud.

Estados Unidos es hoy un mejor país de lo que ha sido en muchas otras épocas y –aquí es donde mucha gente se despista– Donald Trump lo sabe. Ese no es su argumento. Hacer que su país “sea grande otra vez” es el eufemismo que usa el candidato para describir su promesa de volver a la época en que los blancos eran la mayoría racial y en la cual era perfectamente aceptable tener y ejercer prejuicios contra las mujeres, los negros, los hispanos, los musulmanes o cualquier otro que fuera diferente. En la era que Trump pretende restaurar habría sido absolutamente imposible que un afroamericano hijo de un keniano hubiera llegado a la Casa Blanca, o que una mujer fuera la candidata oficial de uno de los grandes partidos.

Desde hace cinco años, en EE. UU. nacen más bebés de padres de color –hispanos, negros, asiáticos– que de padres blancos, con lo cual el país va camino de convertirse en lo que un demógrafo describe como una ‘constelación de minorías’. Hace 20 años los blancos eran minoría en cinco de las 100 mayores ciudades del país; en el 2010 eran minoría en 22 de ellas. Yo, que soy inmigrante y más bien oscurita, y que además entiendo que los inmigrantes son una fuente de innovación y vitalidad para cualquier economía, celebro el hecho. Pero el contingente de hombres blancos sin mucha educación que constituye el pilar de la candidatura de Donald Trump resiente profundamente esa transformación y ha encontrado en el billonario neoyorquino el perfecto abanderado para su causa retrógrada.

El meteórico ascenso de Donald Trump en la política norteamericana, que en momentos distintos ha causado sorpresa, risa y perplejidad, ahora da miedo. Porque no es apenas que sea un candidato impulsivo o mal preparado, sino porque es el promotor de ideas y prejuicios que hace varias décadas se creían derrotados. Si algo quedó claro la noche de la coronación de Trump en Cleveland, es que en esta elección no se están debatiendo matices diferentes de la misma ideología. Aquí lo que hay es una clara división entre los que creen que hay una raza que es superior y aquellos que no.

Adriana La Rotta

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