El hombre de la chaqueta naranja

El hombre de la chaqueta naranja

Quizá Jerónimo leerá esta columna y caiga en cuenta del tipo que estaba sentado en Juan Valdez.

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29 de julio 2016 , 07:50 p.m.

Los jueves por la mañana salgo a escribir en otro lado porque la empleada doméstica va al apartamento y no puedo concentrarme. Si viviera en la casa de mi infancia me encerraría en un cuarto, pero con los apartamentos de ahora, donde tres personas son multitud, no se puede.

Vengo entonces al Juan Valdez más cercano, desde donde redacto esto. No me gustan los Juan Valdez porque lo llaman a uno por el nombre para entregarle el pedido y el ambiente es pretencioso. Este tipo de lugares son el templo del emprendedor varado que usa MacBook, cobran por un café como si lo hubiera bebido Jesús en la Última Cena y les ponen a las bebidas nombres pomposos como ‘frappuccino late descafeinado’. Eso sí, tienen internet gratis, sillas cómodas y nadie molesta. Acá, rodeado de gente, me pongo los audífonos y es como si estuviera solo.

El punto es que dicen que algunas oportunidades se presentan solas. Yo vine a escribir esta columna y el plan que tenía se fue al piso con lo que aquí encontré. Hubiera preferido que fuera un billete de cien mil, pero lo que se me apareció fue un hijo de Uribe en la silla de al lado.

Ya lo había visto afuera del local: jean, saco azul oscuro en V y camisa blanca a cuadros, camioneta blindada y escoltas. Entré, pedí lo de siempre y me senté en una especie de sala con sofá, silla, cuatro puffs y dos mesas de centro. Escogí la silla, y diez minutos después él se sentó en el sofá. Puse cara de serio mientras lo buscaba en Google, porque nunca sé cuál es Tomás y cuál Jerónimo. Era Jerónimo.

Lo tengo aquí al lado y tiemblo. Alguna vez me presentaron a su padre y no me salió ni el saludo, pero esa misma noche en casa recité todo lo que le hubiera querido decir. Eso pasa con la gente que no es de nuestro gusto: podemos ser elocuentes en la ducha mientras nos la imaginamos al frente, podemos incluso darle duro en una red social, pero al frente nos acobardamos. Me pasó al revés, cuando en una fiesta coincidí con una persona que no hace sino cascarme por internet. Esa noche pasé varias veces por su lado, me senté cerca, lo miré, y nada, no musitó palabra. Días después volvió a montármela virtualmente, todo un cagón.

Jerónimo y yo nos seguíamos mutuamente en Twitter, y el padre de su esposa fue mi pediatra. Y aunque no hablamos con demasiada frecuencia, cada vez que digo algo de Uribe pienso en ella y me siento mal. Siempre espero que nuestras diferencias políticas no nos alejen.

Lo cierto es que ahora mismo está muy cerca y llevo un rato esperando a que alce la cabeza y la gire hacia donde estoy, pero no pasa. Ya saben cómo somos las personas, expertas en fingir que los demás no existen. Somos capaces de meternos doce horas en un avión, sentarnos en la silla de la mitad y pretender que nadie está a los lados.

Quiero que voltee para hablar pese a las diferencias que podamos tener. Le preguntaría qué piensa de la paz, de su papá. Quiero pedirle que me lleve a conocerlo, a ver si esta vez sí le hablo. Me siento mal. Lo tengo a tres metros y escribo sobre él mientras hago cara de otra cosa. Aunque no debería sentirme así, no estoy diciendo nada malo, su vida no me interesa. Es otro delfín, lo mismo me daba si el que estuviera al lado fuera Santiago Pastrana. Hace poco jugué fútbol con el hijo de Samper y agradecí que me tocara en su equipo. De haber sido rivales no habría sido capaz de darle una patada, aunque ganas no me hubieran faltado.

Quizá el sábado Jerónimo leerá esta columna y caiga en cuenta del tipo que estaba sentado en Juan Valdez. El de chaqueta naranja fosforescente que se ve a un kilómetro y el MacBook de emprendedor varado. Solo me preocupa que al verme con ella puesta haya creído que yo era funcionario en la administración Petro, un empleado público varado.

Adolfo Zableh Durán

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