Guardaespaldas, no 'sayayines'

Guardaespaldas, no 'sayayines'

Evítennos costear otro céntimo de sus vanidades; de su andamiaje de hombres en pie de guerra.

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29 de julio 2016 , 06:37 p.m.

Por algo parecido a la salud cerebral, con exclusión de quienes trabajan o revolotean en el Capitolio, la mayoría de colombianos no podríamos decir de corrido el nombre y apellido de al menos diez congresistas en ejercicio, y quizá menos recordar un número similar por actuaciones extraordinarias. Invitados a hacer la prueba.

Lo que sí no solo sabemos hasta ahora con resignación, sino que pagamos en desangre gota a gota, además de sus 27 millones mensuales de sueldo, viáticos, prestaciones y pensiones fabulosas, es que se montan o “la montan” (como se diría en el diccionario del ‘Bronx’ bogotano) con una caravana de carros blindados y un séquito de guardaespaldas que exhiben armas intimidantes de cuantos calibres hay, mientras pasan por encima de todo y de todos.

Que se conozca, no son frecuentes los atentados contra congresistas. Tampoco parece serlo la desarticulación de planes para agredirlos por cosas relacionadas con el cargo (lo que excluye, por supuesto, el riesgo que alimenten por negocios particulares).

Así es que, señores parlamentarios, y súmense magistrados y otros servidores públicos, en este tiempo que anuncia optar por el desarme nacional, no como ingenuo pedido sino como airado reclamo, bien estaría que las decenas de miles de millones de pesos que anualmente cuestan sus estructuras de seguridad y el negocio del terror se utilizaran en educación, cultura o, en fin, de preferencia, en utopías antes que en caídos fantasmas.

Evítennos costear otro céntimo de sus vanidades; de ese salario del miedo para su andamiaje de hombres en pie de guerra que, en igual alusión al ‘Bronx’, asusta a veces como si de los tales ‘sayayines’ habláramos. En realidad, muchos son los episodios cuando aspiramos a ser protegidos de ustedes, lo que vuelve difícil comprender su exigencia de seguridad personal. Y no hay ruindad para negar que algunos hacen uso de esto con honestidad o están seriamente amenazados.

Quedan, pues, invitados a emprender ya una campaña: empleado del Estado que públicamente prescinda de derrochar más dinero ciudadano en vigilancia innecesaria, quien al menos en esto no se limpie las botas con nuestras aspiraciones humildes, obtendrá novedosa simpatía. Esta, en el país que por fin se sobreponga a la balacera, será caudal político.

Gonzalo Castellanos

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