La sociedad de la playa

La sociedad de la playa

Están aquellos convencidos de que el volumen de la música es proporcional a la entrada de clientes.

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28 de julio 2016 , 05:11 p.m.

Desde que llegué a Cartagena, a finales de los años 60, he sido un asiduo usuario de la playa del Caribe. Un poco más allá, al lado del espolón, al lado del Iribarren, crecieron mis hijos y los hijos de mis amigos; crecieron sanos y atléticos los Lemaitre, los Román, los Chalela, los Basile; y no solo ellos, también los Cáceres, los Usurriaga, los Márquez, algunos palenqueros de pura cepa.

Una sociedad incluyente, en la que se mezcla el paseo de olla de las familias cartageneras, con sus gaseosas litro, con las familias bogotanas de toda la vida con sus carpitas particulares, sus sillas Coleman y sus neveras repletas de Miller Light.

La de Bocagrande es una playa integrada, a la cual llega cada día de fiesta una romería de cartageneros de los barrios más lejanos que quieren pasar el día en la playa de los blancos, sin pensar mínimamente en las playas de Marbella, la de Crespo, la del Cabrero, o hasta en la Boquilla.

Y de la playa viven centenares de familias, millares de individuos que hacen que esto funcione; en su caótico desorden, se ofrece al turista todo lo que él espera: del pescado frito a masajes, a vendedores ambulantes que a menudo son insistentes, pero eso hace parte del 'show' diario que esperan los visitantes. Cuando leo las quejas de pocos insatisfechos a quienes les encanta hablar mal de todo, veo desde mi balcón la playa atiborrada de gente feliz, y se me vuelve a despertar la esperanza.

Pero parte de la sociedad de la playa son unos contaminadores auditivos que están convencidos de que el volumen de la música es proporcional a la entrada de clientes. Uno piensa ‘ah, la falta de cultura’, pero hace unas noches hubo un atropello que afectó a centenares de personas que fuimos bombardeadas por la música y los chistes de unos animadores de un matrimonio que se festejaba en una carpa en la playa del hotel más representativo de la ciudad.

Al joven gerente, muchacho culto él, se le ocurrió alquilar esta carpa a un festejo multitudinario que duró una eternidad: desde las 5 de la tarde hasta las 2 de la madrugada. Me pregunto dónde estaba la EPA con su medidor de decibeles, que aplican con ahínco en los barrios con los picos populares. Pero ya se sabe: aun a 30 grados, la ley es solo para los de ruana.


Salvo Basile

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