Un día en un centro de rehabilitación para drogadictos

Un día en un centro de rehabilitación para drogadictos

Por comentarios sobre la falta de credibilidad en la rehabilitación, visitamos una fundación.

27 de julio 2016 , 11:50 p.m.

Días antes de que Camila llegara al centro de rehabilitación había pasado jornadas enteras en la calle bajo la lluvia. Era época de invierno en Bogotá. A las tres de la mañana el agua la despertaba o abría los ojos y se daba cuenta que estaba empapada.

Pero había noches peores; cuando la levantaban a patadas o la agredían con palos. Una vez fue tan fuerte la golpiza que lograron sumirle una de sus costillas. Podían ser sus enemigos de la calle o uniformados de la policía que, como ella denuncia, la agredían constantemente.

En los cuatro años que vivió en el sector de la 'L', en el Bronx, solo pasó sufrimiento, menosprecio y experiencias que quiere enterrar. Por la droga perdió la oportunidad de tener una cama, comida, un baño, un hogar. Perdió a su hijo de 6 años y dejó de lado parte de su niñez y toda su adolescencia. A los 13 años probó el bazuco y el pegante. Desde ahí no paró.

"Mi papá y mi mamá peleaban mucho y por eso yo salía a la calle desde chiquita, me empezó a ir mal en el colegio, tuve una amiga mala, comencé a faltar y a perder años y en esas conocí el bazuco", cuenta esta joven que actualmente tiene 23 años.

No es la única vez que Camila comienza un tratamiento. La primera ocasión fue cuando su mamá la vio consumiendo pegante. “Fue tan feo. Estaba dentro de la casa. Tenía mi tarrito y empecé a 'pegantear'. Mi mamá me hablaba y yo seguía con el tarro en mi boca", recuerda.

No terminó su tratamiento inicial, comenzó de nuevo y a los tres meses se dio cuenta que estaba embarazada y se retiró. Tenía 16 años. Cuando decidió retomar, fue expulsada por mal comportamiento en la institución a la que entró.

Pero las cosas se pondrían peor. Su vida terminó de ‘hundirse’ cuando el papá de su hijo, con quien convivía, fue asesinado. “Comencé a fumar y a fumar, tanto que la cabeza se me perdió. Ya no cuidaba a mi hijo, mi familia se cansó y se fue de la ciudad. Me perdí por completo, hay sucesos de los que no me acuerdo. Terminé en la calle", relata.

Así llegó a la fundación

Tenía bóxer desde la raíz hasta las puntas de su pelo. Llevaba meses sin poder desenredarlo. "Se me perdió la peinilla entonces se me armaron nudos y me tocó cortarlo", asegura Camila.

A la Fundación Miller llegó con las marcas de la calle. Cansada física y mentalmente pero sobre todo asustada. Ese día, el 7 de mayo de 2016, se había encontrado con su papá. "Siempre que me veía me regalaba 20 mil pesos, me daba comida y me decía que tenía que internarme. No quise defraudarlo y acepté. Miraba todo, sabía que era el último día y pensaba en el aprecio que le tenía a mis amigos de la calle, que nunca más los iba a volver a ver", afirma.

"Entré y al ver que el profesor puso candado, tuve un momento de susto y empecé a gritar 'papá por favor no me vaya dejar acá', me sentí como cuando uno está débil. Me dejó y no me dijo nada", señala.

La recibieron sus compañeras. La arreglaron y la integraron. La persona que ingresa debe ser guiada por un 'hermano/a mayor', una figura creada para apoyar al nuevo, enseñarle, dirigirle y ayudarle en lo que necesite. En la fundación hay un total de 113 personas, de las cuales 30 son mujeres y 83 hombres. También hay niños desde los 12 años. Es una casa de tres pisos; en el último permanece la población femenina.

Su día en rehabilitación

La jornada comienza a las 5 de la mañana. Tienen hasta las 6 para ordenar sus cuartos y arreglarse. Desayunan, realizan una oración y luego comienzan con las actividades en grupo. Hombres y mujeres siempre trabajan por separado. En el 'autoconfronto' cada uno admite una falla en su proceso y apunta a un propósito para mejorar al final del día; en la 'exploración' deben decir lo que están sintiendo mientras un educador los evalúa; y en el 'grupo dinámico' cuentan con un espacio para hacer 'catarsis'.

“La idea es que logren sacar todos esos dolores y esos duelos que tienen dentro de su corazón. Muchos han sido abusados, maltratados y menospreciados. Tenemos niñas que han tenido que practicar la prostitución y que han sido abusadas por sus mismos padres entonces pueden llorar, gritar y sacar todo eso que les hace daño", explica Ángela Carvajal, directora de la Fundación.

Los 'círculos de reconocimiento' son la actividad favorita de Camila. En esta sus compañeras dan a conocer las mejoras que ha tenido. “Me reconocieron que para haber vivido en la calle, soy muy ordenada. Esas cosas lo motivan mucho a uno", dijo.

Durante el día tienen derecho a unos 'privilegios' dependiendo su comportamiento. Pueden ver televisión, jugar ping pong o realizar diferentes juegos lúdicos. También hacen aromaterapia, entrenamiento físico y desintoxicación en turco. Además conviven con ‘Luna’ y otros cinco perros que son llevados en ocasiones a la casa para que acompañen a los pacientes y ellos se encarguen de su cuidado.

En su tiempo libre a Camila le gusta hacer dibujos. "A mi niño le hice un dinosaurio con un mensajito para que estudiara y fuera fuerte y a mi mamá le escribí que me perdone", cuenta mientras muestra las hojas.

Fernando Villa, coordinador terapéutico, asegura que estas actividades son "facilitadores para el proceso de recuperación porque ayudan a fortalecer las habilidades sociales, mantienen su mente ocupada y aprenden a hacer cosas diferentes".

Los domingos son los días de visita y aunque Camila no ha tenido la primera, tiene la esperanza de que ese momento llegará pronto. "Tengo la certeza de que cuando mi papá venga me va a ver bien y cuando salga quiero que todos estén muy orgullosos de mi", afirma.

“Hoy me siento tranquila, como cuando uno descansa de la mente. Físicamente estoy más repuesta y no es por ser creída pero me siento bonita", agrega.

El tratamiento en la Fundación Miller dura un año y tres meses. De las 400 personas que han ingresado, 30 han logrado terminar el proceso y, de esos, solo 25 están totalmente rehabilitados. Fernando explica que esto se debe a que la mayoría tienen familias codependientes a la enfermedad. "Estar acá es difícil porque es estar un año privado de muchas cosas. Algunos a los dos o tres meses comienzan a decir que están bien porque la ansiedad por estar afuera es muy grande, la familia acepta y se los llevan", asegura.

"Ellos no se dan cuenta que el encierro no es lo que los recuperan, si tú estás aquí y no haces nada pues no te vas a recuperar", añade.

Camila está esperanzada en que esta vez sí lo logrará. No quiere pasar un año más perdida en el oscuro mundo de las drogas. No quiere que le arrebaten otra vez la oportunidad de tener un colchón para dormir ni estar sola sin atención como cuando le dio apendicitis y nadie la ayudó a pesar de retorcerse en el piso. Espera dejar atrás los días en los que pasó meses con la misma ropa y con los pies ampollados y repite una y otra vez que “una mujer no debe escoger el camino del bazuco”. Ahora desea terminar su bachillerato (solo hizo hasta séptimo), hacer un curso de panadería y estudiar para ser profesora de preescolar. Es lo único que no le quitó la droga: sus sueños.

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ANA MARÍA VELÁSQUEZ DURÁN
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