'Gette. La herencia maldita', el último libro de Felipe Romero

'Gette. La herencia maldita', el último libro de Felipe Romero

El ejemplar arma el rompecabezas de la muerte del ganadero Fernando Cepeda.

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27 de julio 2016 , 10:04 p.m.

El vaquero va en su caballo blanco

Ese mismo jueves 21 de agosto, pasadas las 5:30 p. m., Fernando Cepeda arribó a la hacienda La Feralba. De inmediato solicitó reunirse con su mano derecha, Eduardo Segundo Martínez, quien se desempeñaba como administrador de la finca. El encuentro se desarrolló en la oficina que Fernando tenía dentro de una vieja casona. Allí estuvieron un poco más de seis horas trabajando en los formatos de registro detallado del ganado con la intención de hacer el inventario físico de los semovientes al día siguiente. Pasada la medianoche, el capataz y Fernando suspendieron las tareas para irse a descansar.

Después de la muerte de su padre (Pedro), a Fernando no le había quedado más opción que atender las labores de la hacienda y convertirse a la fuerza en ganadero, tal y como rezaba la última voluntad de su progenitor. En la madrugada del viernes 22 de agosto, el administrador de la finca se sorprendió porque, por primera vez en muchos años, su patrón estaba despierto antes de lo acostumbrado para ir a ver el ordeño de las reses. Fernando le manifestó a su hombre de confianza que estaba despierto desde las 3 a. m.

Por más que lo intentó, Fernando no logró conciliar el sueño.

En compañía de su hija María Fernanda y su cuñada, habían viajado a la capital desde el 12 de agosto hasta el 18 del mismo mes, y aunque su viaje en principio estuvo planeado exclusivamente para descansar, Fernando Cepeda aprovechó el último día de estadía para dirigirse al búnker de la Fiscalía General de la Nación con el fin de averiguar en qué estado estaban las denuncias contra Silvia, la única persona que consideraba como su enemiga.

A su regreso a Barranquilla, le manifestó eufórico a su esposa que había tenido la oportunidad de saber del proceso; que todo tenía muy buena dinámica y que la investigación no estaba archivada. Incluso le manifestó que muy pronto iban a tener buenas noticias.

Luego de culminar el ordeño del ganado, hacia las 8:30 a. m., capataz y patrón tomaron el desayuno y continuaron las labores de la finca: el pesaje de varios semovientes que tocaba inventariar. En la casona, los esperaba el almuerzo, que supervisó la pintora María Cecilia Fortoul Escandón, conocida en Barranquilla bajo el seudónimo de ‘Madona’, una vieja amistad de Fernando Cepeda desde los años de la universidad. Ella había pasado por la facultad de Comunicación Social mientras que él, por la de Arquitectura.

Tanto Fernando como el capataz habían acordado partir hacia Barranquilla después de almorzar para reunirse con la contadora de la finca. Sin embargo, un cambio de último minuto concluyó en que Fernando regresaría a la ciudad solo en compañía de su amiga. Durante la mañana de ese tórrido viernes 22 de agosto del 2003, el teléfono personal de Fernando Cepeda jamás recibió una llamada. A sus acompañantes se les hizo extraño, pero ninguno se atrevió a preguntarle al ganadero por la situación. Sin embargo, en el buzón de llamadas del móvil había quedado el registro de varios números telefónicos, entre ellos el de su esposa María Paulina Ceballos, quien solamente pudo comunicarse con su compañero a través del teléfono del administrador de la finca.

Desde la noche, Fernando había tomado la decisión de apagarlo para tratar de conservar la calma que había perdido la tarde anterior, a escasas horas de su arribo a la hacienda y luego de haber abandonado las instalaciones de la Cooperativa Industrial Lechera de Colombia (Ciledco), en donde sostuvo una reunión con varios ganaderos de la región.

Esa tarde del jueves 21 de agosto, al teléfono personal de Fernando entraron varias llamadas amenazantes. Lo mismo ocurrió en el teléfono del apartamento en el que residía en Barranquilla. Allá las llamadas fueron atendidas por María Paulina Ceballos. El mensaje era el mismo, amenazas de muerte. Luego simplemente se escuchaba un silencio y acto seguido colgaban.

24 horas después, mientras Fernando Cepeda y su amiga María Cecilia Fortoul almorzaban para luego regresar a Barranquilla, a 48 kilómetros de la hacienda, los paramilitares del frente José Pablo Díaz alistaban su asesinato. El arquitecto, el modisto, el ganadero, el hombre prestante de Barranquilla y padre de la pequeña María Fernanda Cepeda Ceballos, para ese momento ya tenía las horas contadas en el mundo de los mortales. En su lugar de residencia, en un barrio subnormal de Barranquilla, alias el Costeño permanecía atento a que en su teléfono se registrara la llamada con la orden para comenzar un operativo más en su carrera criminal. La primera señal llegó pasado el mediodía. El sicario permanecía con el teléfono entre sus manos sin descuidarlo un solo instante, a la espera de nuevas instrucciones.

—Me llama ‘Felipe’ y me dice que estuviera en la juega, que en cualquier momento nos podían llamar para el trabajo pendiente. Que tuviera comunicación con ‘Esteban’ y el ‘Flaco’, y luego me llama nuevamente ‘Felipe’ y me dice que me van a recoger ya porque tiene ubicado al hombre, a Fernando Cepeda. ‘Aguas’ le dice a ‘Felipe’ que ya el vaquero va en el caballo blanco y que iba acompañado –precisa el ‘Costeño’–.

La tarde ya había comenzado a caer y Fernando Cepeda, en compañía de María Cecilia Fortoul se dirigían a Barranquilla. En el espejo retrovisor de su vehículo se fue perdiendo la última imagen que vería de las tierras heredadas de su padre.

El ganadero activó nuevamente su teléfono, exclusivamente para llamar a su esposa, a quien le avisó que ya iba en camino hacia Barranquilla. La comunicación fue corta y no hubo más mensajes. Fernando volvió a apagar su aparato, y esa fue la última vez que ambos escucharon sus voces. Cepeda y su acompañante se desplazaban por la vía de La Cordialidad, que une a las ciudades de Barranquilla y Cartagena, en busca de la avenida Circunvalar. Iban en un Chevrolet Swift color blanco, identificado con placas EUR-371, del municipio de Puerto Colombia.

En la misma dirección, rumbo a su encuentro, se desplazaban los sicarios en una moto y un taxi. Su prioridad era poder interceptar a la víctima en los extrarradios de la ciudad. La orden del comandante ‘Aguas’, que dirigía el operativo, era evitar que Cepeda lograra llegar hasta las congestionadas calles de Barranquilla. De lo contrario, la operación corría el riesgo de fracasar.

–Ya eran como las cuatro de la tarde y por toda la Circunvalar llegamos al puente. Antes de llegar al barrio El Pueblito se le echó gasolina al taxi y también a la moto. Como a las cuatro y media estábamos ubicados antes de llegar a Galapa.

‘Aguas’ llamó a ‘Felipe’ y le dijo que lo esperaran ahí. La moto se quedó retirada a una distancia de 15 a 20 metros.

‘Felipe’ llamó a ‘Aguas’ y le dijo que ya estábamos en el punto indicado, y él le dice que esperemos ahí. Nosotros nos bajamos del taxi y nos hicimos como si el taxi estuviera varado para no dar sospechas de nada, para darle tiempo a ‘Aguas’ que llegaran con el objetivo.

Estando yo allí con ‘Felipe’ y ‘Esteban’, llegó ‘Aguas’ en un Toyota 24 válvulas con vidrios vaporizados y me dice a mí que la mujer que viene con Cepeda, que a ella no. Yo le pregunto por qué no y me dice que porque ella no tiene nada que ver, que solo al hombre. Él se regresa a encontrar el carro donde venía Cepeda y nosotros seguimos ahí sobre la carretera como si estuviéramos varados, y entonces ya vemos pasar el carro blanco.

Yo miro la placa del carro, que era la que me habían dicho a mí, y alcancé ver al tipo que iba manejando el carro, y era el hombre que yo había visto en la foto que me había mostrado el ‘Zarco’. Pasa él, acompañado de una mujer. Apenas pasa, nosotros prendimos el carro y empezamos a seguirlo antes de llegar a Galapa, y ‘Aguas’ apenas vio que nosotros empezamos a seguir el carro blanco, él siguió su camino para Barranquilla, dejándonos a nosotros el trabajo que había que hacer, y la moto iba detrás de nosotros.

Fernando conducía a una velocidad muy prudente, tal y como solía hacerlo siempre que estaba al volante. Durante el recorrido, entre él y su acompañante guardaron absoluto silencio. El rostro del ganadero seguía intranquilo, impidiéndole estar en paz y armonía consigo mismo. El carro seguía su recorrido sobre la avenida Circunvalar y estaba próximo a los límites del área metropolitana de la ciudad.

Muy cerca de ellos, como un depredador acechando a su presa, los sicarios, al servicio de las Autodefensas Unidas de Colombia, esperaban meticulosamente comenzar su persecución. Al mejor estilo de un asesino en serie, el ‘Costeño’ asumió el rol de cazador de vidas humanas. Esa clase de hombre que experimenta el mayor de los clímax cuando hala el gatillo de su arma para dar muerte. De eso sí que sabe Rafael Antonio Velilla Delgado, un hombre curtido por más de una década en el oficio de matar y quien hoy pasa sus días entre los barrotes de una celda en la cárcel Las Mercedes de la ciudad de Montería.

El ‘Costeño’ narró, sin perder detalle, la forma como el ganadero fue sumado a su sanguinaria lista de muertos.
—Llegamos al puente de la Circunvalar; ahí hay un round point bajo la Circunvalar; lo seguimos en el taxi y yendo para el norte de la ciudad sacó el pasacintas y la pistola, una Sig Sauer 9 milímetros corta. Nos pasamos al carro blanco y llamo a ‘Felipe’ y a ‘Esteban’ para que nos alcanzaran en la moto. Me bajé del taxi y me monté en la moto.

El taxi se devolvió. Nosotros dejamos que pasara el carro blanco y lo seguimos en la moto con ‘Esteban’ que iba manejando. Lo seguimos y a los pocos segundos le dije a ‘Esteban’ acércate, él ya sabía el modo de yo sicariar, de yo trabajar. Él se le acercó por el lado que él conducía y yo le disparé una bala en la cabeza, que le pasó y se le incrustó a la mujer que lo acompañaba. Ella comenzó a dar gritos y el carro se fue suavemente a la cuneta. La mujer daba gritos. No hubo necesidad de disparar más tiros porque me di cuenta de que el tiro que le había dado era mortal.

De inmediato nos regresamos. Más adelante, como a unos tres kilómetros, me bajé de la moto porque por la Circunvalar transitaba mucho carro y yo pensé que alguien nos había seguido. ‘Esteban’ siguió solo en la moto y yo tomé otro transporte y me bajé en frente del barrio los Robles. Ya era de tardecita, como las cinco y media de la tarde. Ese homicidio lo cometí de cinco a cinco y media.

Aturdida por el ruido que produjo el único disparo que se escuchó, y manchada con la sangre de su acompañante, María Cecilia Fortoul apagó el switch del carro, que había perdido el control con dirección a una cuneta de la autopista, para bajarse desesperada a pedir ayuda entre gritos y lágrimas. Logró llamar la atención de los ocupantes de una camioneta pick-up que se detuvo para auxiliarla. La mujer permaneció en el lugar hasta que la Policía hizo presencia. El vehículo se llevó a Fernando Cepeda rumbo al hospital San Camilo, pero ya era demasiado tarde.

Cepeda había dejado de existir y su cuerpo terminó de pasar el día en la morgue del centro médico hasta que varios funcionarios de la Unidad de Reacción Inmediata de la Fiscalía General de la Nación llegaron para realizar la respectiva inspección judicial y el levantamiento del cadáver.

Rafael Antonio Velilla Delgado, alias el Costeño, regresó a su residencia ubicada en el barrio los Girasoles de Barranquilla, guardó el arma y se dispuso a darse un baño.

Luego, alias Felipe lo contactó nuevamente para que se reunieran en la casa de ‘Esteban’. Allá llegó en una moto DT 125 negra y durante el encuentro, ‘Felipe’ le comentó que el comandante ‘Aguas’ lo había llamado para decirle que la operación había sido un éxito y que esperaran pronto un regalito.

Esa misma noche, ambos se fueron a tomar unas cervezas en un estadero del sector para celebrar un muerto más en sus carreras criminales.

EL TIEMPO

 

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